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    Mamá, papá, el Titanic, la EMAD y el tío proxeneta

    Luego de pasar “muy mal”, Franklin Rodríguez estrena un monólogo sobre la historia de su vida

    No quiere hablar de todo lo que pasó. Pero habla, y en seguida se arrepiente y pide hablar de otra cosa. No quiere revivir su enfrentamiento con El Galpón ni con SUA ni con FUTI ni con nadie. Pero lo revive y de inmediato propone “dejarla por ahí”. Dice que la pasó muy mal cuando durante varios días su nombre era más mencionado que el del presidente de la República, luego de la decisión de El Galpón de impedirle el ingreso a sus instalaciones. Dice que sufrió mucho al verse enfrentado a toda una serie de instituciones mientras preparaba dos estrenos. “Era la barra de la Ámsterdam contra un solo hombre”. Lamenta que la condena a su suspensión por seis meses decidida por el sindicato de actores no se haya visto reflejada en la asamblea que ratificó la medida por abrumadora mayoría. Pero para de hablar porque el asunto lo “saturó”. Dice que incluso pensó en irse del país, aunque reconoce que es un pensamiento impulsivo, que no ha meditado demasiado, y que ahora está más “tranquilo”. De todos modos, asegura que no se arrepiente de las críticas que hizo sobre Socio Espectacular en el reportaje de Voces publicado el 16 de junio y que ese “es el sentir de mucha gente de teatro, pero la mayoría no se anima a decirlo públicamente”. Desde el viernes 3 Franklin Rodríguez actúa cinco veces por semana en Le Prénom, comedia dirigida por Mario Morgan que ya fue vista por 4.100 personas. Y el martes 28 estrena Lo que mi mamá quería a mi papá, unipersonal por él escrito, dirigido e interpretado, que irá de martes a jueves a las 20.30 en la sala Zavala Muniz del Solís, hasta el 13 de setiembre (entradas en venta en Tickantel). De esta obra, que repasa los orígenes de su carrera, y de las últimas semanas, Rodríguez conversó con Búsqueda. Lo que sigue es una síntesis de la charla.

    —¿Cómo te has sentido en este tiempo?

    —La pasé muy mal. Varios fines de semana. Y he repensado muchas cosas. Este año sigo con Le prénom hasta fin de año y con este monólogo, que luego, en febrero, haré en gira por varias ciudades de Europa. Después me quedaré a vagar por Europa unos meses. Intentaré tomar un poco de aire, porque las últimas semanas fueron bravas. Por momentos me sentí en el Titanic, era la barra de la Ámsterdam contra un solo hombre. Era todo eso, dos estrenos y las clases que doy en Espacio Teatro. Me sentí muy perturbado.

    —La polémica trascendió los límites del teatro…

    —Mucho. Generó que mucha gente me salude y me abrace por la calle para darme ánimo. Recibí una gran solidaridad. No quería ser víctima pero lo estaba siendo.

    —¿Tuviste tiempo de hacer un análisis autocrítico de lo sucedido?

    —Sí. Quizá fui medio brusco con algunas personas. Pero de lo que dije del mundo del teatro y de la política no cambio ni un punto. Creo que es comprensible estar enojado con un expresidente o con un partido al que votaste toda tu vida. Sigo pensando esas cosas que dije, que por ahí no se espera que las diga un actor. Soy así siempre, efusivo, irascible y honesto a la vez. Digo lo que siento y muchas veces pago el pato.

    —¿Cómo surgió este monólogo?

    —Es totalmente autorreferencial y parto contando la historia de mis padres, y a través de ellos y de mi familia me cuento yo. Hablo sobre mi crianza en el Cerro, un barrio de trabajadores que con el tiempo se fue poniendo difícil, de pasar todo el día en la calle, de mi incursión en el teatro por casualidad. De las personas clave en mi vida, como Omar Varela y Nacho Cardozo con su ayuda, Carlos Manuel Varela dándome libros, Alberto Candeau con sus consejos.

    —¿Cómo era tu casa?

    —No había nada en casa, no había libros, y mirábamos poca televisión. Pero por alguna razón me gustaba escribir. Hace poco encontré un cuaderno con una novelita de cowboys, escrita a lapicera cuando tenía 10 años. Muy mala, pero son 70 páginas surgidas de la mente de un niño. Ahí había algo, y fue el disparador de esta obra. Empecé con el teatro de casualidad cuando pasé por la puerta del Florencio Sánchez, vi unas chicas ensayando y entré de cabeza (ríe). Cuando quise acordar estaba haciendo la EMAD y para el examen de ingreso me mandaron estudiar El médico a palos. Era larguísima y dije “ni en pedo leo todo esto”, y me aprendí el monólogo de memoria. Estaban Candeau, Guarnero, Maruja Santullo, Elena Zuasti, Schinca, todos los pesados. Era el 80, cuando se reabrió la EMAD. Tuve mucha suerte porque estaba un interventor de la dictadura a quien solo le preocupaba que no entraran actores homosexuales. Así fueras Robert De Niro.

