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    El inagotable patio trasero

    Paul McCartney solista II: de “Coming Up” al Centenario

    La década de los 80 fue el período más inestable y errático en la obra de Paul McCartney. Pero no el peor, como se ha pretendido. Coincidieron el asesinato de John Lennon, la disolución en 1981 de Wings y la irrupción de nuevas tecnológicas para la ejecución y la grabación de la música popular. Trascendieron de esos años las colaboraciones con estrellas como Michael Jackson (“The Girl Is Mine”, incluida en su disco “Thriller”, y “Say Say Say”, de “Pipes of Peace” (1983), y Stevie Wonder, con quien grabó un himno antirracista llamado “Ebony and Ivory” (Ébano y marfil), aclamado por las masas y odiado por los “puristas conceptuales”, especialmente por la metáfora pseudopoética de las teclas del piano como ejemplo de convivencia interracial.

    Los enormes éxitos comerciales, como “No More Lonely Nights”, llegaron de la mano de cuantiosos fracasos económicos como la película “Give My Regards to Broad Street” (1984), que narraba un día en la vida de Paul a la manera de los filmes Beatles, de la cual lo único positivo en términos de ventas fue precisamente aquella balada irradiada hasta en “Aquí está su disco”, con David Gilmour sacando chispas en los solos de guitarra.

    Bien lo explicó una vez el percusionista Nicolás Arnicho: “Rada ya salió campeón del mundo, no le podemos pedir que gane el Mundial todos los años”. Pues bien, McCartney ya tenía dos copas de oro en su haber, llamadas Beatles y Wings. Había vuelto a volcar toda su creatividad individual en un nuevo disco unipersonal, “McCartney II” (1980), signado por los vientos sonoros que arreciaban a ambos lados del Atlántico: sintetizadores, cajas de ritmo y novedosos efectos de guitarra, mayor presencia de vientos, amalgama sonora que el tiempo se encargó de poner en su lugar pero que en ese entonces reclamaba ser explorada para ver qué contenía de nuevo. “Coming Up” es el tema más famoso de ese trabajo, cuyo descacharrante video clip contiene una galería de personajes que bien podrían acreditarse hoy a la demencia de Capusotto.

    En las antípodas de verse a sí mismo como una deidad intocable para los simples mortales, siempre consciente de su enorme talento creativo y de su auténtica condición de genio, pero a la vez con una asombrosa capacidad de transmitir sencillez, bonhomía y calidez, McCartney siguió arriesgando, experimentando y produciendo material al mismo ritmo incansable que marcaron los Beatles.

    Así, en sus cuarenta, editó una sucesión de álbumes quizá no tan geniales, perfectos y redondos como “McCartney”, “Ram” o “Band on the Run”, pero siempre manteniendo un piso que muchos ya hubieran deseado como techo. Las canciones redondas coexisten con aquellas más discretas, pero en algún compás reservan alguna idea musical original, novedosa y sorprendente. Ya sea en la frase melódica, en lo tímbrico o en un simple silencio inesperado, como “My Brave Face”, cerca del final. Los ochenta le permitieron a McCartney evolucionar como bajista de rock, plasmando líneas de bajo que constituyen un material obligatorio para todo aspirante a rockear en las cuatro cuerdas.

    Las sonoridades predominantes variaron de acuerdo a los músicos y productores convocados. “Tug of War” (1982), en plena Guerra Fría, permitió el reencuentro con dos ex Beatles: Ringo Starr en batería y George Martin en la producción sonora, rubro que destaca sobre los discos anteriores. Además del hit a dúo con Wonder, el disco contiene una joya llamada “Here Today”, dedicada a Lennon, inamovible en sus giras, cuya belleza podrá apreciarse el domingo próximo en el Centenario.

    En “Press to Play” (1986) y “Flowers in the Dirt” (1989), Paul se sacó el gusto de componer en “parcería” con algunos de sus colegas más apreciados, como Eric Stewart y Elvis Costello. Además, invitó a Pete Townshend, Phil Collins, y nuevamente a Gilmour. La banda que reunió esa gira —The Paul McCartney World Tour— incorporó al tecladista Paul “Wix” Wickens, quien desde entonces se transformó en el cerebro escénico de las bandas de McCartney, incluida la actual.

    La inminente caída de la Unión Soviética provocó la edición, en 1988, de “Choba B CCCP” (traducción en ruso de “Back In the USSR”), un disco de clásicos del rock and roll en inglés conocido como “El álbum ruso” que marcó un verdadero signo de los tiempos y que tuvo su edición mundial en 1991. En 2003 la “Paulmanía” volvería a copar Moscú, con el célebre concierto en la Plaza Roja. En la misma línea rockera clásica despidió el siglo XX, con “Run Devil Run”, otro tributo a la década del cincuenta en el que el británico vuelve a demostrar ser un enorme cantante de rock, exhibiendo en esos himnos de Elvis Presley, Gene Vicent y Chuck Berry que nunca le faltaron agallas para, de habérselo propuesto, haber sucedido a Bon Scott en AC/DC. Su presentación en The Cavern fue una de las primeras transmisiones globales en vivo por Internet.

