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Samantha Navarro "necesita del divague y la ilusión de la maravilla"

La cantante y compositora tiene varias razones para celebrar: su inminente cumpleaños el 14 de agosto, los 30 años de su primer disco y la publicación de su primer libro infantil. Habrá fiesta, será el sábado 29 de agosto en la Sala Zitarrosa

En sus rulos está parte de su fuerza. Después de una infancia de alisados y torniquetes, abrazó la melena heredada de su madre, melena que tiene algo de Sansón, admite, y con la que comparte el protagonismo de la portada de su primer álbum: Samantha Navarro­. Hace 30 años de esto, y los cumpleaños redondos se festejan, lo sabe todo el mundo. Ella eligió hacerlo en Sala Zitarrosa, el próximo sábado 29 de agosto. La acompañará un grupo de músicos, que además son amigos. Algunos de ellos estuvieron en ese disco inaugural; otros lo escucharon mucho tiempo después y se quieren sumar a la fiesta.

Esa celebración es una de las excusas de Galería para conversar con Samantha Navarro en un café de Palermo. La otra es Elefantín­, el libro recién publicado que escribió para niños y para el que compuso, además, canciones inspiradas en cada personaje. En la charla salen temas que le “quitan el sueño”; sale la ciencia ficción y el poder transformador de la maternidad; sale la importancia de la paridad en los escenarios de los festivales; sale su “banda del corazón”, La Dulce; salen las “tres cosas” que le molestan de la inteligencia artificial, y sale su explicación de por qué escribir canciones necesita de “la ilusión de la maravilla”.

Se cumplen 30 años de tu primer disco en un momento en que Dani Umpi acaba de inaugurar una muestra por sus 30 años de carrera. Son de la misma generación de la que han salido varios de los músicos reconocidos de hoy. ¿Qué tiene esa camada de artistas que logró destacar y permanecer?

Había esa cosa de libertad, de experimentación. Nosotros íbamos a escuchar a la generación inmediatamente anterior a la nuestra, que eran muy experimentativos también. Había una gente muy zarpada y nosotros éramos recontra fans. Íbamos a los shows de Los Pusilánimes, Hugo Fattoruso en Clave de Fu. Ahí conocí a Urbano Moraes. Paolo Buscaglia también, El Tatita. Toda gente maravillosa de esa época. Creo que esa parte de la experimentación es muy importante. Y una diferencia es que era una cosa más desprejuiciada; no había tanta presión como hay ahora con las redes sociales, porque no había tanto registro. Ahora quedás escrachada, nosotras las mujeres ni que hablar. Y hay una presión también en los números. Hay un tema ahí con las métricas. Nosotros no teníamos eso, te movías por intuición. Había muy poco estudio hacia ese fin específico de la producción y de la eficacia y la eficiencia. Pero también tenía una ventaja: la libertad. Porque no pensás: “uy, ¿funcionará esto?”.

¿Cómo cambió la escena en estos años para las cantautoras uruguayas? ¿Sentís que abriste camino?

En un punto sí. Pero se dio así, no fue pensado, no hubo una estrategia. Ahora, por suerte, hay un movimiento de música femenina muy grande, muy interesante y en todo el espectro: desde instrumentistas a compositoras en todos los géneros que se te ocurran. Eso me parece que es fundamental porque es otra manera de vivir la vida (la de las mujeres), entonces, las canciones, las obras, la música, la postura va a ser diferente. En ese sentido pienso que está buenísimo que haya muchísimas más mujeres en la escena. El problema que veo es que tampoco están en la escena más importante, porque todavía seguimos teniendo ese problema de representación. Los escenarios no son paritarios, así como no es paritaria la política. Es un tema que permea a todo y en la música se ve igual que en los otros lados. Es un espacio del discurso también, la música. Entonces, es poderoso, porque es un lugar que permite plantear preguntas; el arte permite plantear preguntas. Por eso es importante tener espacio en los lugares más importantes. Eso no está pasando. Todavía no. Hay una acción positiva pensada que es similar a la ley que hay en Argentina para la música. La idea del proyecto de ley es tender a la paridad en los escenarios de los festivales. Entonces, si vos hacés un festival en Uruguay que tiene subvención del Estado de alguna manera, una parte, la mitad o el 40%, no está definido, tienen que ser mujeres. Es algo que parece bastante básico, pero hasta hace unos años ni nos dábamos cuenta de eso. Yo me acuerdo de ir a festivales en los que eran todos varones y no te rompía los ojos. Y ahora decís: ¿¡pero cómo, son todos varones!?

¿En qué momento de tu carrera sentiste que por fin estabas consolidada?

Nunca. Consolidada nunca. Porque es muy difícil, es realmente complicado. Lo que sí me siento es una referente, porque me lo han dicho. Me han dicho muchas personas, tanto mujeres como varones, pero sobre todo mujeres, que he sido una influencia y una referencia en su vida. Eso es realmente maravilloso. Y en Argentina también. Es muy lindo. Pero consolidada no. Lo que sí tengo es muchísimo recorrido, muchas canciones, muchísimos proyectos, muchísimo trabajo, un montón de experiencias.

