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    La biblioteca de cemento

    Eloísa Ibarra en el Blanes

    En reposo, en frágil equilibrio hay un enorme bloque de cemento. Tres partes unidas, una figura de superficie pulida, como un extraño objeto caído, abandonado después de un derrumbe. El esto de una explosión, enviado de otro mundo, incrustado en una sala de exposiciones como recién llegado de un lugar lejano, como un monolito que guarda un mensaje oculto, inaudible, latente. Esos objetos misteriosos que aparecen en ciertos momentos de la cultura, con un tiempo y espacio distinto, fuera de contexto, para transmitir un mensaje elevado. La materia intervenida por una inteligencia superior. Es un quiebre en un lugar lleno de objetos pequeños, de pinturas sutiles, de imágenes en suspenso, aparentemente vacías, sin vida pero no sin alma. La geografía de instalaciones y pintura que plantea la muestra no parece incluir este pedazo de hormigón armado, esta pieza que parece caída de un montaje más complejo, de otro espacio. Pero ahí está, incorporado naturalmente, en un contrapié que equilibra extrañamente la fuerza del color de las pinturas, la materia firme, sólida, de una geometría exacta, de una técnica exquisita. El bloque claro de hormigón se acomoda al peso del resto del espacio, lo sostiene, le hace un perfecto contrapeso. Es muy pesado el vacío y el silencio que reposa sobre el resto de la obra.

    Es inusual aun como escultura o instalación en una exposición de arte. Es un objeto pulido, finamente tocado por la mano del artista. Se titula Sólido cartesiano y es de construcción reciente y uno de los habitantes de la muestra Mesura y abismo, de la uruguaya Eloísa Ibarra (1968). El sólido artefacto de hormigón, evidencia de la racionalidad más pura, de la limpieza de todo rasgo retórico, de cualquier ruido visual, parece parte de un mundo en el que la materia es esencial y anterior a todo lenguaje. Tal vez lo encierre. Tal vez sea la “mesura” que intenta encuadrar en la solidez el destino incierto de toda existencia, la transformación permanente de la materia, la fluidez y la liviandad de lo cotidiano.

    El lenguaje como conocimiento, las palabras detrás de cuerpos inertes o de signos que conducen a otros mundos verbales, a otros indicios de construcción racional. Poema, Rastro, Reposo y Silencio son algunos de los títulos de esta serie de inusuales y cautivantes construcciones del tamaño de repisas que uno coloca en la pared de su casa. La materia de las pequeñas instalaciones desplegadas en la sala se ofrece firme, fuerte, dura, estrictamente constituida en bloques breves, prolijamente colocados, en un orden que hipnotiza. Un orden que de a ratos se ve distorsionado por el cemento caído, deshecho, aparentemente destronado de su pedestal. Estas también breves roturas se convierten en el desconcierto que todo artista debe conceder al caos, su espacio entre las veladuras, entre la certeza de la racionalidad más estricta.

    Al fondo, el enorme lego de hormigón apretando la razón de la vida, el código secreto en un silencio agobiante, en una pieza impactante como el oscuro monolito de “2001, odisea del espacio”, de Stanley Kubrick. El resto de pequeños bloques se ajustan a un modelo. Forman parte de una biblioteca donde se ocultaron los signos del lenguaje verbal y ya no quedan rastros ni laberintos de historias, ni libros o autores referentes. Este archipiélago de cementos y maderas ocupa el centro de la enorme sala del museo en pequeñas islas armadas sobre elevados pedestales. Ocupan también el lugar del conocimiento y la ficción, de la historia y el pensamiento. Están rodeadas de cuadros bellísimos, donde prima el silencio y la soledad, la seducción de la geometría que abre y cierra lugares como puertas o ventanas, los planos de tonos asordinados, el tránsito de un color sobre otro en brillante armonía, la suavidad de capas de collage. Es un paisaje que obliga a transitar por pasajes del espíritu, por traducciones emotivas, como en una Babel de sensaciones, experiencias, emociones. Como en su serie de grabados titulada El germen de Babel, en la que explora las consecuencias de pasar un texto de Jorge Luis Borges por el sistema de traducción de Google. El resultado es ofrecido en código QR, una transformación desconcertante de signos lingüísticos convertidos en un nuevo lenguaje. Desconcierto, ocultamiento de sentidos, reconstrucción o destrucción de estructuras reconocibles, pérdida de formas en un mar agitado y turbio de representaciones verbales. La imagen construida por Ibarra concluye en un aparente silencio de planos y signos, en un anaquel de materia y formas perfectamente encastradas. Detrás, el abismo de mundos babélicos, de torbellinos de lenguaje y movimientos del alma que se movilizan hasta el infinito. Abismo que ninguna razón podrá explicar del todo.

    Mesura y abismo. Obra de Eloísa Ibarra en el Museo Blanes. De martes a domingos, de 12 a 18. Hasta fines de mayo.

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