—Bruta sorpresa. Me quedé helado, porque no la vi venir. Es cierto también que teníamos todos una duda muy grande sobre lo que venía. Todos teníamos un vacío al respecto de cómo se llenaba esto, porque parecía por cómo había votado Laura (Raffo) que no iba a ser ella. Y salvo que hubieran convencido a Azucena (Arbeleche) 15 minutos antes... Fue una sorpresa muy grande. Y también había una mezcla de emociones muy grande. Los días de elecciones son intensos de por sí, que arrancan muy temprano, y después cuando los resultados no te acompañan, hay que aprender a desmenuzar las emociones. Lo de Valeria fue sorpresa. Y después la amargura iba por el lado de los resultados. Creo que se mezclaron las emociones y se generó esa imagen que todos vieron por la tele y que decían: “Che, 'ta raro, ¿no?".
—Y estaba raro, en efecto.
—Estaba raro, sí. Pero creo que tenía más que ver con algunas malas votaciones y que el partido en general no había votado bien. Y que algunos sectores grandes, históricos, representativos del partido, no habían votado bien. Y entonces había una sensación de derrota dura para muchos. Que se mezclaba con toda la sorpresa.
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Álvaro Delgado y Valeria Ripoll tras los resultados en las elecciones internas del Partido Nacional.
Mauricio Zina / adhocFOTOS
—O sea que era derrota más sorpresa. ¿Y cierta incomodidad por una candidata a vice que no era representativa de la esencia del Partido Nacional? ¿Cuál es su análisis de la elección de la fórmula?
—Es una jugada arriesgada, cosa que ya celebro de por sí. Era muy fácil acordar una fórmula que nos dejara supercontentos y tranquilos a los blancos y ser el partido del 28%. Nos vamos a dormir todos tranquilos, pero capaz que perdemos, pero tranquilos porque la fórmula nos dejaba recontentos. Pero el riesgo tiene eso: sale bien o sale mal. No hay nada en el miedo. Después, en términos históricos, cada vez que sus liderazgos optaron por ampliar el rango de los que nos sentimos blancos de raza y compartimos la interpretación histórica, la liturgia, la emocionalidad, algo trajeron. Algo aportaron al partido. Y generaron algo que siempre reclamo: que no sea tan difícil votar al Partido Nacional. Porque lo mismo que nos hizo sobrevivir y tener una identidad partidaria espectacular y ser representativos de una forma de vivir es lo que levanta barreras. Uno lo mira de afuera y dice: “¿Pero y yo para votar al Partido Nacional tengo que ser blanco? ¿Ser blanco es todo esto? Es mucho”. Debería ser más liviano votar al Partido Nacional, no sentirte parte, votarlo. Creo que le pedimos demasiado al votante para que nos acompañe. Y deberíamos bajar un poco los muros.
—No tienen que saber la Marcha de Tres Árboles para votar al Partido Nacional.
—Pero no, claro que no. A mí me preocupa que seamos vistos como una secta, como un culto. Porque además tiene tanta carga explícita, hasta peregrinaciones, lo de Masoller, las canciones, tiene mucho arraigado, y para quienes nos sentimos parte es lo más lindo de la vida. Pero para estar en el Partido Nacional, o estar cerca, no necesariamente hay que sentirse blanco. Sí que compartamos un rumbo de país, una serie de principios y valores, pero no todo lo que implica sentirse blanco. Porque limita la posibilidad de que nos acompañen otros. Yo no creo que todos los del 40% de las personas que suelen votar al Frente Amplio sean frenteamplistas, quizás tengan sensibilidad de izquierda. Nosotros tenemos que aprender a diferenciar estas cosas y que nos acompañen otros que no sean blancos y que aprendamos a decodificar mejor el ser blancos, no con tanta carga emocional e histórica que para muchos termina siendo muy difícil.
—Entonces comparte con Delgado esa idea del necesario “cambio de paradigma” que dijo durante su último discurso.
