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    “Los muertos que vos matáis…

    ... gozan de buena salud”, y aquí cierro las comillas que abrí en el título de esta nota.

    La célebre frase, que se explica por sí misma, y ha sido usada cientos de miles de veces en discursos, alocuciones, comentarios periodísticos, políticos y/o sociales en toditos los ámbitos de la vida, no se sabe muy bien quién la dijo originalmente.

    Se le atribuye a José Zorrilla en Don Juan Tenorio, pero están también quienes se la endilgan a Juan Ruiz de Alarcón, a Lope de Vega y hasta a Corneille. Pero en todo caso, todos sabemos lo que quiere significar: hay seres que andan por ahí, pululan, circulan, modulan, adulan y, si existiera el verbo “escrupular”, agregaríamos que también “escrupulan” por esas calles de Dios, por más que se les haya dado por muertos.

    Cualquiera que tenga hijos o nietos adolescentes, sabrá que el interés por los muertos vivos o, más bien, por los vivos muertos ha trascendido la literatura española (o francesa, si le damos una baza a Corneille) más allá de los siglos XVI, XVII, XVIII o XIX. Alcanza con pasar frente al televisor un sábado de tarde y verlos colgados de los Walking Dead, esos zaparrastrosos seres medio deformados, sanguinolentos y desarrapados a los que también todos llaman “zombies”.

    Una breve consulta a Wikipedia, esa sucesora de la Enciclopedia Británica que solíamos consultar cuando nosotros éramos adolescentes, nos zambulle en una descripción que me permito transcribirles textualmente.

    “Un zombi (en plural zombis, en ocasiones escrito con la grafía inglesa zombie, en plural zombies) se refiere en términos generales a un ente que, de una u otra manera, puede resucitar o volver a la vida. El concepto de zombi encuentra sus orígenes en una figura legendaria propia del culto vudú. Se trata de un muerto resucitado por medios mágicos por un hechicero, para convertirlo en su esclavo. De acuerdo con la creencia, un houngan, bokor o hechicero vudú, sería capaz, mediante un ritual, de resucitar a un muerto, que quedaría, sin embargo, sometido en adelante a la voluntad de la persona que lo devuelve a la vida. También, según la creencia popular, se dice que una persona que es mordida por un zombi, se convierte en uno de ellos.”

    Había terminado en la tele una de esas películas de terror, un sábado en familia, y uno de mis nietos más chicos me pregunta, todavía medio espantado por lo que acababa de ver:

    —Tata, ¿acá en el Uruguay también hay zombis?

    —Miren —les dije (porque se habían juntado algunos más)—, acá hay un caso extrañísimo que se investiga científicamente, pero todavía no ha podido ser desentrañado. Desde hace tiempo, hombres de ciencia analizan este misterioso caso de un muerto vivo, y no logran dar con la explicación. —No se oía ni el ruido de la botella de Coca Cola contra el vaso. Estaban todos expectantes y absortos.

    —Se trata —dije— de un vagabundo místico que rondaba los campos de la patria, prometiendo utopías y asegurando fantasías. “¡Si es corrupto no es de izquierda, si no es demócrata no es de izquierda, si se ponen por encima los intereses particulares no es de izquierda!” —decía, vestido de una elegante túnica Armani, y mirando la hora en un Rolex que llevaba en la muñeca, izquierda, obviamente. Lo rodeaban las multitudes esperanzadas con su verbo progresista y renovador, esperanza de una sociedad que miraba el horizonte buscando un cambio generacional, con la esperanza de que los genes revolucionarios que lo habitaban en su ADN no necesitaran de una licenciatura en genética humana para confirmarse en hechos y realidades. Lo llamaban Raulus Zombic, tal vez augurando un futuro inesperado que terminaría por confirmar su calidad de muerto vivo.

    —¿Y qué pasó con él, qué fue de su futuro? —inquirió uno de los pequeños, tal vez el más inquieto e impaciente.

    —Los caminos lo llevaron inexorablemente a la capital, donde se unió a otras fuerzas políticas que secundaban y veneraban sus postulados, y terminó ocupando un altísimo cargo de gobierno, después de pasar por otros, menos importantes, pero igualmente trascendentes en los destinos de la patria. Metió tanto la pata, se equivocó tanto, engañó a tanta gente, defraudó a tantos otros, cometió tantos errores, hasta delitos cometió, que los jueces lo condenaron, los errores lo aniquilaron, muchos de sus compañeros de ruta lo abandonaron, al punto que terminó renunciando a su altísimo cargo, y murió políticamente para el país en el que había nacido.

    Cuando todos se aprontaban para su sepelio, Zombic, como su apellido lo insinuaba, se volvió un zombi. Les recuerdo lo que les leí de la Wikipedia al comienzo de esta nota: “Se trata de un muerto resucitado por medios mágicos por un hechicero, para convertirlo en su esclavo. De acuerdo con la creencia, un houngan, bokor o hechicero vudú, sería capaz, mediante un ritual, de resucitar a un muerto, que quedaría, sin embargo, sometido en adelante a la voluntad de la persona que lo devuelve a la vida”.

    Se lo leí a mis nietos, y les dije que mientras el zombi Zombic deambulaba arrastrándose por los arrabales de las ciudades, y la gente huía al verlo aparecer, irrumpió un anciano y taimado hechicero vudú, al que llamaban Pepombio, quien mandó armar una gran carpa de campaña, hizo conducir una multitud de acólitos que presenciarían un milagro, y pronunció, en medio de un ominoso y expectante silencio, una oración pagana en la que dijo: “Acá yo te reshushito, queridíshimo Raulito, y por má quejtés golpeao, no te quedes agachao, levantate de la tumba, y rajate pa lashurna”, y el zombi Zombic reabrió los ojos, miró hacia el cielo, y quedó, como lo dice el ritual “sometido a la voluntad de la persona que lo devuelve a la vida”.

    También el texto de Wikipedia concluye diciendo: “Se dice que una persona que es mordida por un zombi, se convierte en uno de ellos.” Por eso, cuando Raulus Zombic se dirigió a abrazar a los asistentes, todos rajaron en malón.

    A mis nietos les gustó el cuento. A mí, no tanto…