    Antes, la década del noventa había marcado un retorno al sonido beatle más tradicional en “Off the Ground” (1993), disco ultradifundido por “Hope of Deliverance”, un tema pacifista con percusión caribeña que sonó en todos lados y llegó a hartar a más de uno.

    Además de un “MTV Unplugged” nunca editado oficialmente y de la reunión en 1993 con George Harrison y Ringo Starr para completar “Free As a Bird” y “ Real Love” a partir de los demos de Lennon para el proyecto “Anthology”, el otro mojón importante de esos años fue “Flaming Pie“ (1997), un disco insular en su obra gracias a su sonido monolítico a banda de garage, muy emparentado con lo que habían hecho unos años antes los Travelling Wilburys.

    “She’s Given Up Talking”, justifica por sí sola la escucha de “Driving Rain” (2001), su primer disco del nuevo milenio que acelera el pulso y el tono rockero que mantiene McCartney desde entonces. En su grabación debutaron el guitarrista Rusty Anderson y el baterista Abe Laboriel Jr, desde entonces inamovibles en la banda estable de McCartney. “Chaos and Creation in the Backyard”(2005), producido por Nigel Godrich, en el que revalida su carácter de multiinstrumentista y toca nuevamente casi todo lo que suena, se instaló desde su llegada misma a las bateas en el podio de su obra solista con un puñado de canciones perfectas como “Fine Line” y “Friends To Go”. No sucedió lo mismo con “Memory Almost Full” (2007) y con el segundo trabajo firmado por su heterónimo The Fireman, quizá por aquello del piso demasiado alto.

    De su enorme producción en vivo editada en estos cuarenta años, conviene en estos días ver el DVD “Good Evening New York City”, grabado en el estadio Citi Field de Nueva York en junio de 2009, en la misma cancha donde los Beatles tocaron por primera vez en América, en 1965, en medio de aquel griterío infernal. La banda es la misma y el repertorio será, en un 95%, el mismo que sonará el domingo 15 en la Ámsterdam.

    Obrero clásico.

    Que Paul McCartney fue el músico más completo e ilustrado de los cuatro Beatles no es una novedad. Que fue la piedra fundamental del “rock sinfónico” que explotó en los setenta, tampoco. Sus intereses musicales trascendieron largamente al siglo XX y su constante inquietud por la música clásica, evidente en la segunda mitad del período Beatle y plasmada cabalmente en piezas como “Eleanor Rigby”, fue el motor de varias de sus incursiones discográficas en terrenos académicos.

    La primera fue “Liverpool Oratorio” (1991), una sinfonía coral en ocho movimientos compuesta junto a Carl Davis, como encargo para celebrar los 150 años de la Orquesta Filarmónica Real de Liverpool. Con un formato similar al de una ópera, repasa la vida de McCartney encarnado en el protagonista Shanty y reúne orquesta, cuatro voces solistas, coro de adultos y coro de niños.

    “Standing Stone” (1997) es un poema sinfónico grabado en Abbey Road por la Orquesta Sinfónica de Londres y estrenado en el mítico Royal Albert Hall de Londres. Dos años más tarde, editó “Working Classical” (1999), una selección de temas de su obra solista arreglados para un cuarteto de cuerdas y con la alusión irónica en el título de que su título nobiliario —Sir, recibido en 1997— no le quitó su condición de obrero de la música en todas sus facetas. Cello, viola y dos violines hacen que “The Lovely Linda”, “Junk”, “My Love”, “Maybe I’m Amazed” y “Calico Skies” luzcan tan diáfanas y luminosas como para irritar aún más a los amargos crispados por la belleza de sus “silly love songs”.

    “Ecce Cor Meum” (2006) es la obra de mayor trascendencia religiosa del hombre que acaba de editar la colección de standards de jazz “Kisses on the Bottom”. Inspirada en el recuerdo de Linda, semejante tristeza es reflejada inequívocamente en sus sonidos.

    La más reciente aventura sinfónica del inglés es “Ocean’s Kingdom”, su primer ballet, de temática ecologista, creado junto al bailarín y coreógrafo danés Peter Martins, estrenado por el New York City Ballet en setiembre de 2011 y publicado el 3 de octubre por el sello Decca.

    El ballet: la perla que le faltaba a un inmenso talento creador que tendremos la suerte de ver y oír bien de al lado, en pocas horas, en el Parque Batlle, dentro o fuera del coloso de cemento.

    Vida Cultural
    2012-04-12T00:00:00

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