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Un viaje en auto hacia el sur de Chile despierta reflexiones a partir de los carteles que avisan sobre los riesgos del camino: por más edulcorados que sean, terminan por recordarnos nuestra fragilidad en terrenos desconocidos
El auto avanza por una carretera enroscada, entre montañas y precipicios. Por la ventanilla se ven pasar puentes, ríos y arroyos. Ni un río Sarandí. Ni un arroyo Tarariras, un Tala o Talita. Tampoco un Canelón Grande o Chico. Voy rumbo al sur del continente, del lado chileno, hacia los hielos cada vez más escasos. Oscurece entre nombres desconocidos y cada pocos kilómetros aparece una advertencia de desgracias en ciernes. Peligro a 200 metros. Peligro a 100 metros. ¡Peligro! Así, simplemente, con un gran signo de exclamación escrito en negro sobre amarillo. Peligro: zona de derrumbe. Peligro: curva pronunciada. Peligro: pendiente resbaladiza.
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La carretera sigue imparable murmurando sus cosas: arroyo El Finado, puente Los Curas, puente Aurelia, puente Doña Blanca, río Frío, puente Caballo Muerto, localidad Los Turbios, piedra El Gato, arroyo El Calladito… Los nombres disparan historias sin contarlas y yo me siento cada vez más extranjera. ¿Quién sería El Finado que no merece ni el recuerdo de un nombre propio? Y El Calladito, ¿es un arroyo que avanza silencioso hacia el Pacífico o un joven taciturno que nos niega su palabra?
Algunos nombres indígenas han pasado el filtro de la historia —Cochamó, Aysén, Queulat, Coyhaique, Chaitén, Puyhuapi— y se alternan con otros de sonoridad inglesa, como Simpson o Cochrane. Cada palabra escrita al borde del camino es un desvío hacia otro viaje; la carretera es como la Hidra de Lerna, una serpiente despiadada. Dicen que Cochamó significa “donde se unen las aguas”. Aysén, “desmoronarse, desmembrarse”. Cochrane, en cambio, es el apellido de un controvertido escocés, pionero de la Marina chilena, que se enemistó con San Martín, fue enjuiciado por fraude en el Reino Unido y finalmente recibió el perdón de la reina Victoria. Murió y fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster.
¿De qué hablan los carteles y a quién? Si bien los romanos ya se vieron en la necesidad de escribir indicaciones en los caminos, las señales en calles y carreteras crecieron con el turismo. Los primeros parques nacionales de Estados Unidos, surgidos a fines del siglo XIX, tuvieron pronto la necesidad de guiar y advertir al visitante. Como se verá, es un género difícil el de escribir carteles. Hay que proteger sin subestimar, advertir sin rezongar para evitar la tan mentada desgracia del resbalón. De esa búsqueda de equilibrio entre amabilidad y amonestación surgen algunos textos que parecen sacados del Tarot: “SEA PRUDENTE. Rocas resbaladizas”. En cambio, otros se aplican a cualquier momento de la vida: “NO TIRAR MONEDAS”.
Por más edulcorados que sean, los carteles terminan por recordarnos nuestra fragilidad en terrenos desconocidos: “VÍA DE EVACUACIÓN DE TSUNAMIS”, “ZONA DE DEFORMACIÓN PERMANENTE”. Hasta un rocío congelado se convierte en motivo de alerta: “¡PRECAUCIÓN ZONA DE ESCARCHA!”. Por algo Pessoa prefería quedarse en casa.
El viajero despabilado, el que va atento, comprende que la parca tanto se aparece al borde del acantilado como en un sereno pueblo de montaña. En la rambla de Frutillar, las autoridades han salpicado el paseo con signos musicales y un par de corazones vacíos para que los enamorados se metan dentro y saquen la foto. Pero a unos pasos de esos símbolos del hedonismo está previsto un espacio para vehículos sin freno. Algo así como una vía libre para aquellos que, ante una falla mecánica, no tienen otra opción que tirarse por la bajada y terminar en el lago. “PRECAUCIÓN. ZONA DE ALTO RIESGO/ BAJADA DE EMERGENCIA DE VEHÍCULOS CON DESPERFECTO DE FRENOS…”. Las mayúsculas no fallan.
Lo curioso es que hasta el cartel en sí mismo se convierte en un objeto peligroso. En 1922, el parque de Yellowstone comenzó a entregar a los visitantes una calcomanía octogonal para colocar en el parabrisas del auto. Servía como identificación y, a la vez, como recurso publicitario. De un lado tenía un bisonte y, del otro, una serie de recomendaciones (entre ellas mantenerse alejado de los baches, dar prioridad a los vehículos de tracción animal y tocar bocina). Otros parques siguieron la iniciativa y así coleccionar octógonos pasó a ser un orgullo de los amantes de la naturaleza. Algunos automovilistas llegaron a cubrir el parabrisas de pegatinas. Los parques decidieron que era mejor achicar las calcomanías y luego terminaron por suprimirlas.
En definitiva, la fascinación por los carteles no es una obsesión personal; solo así se explica que cada día cientos de turistas se saquen fotos en el cartel “Montevideo”. Sobran los ejemplos. En enero de este año la administración de Donald Trump también prestó atención a los mensajes de los parques nacionales. En consecuencia, se ordenó retirar todos aquellos que hicieran referencia al cambio climático, el derretimiento de los hielos, la protección del medioambiente o el maltrato a los pueblos nativos por parte de los colonos, entre otros asuntos, con el argumento de “restaurar la verdad y la cordura en la historia estadounidense”, según publicó The Washington Post el 27 de enero. Al día de hoy, hay una orden pendiente de quitar paneles en homenaje a Ganado Mucho (1800-1890), un líder navajo que luchó por la supervivencia de su pueblo.
A lo largo de la carretera Austral, varios letreros de metal con fondo verde anuncian: “PUENTE SIN NOMBRE”. Son una especie de fill in the blanks para próximos homenajes, un cheque en blanco a gente con el poder de nombrar. Al principio pensé que se trataba de una torpeza administrativa, pero después le fui tomando simpatía a esa modestia institucional que, sin querer, invita al viajero a llenar los vacíos de la nomenclatura. Entonces, le pregunto: ¿a quién o qué valdría la pena homenajear con el nombre de un puente en estas épocas? Si se le ocurre de improviso, mantenga la calma y no se salga del sendero. Sea prudente.