    —¿Y cómo entran tus padres en esta historia?

    —Mi padre nunca entró. Fue la oposición total. Si él hubiera aceptado mi condición de actor, esta obra no tendría sentido. El sentido está en la contradicción: mi padre se opuso tajantemente y mi madre me apoyó incondicionalmente sin entender nada de lo que yo hacía. “Si quiere, que lo haga”, decía, y no tenía ni idea de lo que yo hacía. Hasta ahora, con 86 años, no entiende bien lo que hago los fines de semana. —¿Dónde vas? —Al teatro. —Ah, ¿vas a actuar hoy? —Sí, mamá, actúo todos los fines de semana desde hace 35 años.

    —¿Te viene a ver?

    —Sí, viene, pero para ella sigo jugando. —Qué loco eso que hacés, me dice. Mi padre estaba enojadísimo, quería que yo formara parte de la Fuerza Aérea. Me anoté en la escuela de la Fuerza Aérea y a los cuatro meses quedé afuera. ¡Por burro! Esa oposición tan grande entre uno y otro generó un tira y afloje. Igual yo egresé de la EMAD sin saber mucho qué quería hacer. Sentía que me gustaba esto pero no sabía qué futuro tendría. Mi acercamiento al teatro era nulo. Solo había visto una obra en mi vida, a los 15 años en el Florencio Sánchez, El león ciego, con Candeau. No sabía ni que existía una escuela de teatro. Al Centro venía cada dos meses a pasear por 18 de Julio. Al cine solo en vacaciones, al Maturana. Después fue todo un devenir: entrar en la escuela, cada día iba a dejar porque no tenía un mango, venía todos los días del Cerro caminando, mal comido, muerto de frío, y me preguntaba “¿qué estoy haciendo acá?”. Ahí Omar Varela accionó como un motor importante porque hizo una colecta entre alumnos de segundo y tercero para que yo tuviera para el boleto. Acepté, vine un mes más y después me salió un bolito en la Comedia Nacional, y la fui llevando. Así que en poco tiempo pasé del barrio a actuar en el Solís. Terminé la EMAD haciendo bolitos, y una cosa acá y un trabajito allá.

    —¿Tu primer bolo fue en la Comedia?

    —Sí, la EMAD era el semillero natural de la Comedia. César y Cleopatra, de Bernard Shaw, dirigida por Sergio Otermin, con el regreso de Armando Halty. Después estuve en Amadeus, que dirigió Jaime Yavitz. Pero no hablaba, apenas entraba y salía.

    —¿Y después que egresaste?

    —Con otros compañeros que no teníamos dónde actuar inventamos Teatro sin Cueva, todos los domingos de mañana en el callejón de la Universidad. Nos vestíamos de gaucho y hacíamos sainetes de Vacarezza, Novoa y otros argentinos. Cosas de 15 minutos con apuntador. Los milicos nos censuraban y nos llevaron presos un par de veces. Cuando ya no teníamos más textos para hacer les dije que iba a buscar más y me puse a escribir uno, pero no les dije que era mío. Inventé un seudónimo: Quiñones de Benavente. Les dije que los había sacado de la Biblioteca Nacional. Escribí durante tres años, decenas de textos, hasta que un día les confesé que era yo. Tabaré Rivero me dijo, —¿por qué no me dijiste que eras vos, boludo? —Porque me iban a decir que no, le contesté. —Tenés razón, me dijo. Así empecé a escribir.

    —¿O sea que esta obra es una especie de autohomenaje?

    —¿Autohomenaje? (ríe) No, no, cuento los hechos y las personas determinantes en mi vida. Los que van dejando cosas en vos. Casualidades, encontronazos. Amigos, colegas familiares como mi tío proxeneta que me regalaba libros de teatro y grandes obras como Los hermanos Karamazov, que me lo encajó cuando tenía 17 años. Y yo me preguntaba: ¿qué es esto?

    —¿Tío proxeneta?

    —Sí, tenía un tío que era proxeneta y del Frente Amplio. No estoy diciendo nada del Frente Amplio, ¡ojo, por favor te lo pido! Del 26 de Marzo. Era proxeneta pero me daba libros. Yo leí libros porque él me los dio. Y mi madre sin saber qué hacía, pero siempre ahí. Me llevaba yogur y pedazos de mortadela al Solís a escondidas de mi padre. ¿Cuánto ayudó? No sé, pero si no capaz que hubiera abandonado en seguida. La deserción era lo más común en el barrio.

    —Hay dos vetas claras en tu trabajo. Las comedias como Debajo de las polleras y Debajo de los pantalones y la mirada crítica de la sociedad con obras como La cachetada, sobre la violencia actual contra las maestras. ¿Te sentís igual de cómodo en esos lenguajes?

