—¿Qué dejaron las últimas elecciones en Uruguay en términos de representación femenina?
—Hay un avance cuantitativo en el Parlamento, pero se debe a la aplicación voluntaria de la paridad dentro del Frente Amplio. Se eligieron siete mujeres más que en el período anterior, pero si se hubiera aplicado la paridad en todas las listas, hubieran sido electas 10 mujeres más al Parlamento. Y aún así no se llegaría a la paridad. Entonces, quedan muy claros los problemas que hay para lograr una representación paritaria; por un lado, por las prácticas partidarias de cómo se arman las listas, de cómo se promocionan, y, por otro lado, las características del sistema electoral. Es bueno que haya otra vez una mujer vicepresidenta electa, pero hubiera sido bueno haber tenido por lo menos una candidata a la presidencia. En cuanto al gabinete, el avance es en las subsecretarías, porque en los ministerios no se alcanza ni el máximo anterior, que fue en el segundo gobierno de Tabaré Vázquez. Hay un avance muy mínimo en estas elecciones. Estamos en una meseta, con avances en unas áreas, pero que son muy precarios.
—¿Cuáles son los factores que explican eso?
—Hay aspectos que tenemos claros, como el diseño del sistema electoral uruguayo y cómo eso incide. Pero después hay elementos que tienen que ver con la cultura política y sobre todo con la cultura política partidaria, que son bastante más difíciles de comprobar, que requieren investigaciones más cualitativas. Estoy trabajando cada vez más en los aspectos discursivos, en cómo los discursos sobre la representación política en Uruguay crean ciertas realidades y sustentan las prácticas.
—¿Por ejemplo?
—Hay ejemplos muy claros. Cuando se aprobó la “ley de cuotas” y se aplicó para el Parlamento por primera vez, en 2014, los dirigentes varones decían: ‘Tenemos que poner una mujer en el tercer lugar’. Y la ley no dice eso, pero lo decían. Los medios de comunicación lo repetían y se volvió una realidad, y lo que estaba pensado como un piso mínimo se convirtió en un techo máximo. Y en estas últimas elecciones vemos, por ejemplo, cómo algunas voces, casi todas de varones, están muy consagradas. Pienso en José Mujica y los comentarios que hizo sobre la candidatura de Carolina Cosse en las internas, sobre que ella no ganaba en el interior porque no la bancan. Además de que es un comentario absolutamente ofensivo, lo hacía más difícil (al triunfo). Porque ¿qué era lo más importante para el electorado frenteamplista? Ganar en las elecciones nacionales. Entonces, cuando esta voz consagrada de la política sentencia que esta candidata no lo va a lograr, es muy difícil. Uno no lo puede comprobar, pero sabemos que las palabras tienen poder, sobre todo hoy en día. Estos son aspectos que, dentro de lo que es la representación política de las mujeres en Uruguay, son muy importantes.
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Javier Calvelo / adhocFOTOS
—¿Cómo vio los discursos en torno a la paridad? Se prometió un gabinete paritario y no se cumplió.
—El Frente Amplio aprueba la paridad, pero después no se llega a aplicar en la práctica. El gabinete no es paritario, y cuando salen a decir que es ‘casi paritario’, que ‘tiende a la paridad’, están diciendo algo que no tiene sentido, porque paritario es paritario, no hay más o menos. Además, tratan de implantar ese discurso de que este es el ‘más paritario’, y si miramos los datos vemos que no es así. Entonces, ¿cuál es el compromiso real y cuál es la comprensión real de qué implica la paridad? La diferencia entre la cuota y la paridad desde un enfoque feminista son radicalmente diferentes. La idea de la democracia paritaria es que si no es paritaria, no es democracia, y no es simplemente una medida que se aplica sobre un sistema para asegurar una cuestión cuantitativa. Es un principio a partir del cual se construye, donde en realidad no debería ser relevante el género, porque naturalmente, así como la sociedad somos mitad hombres y mujeres, los espacios de decisión sobre el futuro de esa sociedad también deberían serlo. Pero sigue siendo algo muy difícil de conseguir, y el sistema de partidos y el diseño del sistema electoral uruguayo no ayudan.
—¿De qué manera perjudica el diseño del sistema electoral uruguayo a la representación femenina?