—Sí, iba por ese lado, sí, lo comparto.
—¿Cree que Delgado quiso decir esto que está diciendo usted?
—Espero que sí. Porque además el contexto hace que el cambio de paradigma sea hacia ese lado. También hay que entender cómo se leyeron los resultados electorales. El Partido Nacional votó bastante peor en la zona metropolitana, en Canelones y Montevideo. Entonces no es solo lo que pueda representar Ripoll en ese cambio de paradigma, sino que hay una estrategia electoral. Y menos mal que es así. Y otra cosa que se tiene que sacar de arriba el Partido Nacional es que si cree que su proyecto de país es el mejor —que estoy convencido de que lo es—, tiene que ganar elecciones seguido. Tiene que ganar elecciones una atrás de la otra. Perder alguna y ganar, perder alguna y ganar. Cambiar un poco ese chip, no terminamos nunca de procesar nuestros dolores. Y creo que este sí es el momento histórico del Partido Nacional en ese sentido. Un recambio que viene con recambio generacional, que tiene a Luis Lacalle Pou como el primero de su época. Y es la primera vez que el Partido Nacional enfrenta una interna siendo gobierno y está en paz, con un país estable. Tiene muchísimos desafíos, tiene cosas para hacer, tiene urgencias Uruguay. Pero con el Partido Nacional en el gobierno, en un país estable y con una interna pacífica, debe ser la primera vez que nos toca. Estamos en un momento histórico para que el Partido Nacional abra sus brazos.
—Bueno, durante la campaña hubo paz, pero esa noche de las internas ardió Troya y hubo mucha militancia y dirigencia furiosa con la elección de la fórmula. ¿Siente que eso ahora ya se aplacó o todavía hay ruido?
—Yo creo que ya se aplacó.
—¿O es el discurso que hay que dar para afuera porque hay que ganar las elecciones?
—No, no, creo que sí. Por lo menos es el proceso que me ha tocado a mí.
—¿Usted pasó por ese proceso?
—Sí, sí. Del domingo de noche al miércoles de mañana, si vos me preguntabas una vez por día qué pensaba, pensaba todas las veces algo distinto y todas eran ciertas. Creo que fue bajando la espuma de esa emocionalidad, esa cosa rebelde de blanco, frente a algo que nos había parecido supersorpresivo, como ajeno. Yo no sé cómo fue el proceso de decisión y comunicación de Álvaro, pero que es legítimo es legítimo. Nos pueden gustar o no cómo se dieron las cosas antes. Pero es legítimo. Construyó una mayoría y la concretó en las urnas. Después quizás me parezca a mí que no es muy positivo a la interna que haya semejante desbalance, pero es legítimo. Ahora no vale llorar, porque se podría haber construido otra cosa. No se supo, no hubo nada mejor, lo que sea. Pero sobre todo en la dirigencia de la primera línea la espuma bajó muy rápido. Y esa espuma tenía que ver con dolores, dolores electorales.
—No con Ripoll.
—No con Ripoll. Con Ripoll fue sorpresa y se mezcló todo. Puede seguir habiendo militantes que estén recalientes y que no les guste, pero eso es parte de una fuerza política que está gobernando y que quiere repetir el gobierno: tomar decisiones difíciles, arriesgar, esto va a pasar. Tenemos que aprender a convivir con esto dentro de un ambiente armonioso. Si no hubiera pasado, yo me preocupo mucho más porque habla de que el germen blanco, lo que nos hizo existir, está ahí. Si no hubiera enojos, no seríamos blancos.
—¿Y por eso advierte esa necesidad de Delgado y Ripoll de salir a explicar la fórmula en los días posteriores?
