Lo primero que llama la atención son tres guitarras “sentadas” en el sillón de su living. Después, en el camino hacia el comedor, aparecen otras apoyadas en los rincones o sobre las sillas. Esas son las que se ven, porque Hilario Pérez tiene en su casa 100 guitarras que adquirió de otros intérpretes uruguayos o fabricó con sus propias manos. Contra una pared, un arpa sirve de adorno, porque él no sabe tocarla. “A esa la voy a tocar cuando me llegue la hora”, dice, y se ríe.
Mientras recuerda con Búsqueda su trayectoria como guitarrista, Hilario se acompaña con la guitarra que tiene a mano y hace surgir acordes de estilos, milongas o zambas. También van surgiendo nombres de cantantes fundamentales del tango y del folclore rioplatense con quienes grabó o compartió escenarios. Amalia de la Vega y Alfredo Zitarrosa son los más recordados, pero la lista es larga e incluye, entre otros, a Hugo del Carril, Agustín Magaldi (h), Lágrima Ríos, Olga Delgrossi, Mercedes Sosa, Roberto Rufino, Roberto Carlés o Edmundo Rivero.
Gaitas y gauchos cantores
En el origen de Hilario hay un barrio pobre, Villa Española, y una familia de cinco hermanos, tres varones y dos mujeres. Él nació en 1936 y heredó el nombre de su padre, a pesar de que esa costumbre se suele destinar al hermano mayor. “Me acunó la gaita de los gallegos del Club Español, que estaba a 30 metros de mi casa”, recuerda. Tuvo de vecino a un gaucho cantor, curiosamente llamado José Hernández, como el escritor que le dio vida al gaucho Martín Fierro. “Tocaba en cualquier lado, ponía un postigo arriba del billar, se subía y cantaba. Todavía tengo sus grabaciones”. Hilario lo veía cantar a escondidas y ese fue su primer acercamiento a la guitarra. Después su padre lo ayudó a fabricar una artesanal con una lata de aceite y una cuerda rota, y así “alguna cosita” tocaba. “Todo lo aprendí solo. Un poco de acá y otro poco de allá. Sacaba los acordes, pero no sabía cómo se llamaban”.
Amalia
Hilario es vehemente cuando habla de la deuda que tiene el país con muchos artistas, sobre todo con los anteriores a los años 70. “¿Qué reconocimiento hay a Amalia de la Vega? No le importa a nadie. La admiran los que tienen más de 50 años, pero su aporte a la cultura se va perdiendo, como el de otros que quedaron en el olvido. Me da mucho fastidio que solo se haya promovido a Viglietti, Sampayo, Numa, Los Olimareños, siempre los de la misma rosca. La cultura no tiene que tener divisa política”.
Hilario es vehemente cuando habla de la deuda que tiene el país con muchos artistas, sobre todo con los anteriores a los años 70. “¿Qué reconocimiento hay a Amalia de la Vega?”
Con De la Vega tocó en 1965 en radio Carve. “Ella me decía que no podía llamarme por mi nombre, entonces me lo cambió y me puso Aguerre. Era una mujer muy dulce, divina. Y tenía una voz impresionante, con una dicción natural, nunca tuvo un profesor”.
Cuando a De la Vega le dieron en 1974 el Charrúa de Oro en el festival de Durazno, lo llamó a Hilario y al guitarrista Néstor Olivera para que la acompañaran. “Tuve esa satisfacción. Recuerdo que en el escenario, con el Charrúa en la mano, estaba pálida. Le pregunté cómo se sentía y me dijo: ‘Te cambio de lugar’”.
Este año, a raíz del centenario de Amalia de la Vega (Melo, 1919-Montevideo, 2000), la Dirección de Cultura del MEC está organizando un homenaje y lo contactaron a Hilario. “Recién ahora se acuerdan”, protesta el guitarrista.
Alfredo
La primera vez que Hilario escuchó a Zitarrosa en un casete le pareció muy malo. “Dejate de jorobar, este es un tropero. Que se dedique a hacer locución”, dijo. Para él, Zitarrosa tuvo mucha difusión en las radios porque en todas las que había trabajado como locutor tenían una deuda con él. “Lo echaban de las radios porque era sindicalista y se la jugaba por todos. Cuando llegaba uno de sus discos, lo pasaban siempre, por eso tuvo suerte. Pero no era un mal cantor. Era horrible”. Al poco tiempo de aquella primera escucha, lo estaba acompañando en su larga duración Canta Zitarrosa (1966).
“Un día estábamos ensayando para ese disco en la calle Yaguarón e Isla de Flores. Zitarrosa me miró fijo y me dijo: ‘Usted no cree en mí, ¿verdad?’. Qué puñalada que me metió, qué hijo de puta. Le dije: ‘¿Sabe qué pasa?, a mí me da la sensación de que usted no va a llegar a cerrar el compás. Y que además no va a afinar cuando cierra. Usted tiene una voz muy especial, nunca me tocó una como la suya. Estoy prestando atención a la melodía y a su forma’”.
Hilario fue quien formó el primer cuarteto de Zitarrosa en 1967, con Néstor Olivera, Ciro Pérez y Gualberto López. El grupo fue cambiando de integrantes, entre otras cosas porque Zitarrosa los echaba o se peleaba con ellos. Incluso Hilario, a quien Zitarrosa tenía muy en cuenta, se peleó varias veces con él. “Me iba y volvía, no lo bancaba. Era un neurasténico. Pero también un tipo muy generoso, incluso me quiso comprar un auto”.