Tenés épocas de solista y épocas en que se rencuentran con La Dulce. ¿Cómo son esas alternancias? ¿A qué responden?

La Dulce es como mi banda del corazón, son mis amigas del alma. Tenemos un vínculo que traspasa lo artístico y el tiempo y el espacio, de muchísimos años. Pero cada una de nosotras tiene muchos proyectos y hace de todo. Entonces, a veces es muy complicado coordinar las agendas y las energías. No nos forzamos, es muy relajado. Y eso te permite perdurar en el tiempo. Empezamos en el 2000, éramos tres al principio. Y somos plásticas: vamos cambiando según vaya la vida misma y la vida de las canciones pidiéndolo. Además, en La Dulce no decido yo, es un colectivo. Hay canciones que no les gustaban y a mí me encantaban, entonces en esos casos necesité ir por otro lado para poder desarrollarlas. Soy de componer mucho. Aunque ahora estoy un tanto alejada.

¿Por qué?

Algo que la canción necesita es el divague y la ilusión de la maravilla. La ilusión de la maravilla es: yo me pongo a hacer una canción y una parte de mí está convencida de que voy a encontrar una que me encante. Y que va a estar increíble. Y que cuando yo te la cante a ti, vos vas a decir: ¡qué canción más divina! Eso parte de una ambición que en este momento de mi vida no estoy teniendo. Pero no es la primera vez que me pasa, a lo largo de los 40 años que hago canciones, o más, me ha pasado de decir: se murió la Samantha que componía. Y después nace de vuelta, porque pasan otras cosas. Ahora hay también una cosa con la inteligencia artificial que me rechina un poquitín.

¿Qué posición tenés respecto a ese tema?

La inteligencia artificial tiene tres cosas que me molestan. Una, que no es inocua. Es altamente contaminante, y no hay una conciencia de eso en el público que la utiliza. Yo tengo un hijo chico, va a tener que pagar para respirar y por el agua. Me vienen a la mente todos los libros horribles que leí de ciencia ficción y todas las películas Mad Max. A veces me quita el sueño, a ese punto llega. Porque de noche los monstruos son mucho más grandes. Lo segundo que me molesta de la inteligencia artificial es el rapiñeo que hicieron de todas las obras y que no le pagaron a nadie. Los tipos que son los dueños de las empresas alimentaron la inteligencia artificial sin pedir permiso, sin pagar un mango, con las obras que ya existen. Todas las obras de todos. Y lo tercero que me molesta es que estamos generando idiotas con esto. Porque escribir, leer, pensar te hace una mejor ciudadana y una mejor persona, además, porque te permite viajar a otros mundos, enfrentarte con problemas dentro del lenguaje; es un mundo muy impresionante. Y esto es como: no importa, esto lo hace el robot. Y el robot responde a ciertos intereses. Todo eso me molesta.

Es un espacio del discurso también, la música. Entonces, es poderoso, porque es un lugar que permite plantear preguntas; el arte permite plantear preguntas. Por eso es importante tener espacio en los lugares más importantes. Eso no está pasando. Es un espacio del discurso también, la música. Entonces, es poderoso, porque es un lugar que permite plantear preguntas; el arte permite plantear preguntas. Por eso es importante tener espacio en los lugares más importantes. Eso no está pasando.

Tuviste canciones en la lista de las 100 del año de la revista Rolling Stone. ¿Te mueven esos reconocimientos?

Ay, sí, soy de Leo, me encantan.

Falta poco para tu cumpleaños, el 14 de agosto. ¿Ya sabés cómo vas a festejar?

Normalmente hago fiestas que tienen vino y lentejas.

Este año publicaste Elefantín, tu primer libro infantil. ¿Cómo surgió ese proyecto doble, escrito y sonoro?

