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    Todo lo hacía bien

    Jonathan Demme, cineasta oscarizado de perfil bajo

    Culto, inquieto, con intereses diversos, hizo documentales musicales, películas de calidad, bombazos de éxito en el mundo entero y también experimentó fracasos. En cierta forma, una vida dedicada al cine, que acierta y que a veces falla. El cineasta Jonathan Demme, quien falleció este miércoles 26 a los 73 años como consecuencia de un cáncer de esófago, tiene con toda justicia ganado un lugar en el panteón de los grandes directores. Y por varios lados.

    Para una generación que recién despertaba y descubría las grandes bandas de rock de la época, allí estaba el registro monumental de un concierto de Talking Heads, con David Byrne y aquel saco gigante. No había florituras ni excesos, solo la consecuencia lógica de la música, la acumulación de los temas, desde Psycho Killer, Heaven y Burning Down the House, hasta This Must Be the Place y Take Me to the River. Inmediatamente se transformó en un recital de culto, en un concierto de los que no pueden faltar, en cierta forma en una especie de Woodstock de los 80. Era Stop Making Sense (1984), y la dirigía un tal Jonathan Demme, un tipo al que había que seguir. Imagen inolvidable: el plano de las piernas de Byrne caminando, con los championes blancos, el radiograbador que deposita en el piso, el botón que aprieta y la música que se desencadena.

    En 1986 presentó otra película de culto, esta vez una ficción: Totalmente salvaje (Something Wild), con una divina Melanie Griffith en el papel de su vida, sensual, con el cerquillito negro a lo Louise Brooks. La mujer iba por la carretera manejando un descapotable, paraba en moteles y arrastraba al despistado y siempre eficaz Jeff Daniels, pero el que irrumpía para ocupar un lugar destacado —el novio despechado, el tipo vengativo, el salado, el malo— era un sujeto con la cara marcada por tajos, o viruela, o sencillamente la mala vida: Ray Liotta. Demme, que ya había dirigido Crazy Mama (1975), sobre mujeres armadas, rock and roll y coches descapotables, nos demostraba que un género típicamente norteamericano y en ese entonces algo descuidado como el cine de carreteras, podía resurgir, reinventarse. Imagen inolvidable: Liotta derrotado en un bar de pacotilla, sentado contra la ventana, de pronto ve que su suerte cambia para bien y lo exterioriza con todo el cuerpo.

    Volvemos a saltar dos años y tenemos Casada con la mafia (Married to the Mob, 1988), una deliciosa comedia negra que esta vez emplea los encantos de Michelle Pfeiffer, rodeada por un soberbio elenco (Matthew Modine, Alec Baldwin, Dean Stockwell, Oliver Platt…). El señor Demme, que alguna vez quiso ser veterinario pero las clases de química lo echaron, que filmaba documentales de música y películas de carretera, también podía hacer comedias.

    ¿De dónde venía esa capacidad para diversificarse, ese talento para bucear en distintos géneros? De una incuestionable fábrica que enseña el oficio cinematográfico: Roger Corman, el rey de la clase B. No importa tanto dónde pongas la cámara ni cuánta plata tengas. Lo que importa es que la cosa funcione.

    Demme escribía reseñas de cine para periódicos no demasiado importantes y había demostrado interés en el asunto de las imágenes. En cierto momento, trabajando en Irlanda en la publicidad de una película de Corman, lo invitaron a escribir un guión “con gancho” para New World Pictures, la nueva compañía del pope de la clase B. Angels Hard as They Come (1971, dirigida por Joe Viola), sobre una pandilla de motociclistas, con mucho sexo y muertes, tenía en el elenco a Gary Busy y, lo que son las cosas, a Scott Glenn, que mucho tiempo después volvería en un pequeño papel en la película más oscarizada y famosa de Demme: El silencio de los inocentes (1991), un fenomenal thriller que obtuvo los cinco grandes premios de la Academia de Hollywood que todos quieren: mejor película, director, guión, actor (Anthony Hopkins por su inolvidable Hannibal Lecter) y actriz (Jodie Foster por Clarice, la agente del FBI), galardones solo alcanzados por Atrapado sin salida (1975), de Milos Forman, y Lo que sucedió aquella noche (1934), de Frank Capra. A 25 años de su estreno, El silencio de los inocentes se mantiene incólume como un policial pesado, violento, con el suspenso intacto. Hay muchos momentos inolvidables y casi todos convergen en el doctor Lecter, pero el más poderoso tal vez sea su primera aparición, gélido, letal, sonriente, al otro lado de la celda blindada.

    En lo más alto de su carrera, Demme otra vez sorprende a todos con un drama tan sutil como desgarrador, posiblemente la mejor película que se haya hecho sobre el sida: Filadelfia (1993, con Tom Hanks y Denzel Washington). Si Demme ya estaba en lo más alto, ayudaría a Hanks a salir de la comedia fácil y consolidarse como un gran actor dramático. El resultado: un merecido primer Oscar para Hanks. Y aquella escena con Hanks extasiado gracias a la voz de María Callas, aferrado a la botella de suero, mientras Denzel Washington lo contempla perplejo.

    La última película de ficción que vimos de Jonathan Demme por estos parajes fue Entre la fama y la familia (Ricki and The Flesh, 2015), con la monumental Meryl Streep como una cantante country de derechas. Al lado de los otros peliculones realizados por Demme, queda notoriamente relegada, pero tiene lo suyo, un toque de fineza agridulce que ya había conseguido con La boda de Rachel (2008), uno de sus títulos ocultos.

    Antes de que sus fuerzas se diluyeran definitivamente, Demme había vuelto a los documentales musicales, su gran pasión, esta vez para poner el ojo sobre Justin Timberlake, como en otro tiempo lo hiciera con Bruce Springsteen o Neil Young.

    Vayan a la web y en lugar de ver series, busquen alguna película de Jonathan Demme, uno de los grandes cineastas norteamericanos de los últimos tiempos.

    Vida Cultural
    2017-04-27T00:00:00

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