—Creo que es propio de la sorpresa. Y quizás también es como sellarla: la fórmula es esta, al que le guste, al que no, al que se enamoró, al que le es indiferente. Es una forma de sellarla. Y otra cosa: el Frente hizo todo bien el domingo. Superó su votación, cerró la fórmula al toque, Yamandú (Orsi) hizo el discurso ese leído que no sé por qué a todos les pareció fantástico y para mí es un rejunte de lugares comunes. Y, sin embargo, desde el domingo a las 12 de la noche hasta hoy, seguimos hablando del Partido Nacional. En términos de manejo de agenda, se le robó el trono rápidamente al Frente.
—Dejando los dolores electorales y a Ripoll de lado, ¿siente que hubo un cambio de era en esa noche de las internas?
—Hay un estado de ánimo que varios percibimos. Y es el de un tiempo generacional que se está terminando. No necesariamente por esta interna; lo empezó Luis. Y creo que es un proceso que se va a seguir dando. Porque esa sensación, abiertas las urnas, se empieza a confirmar en votos. Porque hay varios liderazgos importantes, históricos, que le dieron mucho al partido, que no votaron bien. Hay algo entre los blancos y es que están yendo a buscar algo nuevo.
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Santiago Gutiérrez Silva en la Marcha Ciudadana 6M, 2022
Pablo Vignali / adhocFOTOS
—Hace un rato habló sobre el “desbalance” que queda en la interna de Partido Nacional. Y la corriente wilsonista, a la que usted pertenece, ha perdido mucho terreno. ¿Qué lectura hace de eso?
—Los muros internos del partido son relativamente bajos. Ya es una costumbre que haya acuerdos electorales entre wilsonistas, no wilsonistas, y estos y aquellos. Y está bien. Se comparte el núcleo, el tronco, la matriz en común que es mucho más grande que las diferencias. Eso por un lado. Y en términos históricos, los resultados de la interna también ponen en jaque a los ismos como marca, como brand. ¿Qué están significando para los blancos, mucho, poco? Creo que los ismos son menos una guía para votar a cada sector, no quiere decir que carezcan de significado profundo, sino que no es el primer motivo por el cual voto a fulano o a mengano. Yo me siento wilsonista pero puedo votar a cualquiera. Esto lo veo con compañeros todos los días. Lo que está buscando el pueblo blanco no necesariamente tiene que ver con ismos de otros tiempos. Porque si Luis logró ganarse en la cancha el liderazgo absoluto como se lo ganó, quizás fue porque fue construyendo su propio ismo. Es decir, la gente, el blanco está buscando hijos de su tiempo, no hijos de fulano.
—Pero lo que también quedó en esta interna es un desbalance entre un bloque y el resto, entre los que está el wilsonismo.
—Sí. Y no le hace bien al partido. Porque después estos desbalances se ven representados en la convención y de ahí sale el directorio, y el directorio es el que toma decisiones. Los desbalances hacen que las minorías no tengan el contrapeso necesario para torcer cosas. Yo, por lo menos, le presto mucha atención a eso. Si después los liderazgos tienen la grandeza espiritual para ser mayoría, quizás esto se lo lleve el viento. Pero si yo digo que la apuesta con Ripoll es que el partido se agrande, hay que agrandarlo por dentro también. Para que los blancos-blancos podamos representar un espectro más amplio de la sociedad y agregarle las externalidades. Tenemos que hacer un esfuerzo grande por ampliar la ventana de ingreso al partido.
—¿Y por qué cree que con Ripoll se puede ampliar la ventana del partido?
—Por su historia, no tanto por su filiación al Partido Comunista, de la que no tengo mucho detalle y no es lo que me preocupa, por su historia sindical. Los que crean que en este país los dirigentes sindicales no están formados, no entienden nada. Además de su condición de mujer per se, que creo que es un aditivo aunque no está ahí por eso. Y creo que le puede llegar a un espectro de la sociedad que tiene que ver con lo urbano, lo capitalino, donde al partido le ha costado mucho llegar por no haber construido un proyecto Montevideo.