Nosotros nos mudamos en el 2020, por la pandemia, a Shangrilá. Antes vivíamos en la plaza Zabala, en un lindo apartamento del que decíamos: nunca nos vamos a ir de acá. Yo había terminado de poner mi último libro —tengo muchísimos libros, toda una pared llena—, un piano, todas mis guitarras. Al mes de lograr eso, viene la pandemia. Yo tenía como una paranoia con todos los libros de ciencia ficción que había leído en la vida. Horrible, no era yo. Perdí pelo, pasó de todo. Y claro, el gurí tenía dos años y yo era su payasa personal. Teníamos una mesa grande y yo pintaba con él, todo el tiempo hacía cosas para entretenerlo. Él iba al CAIF que quedaba a la vuelta, íbamos a la plaza todo el tiempo, caminábamos por la peatonal. Teníamos todo nuestro circuito de la Ciudad Vieja, y ahí se rompió todo. Frente a esa situación nos iluminamos y dijimos: nos vamos a vivir a Shangrilá. Fue fantástico. Simón empezó a ir a un jardín, y yo lo llevaba. Cada cosita era un viaje, para hacer tres cuadras demorábamos 40 minutos, una hora. Y en esos viajes era muy alucinante todo. En la época de la plaza Zabala había empezado a pedirme que le dibujara elefantes, y yo agarré una técnica para dibujar elefantes rapidísimo, porque al toque ya quería que le dibujara otra cosa. Estando en Shangrilá cada tanto se cancelaba todo porque estaba la pandemia, entonces íbamos a la plaza. Y a partir de todas esas aventuras mínimas empecé a escribir la historia y a dibujar como un ejercicio. Yo no estaba haciendo nada, no podía tocar, entonces trataba de no estar mucho tiempo ociosa, porque si no, me empezaba a quemar la cabeza. Cuando terminé se lo mostré a mi hermano (Martín Rivero) y me dijo: “esto está buenísimo, lo tenés que editar”. Es más, me dice, “tenés que hacerles canciones a los personajes. Yo te ayudo”. Y entonces empecé a hacer canciones, a trabajar con él. Gran parte de Elefantín es por Martín.

Elefantín, de Samantha Navarro. Alfagura, 36 páginas, 590 pesos.

Elefantín, de Samantha Navarro. Alfagura, 36 páginas, 590 pesos.

Tu hijo Simón cumplió ocho años, ¿cómo te cambió la maternidad?

La maternidad… Sos una antes. Esa se muere, básicamente, y nace otra. O muchas cosas siguen, porque es el sustrato, pero pila de cosas son diferentes. Por ejemplo, la parte del servicio. Te cambia el chip. Siempre es lindo servir, la empatía, hacer el bien, todo eso. De repente no tiene mucha publicidad, pero hace rebién; por fines egoístas está buenísimo hacerlo también. Pero cuando tenés un hijo, se transforma en la vida diaria: todo el tiempo estás al servicio. Hay que pensar desde ahí. Después, la planificación. Todo se vuelve planificado en la vida. Cambiás totalmente, porque todo tiene que tener una rutina. No podés ser hippie, decir: yo ahora no hago nada, me quedo en mi casa mirando series mil horas, y después hago temas hasta las cinco de la mañana. No, señora, no puede. Toda esa vida de locura y lujuria, chau. Eso cambia drásticamente. Y después, la preocupación, porque no existe miedo como el que conocés cuando sos mamá. Ni amor. Esa dimensión nueva solo la conocés cuando te animás a encarar este viaje, sin eso no hay comparación. No hay miedo más grande, no hay amor más grande. Esas dos cosas nuevas que tenés son totalmente diferentes a todo lo que viviste antes. Te transformás. Me acuerdo que me encontré con mi tía Silvia en el 116 y le conté: tía, voy a ser mamá. Y empieza a llorar emocionada, me agarra y me dice: “Samantha, finalmente vas a salir de tu ombligo”. Brillante.

¿Qué puede esperar el público que vaya a la Sala Zitarrosa el 29 de agosto?

Es un festejo en el sentido de que se va a reunir un montón de gente muy querida a lo largo del tiempo, y también gente más nueva. Porque está La Dulce, va a estar Dani Umpi, Martín Buscaglia; va a estar Diego Maturro también, mi profesor de guitarra, el Isma Ruibal. Rodra, Clipper, Paula Maffia. Va a estar divino el encuentro con la música. Vamos a tocar todo el disco, algunas canciones que son bastante extrañas. Mi idea es hacer el disco entero en el orden del disco. Y después a nivel instrumental van a suceder muchas cosas. Va a estar Luciano Supervielle también, que está en el disco. Ese espíritu de festejar el tiempo transcurrido, que realmente quedó en el corazón, y también con gente nueva a la que le gustó mucho este disco, que conversa con lo que está pasando. Porque es un disco feminista; retrata situaciones de la mujer, de la presión de la sociedad, por ejemplo, Josefina, No quiero hablar de esas cosas, Me gustaría disecarte, de amor extremista; Uñas rotas, que es oscura; Cover Girl. Me parece que está muy interesante porque habilita preguntas, cuestionarse otras miradas y otras posibilidades. Y es muy desparpajado, al borde de lo ridículo. Y eso está bueno, porque la verdadera razón de la ridiculez es que permite reír; viene de ahí la palabra. Tengo estas ideas locas, como de que haya ñoquis para que la gente se pueda comer unos ñoquis y tomarse unos vinos antes de entrar al show. No sé si me van a dejar en la Sala Zitarrosa hacer eso. Pero bueno, como sea, esa sensación de fiesta y de descubrimiento va a estar, porque no es que voy a escuchar canciones que conozco; no las pasan por la radio. Son rarezas algunas de ellas. Espero que vaya mucha gente al show para que realmente funcione como un festejo. Porque la unión hace la fiesta.