—Lo peor de este sistema es lo poco transparente que es para la ciudadanía. Empezando porque un partido presenta la cantidad de listas que quiera, porque no son listas partidarias, sino de sectores que compiten entre sí dentro del partido. En estas elecciones se presentaron más de 1.700 listas. Hay una proliferación de listas y de candidaturas y es evidente que no son todos candidatos y candidatas reales. Están en las listas sin ninguna posibilidad. Daniel Chasquetti ha escrito sobre las colectoras, las listas que tratan de sumar con los sublemas al Senado, un poquito de votos acá, otro poquito allá… y eso hace que al final votás a esta lista y con tu voto sale electo alguien de otra lista. El Frente Amplio fue el que más listas presentó y ¿cuál es la diferencia entre estas listas? ¿Hay una diferencia programática, en términos de la agenda política, el enfoque ideológico? En realidad, no, son sumamente personalistas, es una persona que busca emprender una carrera política y suma personas atrás. Cuando uno explica esto fuera de Uruguay, no lo entienden. Primero no entienden que un candidato se pueda postular en diferentes listas, para diferentes cargos. El único criterio es que sean del mismo partido; me puedo presentar al Senado como titular y en otra lista a Diputados como suplente. Tenemos casos de candidatos que aparecen 100 veces en diferentes listas. Eso no ayuda a generar un sistema electoral de representación democrática que sea transparente y comprensible para la ciudadanía, que para mí es lo más importante. Si la ciudadanía no entiende el sistema, entonces difícilmente se puede considerar democrático, ¿no?
—¿Ve otros problemas, además de la falta de transparencia?
—Hay una enorme fraccionalización. Tenemos solo dos circunscripciones grandes, el Senado y Montevideo, que tiene 38 bancas en la Cámara de Representantes. Después en Diputados tenemos Canelones, que es mediano, y hay 17 circunscripciones que tienen dos o tres bancas. En esos distritos es difícil, casi imposible que una misma lista gane dos bancas. Es como un sistema mayoritario, como tenemos en Inglaterra, donde en cada distrito compite un solo candidato por partido, pero disfrazado como un sistema de representación proporcional. ¿Por qué? Porque la única persona con chance de ser electa es quien encabeza la lista. Entonces no es una competencia entre sectores, es una competencia entre personas. Y después en Montevideo y el Senado, que son más grandes y sí pueden ser electas (más personas de la lista), tenemos esta explosión de listas que hace que esas 38 bancas se repartan entre muchas listas y entonces tenemos el mismo problema: hay muchas listas que ganan una sola banca, y gana quien encabeza la lista. Y sabemos que las mujeres siguen siendo menos ubicadas en el primer lugar de las listas.
—¿Qué otros elementos encuentra como obstáculos para el ingreso de más mujeres?
—Más allá de la cuestiones del diseño institucional, están las prácticas. Todavía está la idea de que el hombre es naturalmente un animal político, y las mujeres tienen que demostrarlo. Por ejemplo, la elección de Valeria Ripoll para la fórmula del Partido Nacional, cuando venían de una elección en la que Laura Raffo había conseguido una buena votación. En cualquier escenario era cantado que ella sería la integrante de la fórmula presidencial, y en vez de eso ingresan a una persona que no tiene ni trayectoria dentro del partido. Entonces, por un lado dicen que las mujeres tienen que tener los méritos para estar. Y si evaluamos objetivamente los méritos políticos, no hay duda de que Raffo tenía mayores méritos, pero el varón pone a Ripoll. Y creo que el error de eso, de que el electorado blanco podía apoyar más a Ripoll, quedó muy claro con la votación que recibió en Montevideo, que fue poco menos de 6.000 votos.
Las mujeres están si son funcionales a los varones, y eso se ve mucho en el Partido Nacional en particular. No están por sus propios méritos, y hay muchas mujeres que tienen méritos. Si miramos la composición del Senado, la única mujer que queda de la oposición es Graciela Bianchi. Cuando hay mujeres como Beatriz Argimón, Gloria Rodríguez que tienen trayectorias, para mi gusto, más significativas, pero Bianchi es funcional a los intereses de Aire Fresco y del líder del sector. La primera vez que entró al Parlamento con la aplicación de la cuota, Bianchi fue el caso paradigmático de la trampa, y ya van tres veces que hace lo mismo. Desde la academia, organizaciones feministas, algunas mujeres políticas que tengan la valentía, se denuncia, y siguen haciendo lo mismo... ¿Por qué? Porque el sistema lo permite. Una manera sencilla de impedirlo, que no se metería demasiado con este extraño sistema de partidos que tenemos, fraccionalizado, es prohibir las candidaturas múltiples. Vas al Senado, pero no podés también ir a Diputados.