La primera vez que Hilario escuchó a Zitarrosa en un casete le pareció muy malo. “Dejate de jorobar, este es un tropero. Que se dedique a hacer locución”, dijo. Para él, Zitarrosa tuvo mucha difusión en las radios porque en todas las que había trabajado como locutor tenían una deuda con él. “Lo echaban de las radios porque era sindicalista y se la jugaba por todos”.
Un día de 1971, Zitarrosa fue a la casa de Hilario con una preocupación. “Llegó y me dijo: ‘Hace dos noches que no duermo. Quiero hacer algo para el Frente y no me sale nada’”. Entonces el guitarrista le propuso hacer una payada en la que Zitarrosa criticara a Pacheco y él representara a un paisano del interior que lo defendía. La payada se llamó Milonga de contrapunto y le trajo buenas ganancias al Frente Amplio y algunos problemas a Hilario: “Quedé entre dos fuegos, los milicos pensaban que era del Frente y los del Frente que estaba con los milicos. Hasta Alfredo pensaba que era pachequista”.
Entre los muchos trabajos que tuvo, el guitarrista fue funcionario del Ministerio de Agricultura y Pesca en Fomento Ganadero, y trabajó en varios frigoríficos. En 1967 lo llevó a Zitarrosa al frigorífico de Tacuarembó para que conociera el proceso de faena. “Empezamos por el marrón. Vio cómo le rompían las guampas a la vaca. Lo miré y estaba pálido, lo tuve que sacar de allí. Cuando en Guitarra negra dice: ‘Tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero’, en realidad el que tembló fue él. Después seguimos viendo la faena y llegamos hasta la puerta de la cámara. Entonces le dije: ‘Acá for export’. Así surgió Guitarra negra con una descripción de ese camino”.
Entre las virtudes que Hilario destaca de Zitarrosa está el atreverse a escribir letras de zamba. “Por eso todos le grababan temas, Mercedes, Cafrune, Los Chalchaleros. Le escribía al pueblo, y el pueblo lo entendió”. Y además estaba la voz de Zitarrosa que ahora no define como de “tropero”, sino como “rara”. “Tuvimos tres voces que no tienen sustituto: la de Gardel, la de Amalia y la de Alfredo. Tres timbre de voz únicos”.
Luthier y coleccionista
Un laúd, un requinto, guitarras y guitarrones nacieron de las manos de Hilario, y aprendió solo a fabricarlos. “En un museo de Texas tienen una de mis guitarras. Fue la más linda que hice, es de jacarandá y le puse nácar en la boca. Me pagaron 2.300 dólares. Comercialmente no vale la pena construir un instrumento. Es solo para uno mismo”.
Él le propuso a distintas autoridades construir un museo de la guitarra, por ser el instrumento más representativo del país. “Nadie me dio bolilla, son todos iguales. Va a quedar un bache enorme en nuestra cultura que no lo va a arreglar nadie”, dice enojado.
Hilario también es un coleccionista de discos y parafernalia de Gardel. “Tengo todos sus discos y todas sus películas”, aclara. Además tuvo el frac que usaba el cantante y que ahora vendió al Museo del Turf y del Tango en Malvín, donde veraneaba Gardel. En una caja roja y de tapa vidriada aún conserva algunos objetos del cantante: su alicate, su reloj y su boquilla, incluso un trozo de aluminio derretido del avión accidentado.
Pero la mayor admiración de Hilario es hacia los guitarristas de Gardel, a quienes les dedicó dos discos. “Ellos se toparon con un problema, tuvieron que acompañar a un hombre que no respetaba los tiempos. Era un capo, paraba las violas y salía cantando solo. Rompió todos los esquemas”.
Hilario también es un coleccionista de discos y parafernalia de Gardel. “Tengo todos sus discos y todas sus películas”, aclara. Además tuvo el frac que usaba el cantante y que ahora vendió al Museo del Turf y del Tango en Malvín, donde veraneaba Gardel.
Hilario viajó por Europa cuando era joven, por Hungría, Alemania e Italia. “Fue una linda experiencia. Los alemanes me ofrecieron quedarme y estudiar allá. Me pagaban 300 marcos por mes. Pero no acepté, tenía 23 años”, cuenta ahora, a los 83, un poco arrepentido.
En 1976 ganó el Charrúa de Oro en Durazno, y ese mismo año publicó con Sondor el disco Manos brujas con su versión en guitarra de el Pericón y el Himno Nacional. El disco fue reeditado en 2011 por la misma discográfica. Ahora Hilario está jubilado del Ministerio y recibe una pequeña pensión como guitarrista. “A veces me llaman para tocar de algunos lugares, pero no tengo mucha voluntad. Lo que me gusta es ‘vestir’ los temas, explicar cómo surgieron y por qué”.
A comienzos de diciembre lo invitaron a un festival de compositores en El Chamuyo. Ese día “vistió” un tema de Osiris Rodríguez Castillo y el público siguió admirado los sonidos de sus “manos brujas”, esas que cumplieron 65 años de trayectoria.