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    Yo tengo un elefante que se llama Trumpita

    En el día de Halloween, en Washington D.C., el matrimonio que ocupa la Casa Blanca salió al portón de entrada de la mansión, mientras una larga fila de niños aguardaba, en los jardines circundantes, la presencia del presidente Trump y su esposa

    En el día de Halloween, en Washington D.C., el matrimonio que ocupa la Casa Blanca salió al portón de entrada de la mansión, mientras una larga fila de niños aguardaba, en los jardines circundantes, la presencia del presidente Trump y su esposa.

    A los niños no los movía ninguna ilusión personal de ver a la Primera Pareja, sino más bien el contenido de la canasta que portaba el presidente, llena de dulces y golosinas. Ningún trick or treat, sino más bien la natural avidez infantil por los chocolates y los caramelos.

    La fila se iba moviendo con agilidad; los niños recogían su paquetito y marchaban hacia adelante, dejándoles el lugar a los que venían detrás. Educadísimos, respetuosos, sin dejar de ser golosos.

    En eso se presenta ante el presidente, con su manita extendida, Muhammad Salamalekum, ciudadano estadounidense, de 11 años de edad, alumno de quinto año de la Brightsoul School, de la zona de Georgetown.

    —¿Eres tú musulmán? —le preguntó a Muhammad el presidente.

    —Sí, señor, así como toda mi familia. Mi abuelo vino desde Siria hace 30 años —respondió educadamente el niño.

    —Puedes seguir adelante, para ti no hay dulces, pequeño pichón de terrorista —replicó el presidente, provocando unas nacientes lágrimas en los ojos del pequeño, quien siguió adelante, con las manos vacías.

    Terminada la ceremonia, Trump dejó en manos de un colaborador la canasta (en la que solamente quedaba un chocolatín) y se dirigió al helicóptero presidencial para volar rumbo al portaaviones que tiene estacionado en el Caribe desde hace ya un tiempito.

    Desde allí se comunicó por Zoom con la nueva primera ministra de Trinidad y Tobago, doña Kamla Peersad-Bissessar, para felicitarla por el embarque de inmigrantes venezolanos indocumentados desde las islas rumbo a Venezuela.

    —Muy bien —le dijo Trump a la mandataria triniteña—, así se hace. Todos esos venezolanos infiltrados en tus islas son narcotraficantes comunistas que se merecen ese trato —reafirmó, sin prestar atención a que su interlocutora le había dicho que había exceptuado la extradición del cura Erifolio Bermúdez, sacerdote venezolano a cargo de la iglesia Santo Domingo de las Mareas en Port of Spain, capital del país—. Sigue adelante, no te detengas en ningún caso —prosiguió Trump—, ni siquiera con alguno que te parezca inocente, porque de seguro que es otro narcotraficante venezolano encubierto —reafirmó, no sin antes confirmarle que el préstamo del Tesoro norteamericano de 10.000 millones de dólares llegaría pronto al Banco Central de Trinidad y Tobago.

    Desde el portaaviones, Trump se embarcó como copiloto en uno de los jets de combate estacionados en la cubierta y voló con una escuadrilla de cinco jets más con rumbo a Nigeria, donde sobrevolaron la zona en la que se esconde la banda terrorista musulmana Boko Haram, que viene sistemáticamente asesinando a inocentes grupos de cristianos. El presidente ordenó que cuatro de los jets de la escuadrilla lanzaran munición gruesa sobre las guaridas de los terroristas, asegurándose de que no quedaran sobrevivientes, al menos en esa zona.

    —A estos les damos como a los de las lanchas que llevan droga por el Caribe o por el Pacífico —dijo el presidente, sin percatarse de que en el bombardeo habían sido afectadas dos colonias de agricultores menonitas ubicadas en una zona contigua a las cuevas de los terroristas, en las cuales tampoco quedaron sobrevivientes.

    Trump volvió a Washington, desde donde se comunicó con el presidente Lula da Silva, para informarle que, a pesar de la excelente reunión que acababan de tener en Malasia, los Estados Unidos volverían a aplicar un arancel del 50% para los productos brasileños, debido a la falta de apoyo que el gobierno federal le había dado a su amigo, el gobernador bolsonarista de Río de Janeiro, en la última redada antinarcóticos de la semana pasada.

    —Así no se hace, Lula —le dijo Trump a su colega—. O le das pleno apoyo para destruir a esas lacras o tenés que bancarte el aumento arancelario, ¡qué también! —le gritó por el teléfono un enfurecido Trump.

    Desde el Air Force One, en un siguiente viaje para jugar al golf en su residencia Mar a Lago, Trump les informó a los periodistas que iban a bordo que usaría las fragatas rápidas que tiene en el Caribe para cobrar peaje y dejar pasar a los cargueros rusos que llevan armas para Maduro y sus aterrorizadas tropas.

    —Si Putin le manda armas a Nicolás, que le mande. Pero que paguen por pasar por nuestra zona de dominio marítimo —dijo el presidente—. Igual, no le van a servir para nada. Cuando los bandidos que lo rodean hagan bien las cuentas y decidan repartirse los 50 millones de dólares por entregarlo, los fusiles y las metralletas se van a la basura —enfatizó.

    En esos momentos, uno de los periodistas le dijo a Trump que había recibido información de que el gigantesco portaaviones Gerald Ford se había alejado de la zona en el Caribe donde se encontraba, tomando rumbo al sur, y le preguntó si eso era cierto.

    Trump le confirmó que el dato era correcto.

    —Me llamó por teléfono mi amigo el gallego Cardama, y me contó que se había atrasado un poco en la entrega de un par de lanchas rápidas que le encargó Uruguay. Me pidió una gauchada, consistente en mandarle el portaaviones al Río de la Plata, para corretear a los pescadores furtivos y hundir los barcos de los narcotraficantes, que se están haciendo un festín con la ausencia de vigilancia. Que se apronten —continuó—, les vamos a dar duro hasta que Cardama entregue sus lanchas. Amigos son los amigos —concluyó.

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