—¿Qué ha observado en las dinámicas internas de los partidos? En cómo se construyen los liderazgos, cómo se arman las listas…
—Siempre que hay elecciones miramos la lista y miramos los resultados, pero lo que importa es lo que está detrás del armado de la lista. Eso lo estudié en el 2009, hice entrevistas con mujeres y con varones que habían estado en el proceso de armado de las listas, para tener un poco las diferentes visiones. En muchos casos siguen siendo procesos muy poco transparentes. Los criterios se manejan en función de la persona que quieren meter en la lista. Eso para mí quedó muy claro. Este está porque tiene una larga trayectoria dentro del Parlamento, y este otro que no tiene ninguna trayectoria está por otra razón. Pero la mujer que tiene la trayectoria no está. Siguen siendo procesos en los que participan la cúpula, el líder, a dedo. Eso no ha cambiado. Y cuando dicen que la forma más democrática es competir en las internas para después con los votos ganar tu lugar en la lista, hay un error conceptual importante. Porque eso sería lo más democrático si las condiciones de competencia fueran iguales para todos, y claramente no es el caso. No solo por temas de financiamiento, sino por cuestiones como el apoyo que reciben esas listas en la interna de parte del líder de los sectores.
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—¿Cómo leyó la derrota de Cosse en la interna? Los análisis se dividen en cuánto peso asignarle al factor de que es mujer para explicar su derrota, o más bien atribuirlo a otras características de la candidata.
—Creo que el género juega un papel. Todavía hay una cuestión de ¿podrá una mujer ser electa como presidenta? ¿Podrán votar por una mujer? Queda esa duda todavía, a pesar de que haya ganado en las elecciones departamentales, sobre todo dentro de las cabezas de los varones que siguen dominando aún dentro del Frente Amplio. Pero evidentemente no es el único factor. No podemos decir que ninguna mujer no llega solamente porque es mujer. Es toda la persona a la que hay que tener en cuenta. Y es verdad que ha habido ciertas resistencias a como ella es como política. Una de mis preguntas ahí sería: ¿se observarían esas cosas si fuera varón? Porque algunas de las cosas que se dicen de ella, como que tiene cierto autoritarismo en su forma de tratar, son características que a veces en una mujer son vistas como negativas y en un varón como positivas, como un liderazgo firme. En una mujer no es un liderazgo firme, es autoritaria.
—Ha estudiado también el lugar que dan a las mujeres políticas los medios de comunicación. ¿Cree que el periodismo político tiene una parte de la responsabilidad?
—Diez años atrás era un factor relevante. Pero ha habido cierto cambio en términos de la cobertura, de cómo hablan de las mujeres, hubo momentos, como cuando asumió Tabaré Vázquez la primera vez, que en la cobertura de la asunción de las mujeres ministras se decía qué ropa llevaban y de los hombres cuál era su trayectoria. Eso ya casi no se ve, por lo menos en el periodismo político. Sí hay una responsabilidad, cuando un medio quiere tener la posición de un partido o sector sobre determinado tema, de buscar siempre a ciertas figuras; por ejemplo, cuando hablamos de temas de género, van a hablar con las mujeres… ¿por qué no hablan con los hombres a ver si tienen algo para decir? Y al revés, si hablamos de política exterior, ¿por qué no preguntarles a las mujeres? Y después está el tema de quiénes son los portavoces de los partidos en ciertos temas; también ahí sigue habiendo una división sexual del trabajo, donde las mujeres hablan más de los temas sociales que de los temas duros de la política, de la economía.
Embed - DESAYUNOS BÚSQUEDA | Lacalle Pou y la dificultad para las mujeres en el Partido Nacional | BÚSQUEDA
—El año pasado en una entrevista con Búsqueda, el presidente Luis Lacalle Pou habló del problema de que muchos asuntos políticos se acuerdan en asados, espacios en los que las mujeres muchas veces no están. Hubo feministas que lo criticaron y otras lo celebraron por admitir el problema. ¿Qué evaluación hizo usted?
—Llegó medio tarde, porque eso mismo vienen diciendo las mujeres políticas hace décadas. Que están los espacios formales de decisión y después están los espacios informales, el boliche, el asado, donde se toman las decisiones, entonces cuando se llega a la reunión formal ya está todo cocinado. O al revés, en la reunión formal no se llega a ningún acuerdo y después quedan los varones, van a su asado y lo resuelven. Si recién se dio cuenta de eso, no está prestando atención, porque las mujeres históricamente lo han denunciado. Para mí, no basta con reconocerlo. Si hubiera dicho: lo que pasa es que venimos operando de esta forma y tenemos que cambiar nuestras prácticas para que esto no pase, sería otra cosa. Pero por el mero reconocimiento, la verdad, no creo que haya nada para aplaudir.