    —Sí, en ambos. O puedo escribir algo histórico como Los descendientes, en la que inventé lo de Margarita Xirgu (En la obra, representada en 2016 por la Comedia Nacional, la llegada de la actriz catalana a Montevideo dividía las aguas y generaba un conflicto ideológico entre prorrepublicanos y profranquistas, mientras en frente a Montevideo se hundía el Graf Spee), o la obra que ganó el concurso de Cofonte este año, de lo cual no se enteró nadie, que trata sobre el encontronazo de Perón con Luis Batlle Berres, que aún no se estrenó.

    —¿De qué va?

    —Del encuentro real entre ellos dos en el barco al que yo le agrego personajes aledaños inventados. Obviamente no queda muy bien parado Perón, que a mí no me simpatiza para nada. Perón había tomado fuerte partido por los nazis y Uruguay se mantenía aislado, pero tenía el ingreso prohibido al puerto. Fue todo un tema, como siempre hicieron los argentinos con nosotros. Imaginarte algo sobre un punto de partida está bueno porque nadie te lo puede discutir.

    —En La cachetada te metés con un tema fuerte…

    —Sí, me pareció muy ofensivo que las maestras fuesen golpeadas y que la ministra lo tomara como un chiste. Fue patético. Por eso me puse en el lugar de las maestras desde la reflexión política. ¿A quién era la cachetada? Terminó siendo a todos nosotros.

    —Esa obra tuvo la repercusión de que vinieran a verla dirigentes políticos como Lacalle Pou. Pero aclaraste que eso no quería decir que lo apoyabas.

    —Yo no apoyé a nadie. El tipo vino a ver una obra de teatro. ¿Qué hago? A lo mejor mis compañeros del teatro pensaban que yo iba a poner un cartel que dijera “usted no puede pasar, usted tampoco”. Eso lo hacen ellos, yo no. Si paga la entrada, que entre quien quiera. Terminó La cachetada y siguen golpeando maestras. Así que la obra tan lejos no estaba. Si el teatro puede discutir estas cosas, me parece maravilloso. ¿Y si yo apoyara a Lacalle Pou, qué? ¿Me inhabilita como artista? Estoy pergeñando una obra sobre ese tema.

    — Y por otro lado mantenés tu veta de autor de teatro popular, de comedia que busca la risa como un fin en sí mismo.

    —Estás en lo cierto. No es una justificación pero es real: tengo una sala y tengo que venderla. En La cachetada no vendíamos muchas entradas y en Debajo de los pantalones 2, sí. Entonces tengo que buscar el equilibrio, tengo que vender, porque tengo que pagar una producción, los actores, los técnicos y las cuentas.

    —¿Hay que bajar la puntería para vender entradas?

    —No, hay que apuntar a que el público venga masivamente. A lo mejor la gente simplemente quiere venir a reírse con una obra que no es grosera ni ordinaria como esta. Hay cosas que escribo sin buscar una gran profundidad, sin mayores pretensiones. ¿Y si quise hacer solamente eso? La pregunta debería ser: ¿está bien o está mal hecho? A veces solo quiero hacer reír. Tenemos que vender porque no nos estaba yendo bien económicamente. No tenemos plata, bueno, hay que inventar algo, lo escribís, lo armás y lo hacés.

    —¿Cuando hacés humor viene más gente que cuando hacés drama?

    —En mi caso, sí. Es así. Ya lo asumí. Y no me molesta. La paso muy bien con las comedias. Actuando en comedias ajenas como este año en Nuestras mujeres o ahora en Le prénom, que tiene mucho humor en medio del horror que es la familia. Y está bueno que en medio del horror te puedas reír, como en este enfrentamiento entre un tipo más bien de derecha y el otro de izquierda que vendió 50 ejemplares con su único libro publicado pero da conferencias en Moscú. ¿Cuántos hay de esos? Está lleno, si conoceremos izquierdistas barnizados. Y yo me tengo que reír de esos personajes. Woody Allen se mete con cosas terribles y te reís como loco. Así es la comedia, tiene que tener dolor. A veces le embocás al tema y a veces no. Un día en Canal 4, cuando escribía para una telenovela, un gerente argentino, García Fuertes, me dijo un día que no me salía nada: “Chiquito, vos tenés que traer el lunes acá 50 páginas malas, pero tenés que traerlas”. Hay que sentarse y hacer. No podés decir: “Hasta que no escriba la obra maestra no voy a publicar”. Puedo escribir una obra en dos días y otra en cinco años. A mí no me gusta que me encasillen, y creo que puedo hacer todo a la vez. Ser director, actuar, escribir. Ahí vuelvo a cuando empecé: como no me daba cuenta de nada, me animaba a todo.

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