La vida por delante. Ese concepto que, cuando hay mucha vida por detrás, suena lleno de promesas, de porvenir, visto desde la juventud es un entramado de posibilidades inciertas. A veces, cuando se añora tanto la juventud, cuando se la idealiza al punto de perder de vista sus dolores, queda fuera gran parte del cuadro. Podemos ser muy miopes o desmemoriados. Solo es cuestión de recordar, o de mirar de veras a los jóvenes que tenemos al lado, a nuestros hijos.
Pero, mientras unos sufren, dudan, eligen, descartan, otros pocos sienten la paz de tener una suerte de camino trazado. Una certeza interior que llena esa etapa con el sentido de una misión. No todos la tenemos, o la tuvimos. Algunos nacen con la gracia, o la adquieren, o la vida se las regala —o impone—, de sentir un llamado.
Los domingos, la película de Alauda Ruiz de Azúa recién estrenada en Montevideo (ganadora de cinco premios Goya y de la Concha de Oro en San Sebastián), pone sobre la mesa la vocación religiosa. En un tiempo en que juraríamos que lo inmediato y efímero gobierna la vida de los más jóvenes, Ainara (la protagonista, interpretada por Blanca Soroa), que tiene 17 años, está decidida a ser monja de clausura. Su madre murió cuando ella era pequeña y su padre, viudo, le sigue la corriente con una aceptación que se puede interpretar como un entendimiento genuino de su hija, o pocas ganas de dar la pelea.
La que se carga la situación al hombro es la hermana de él, la tía de Ainara, que trata con vehemencia de persuadir a la joven de que pruebe algo del mundo primero. Pero es tal la convicción con la que la chica responde a cada planteo que su posición empieza a verse como irrevocable. Resulta hasta intimidante la certeza en la mirada de esta chica. Como si supiera algo que sus adultos no. Pero ¿y si es al revés? ¿Si hay algo que ella no sabe? En lo que dura el “discernimiento” convive con monjas y prueba cómo es llevar esa vida, mientras parte de su familia la cuestiona (siempre desde el amor y la preocupación) e intenta hacerla cambiar de idea. “Jesús pone deseos en los corazones de la gente y con eso te va guiando, yo solo me dejo llevar”, le explica a su tío (un impecable Juan Minujín), que después de escucharla le responde: “Respeto tu fe”.
Los domingos es una de esas películas que siguen después de terminar. Queda flotando la pregunta sobre el origen de esa vocación, qué opciones de vida habría tomado Ainara si sus circunstancias hubieran sido otras. Y está también el tema de la vocación. Qué bendición o qué castigo tener una certeza tan grande tan temprano en la vida.
Soy Patricia Mántaras, periodista y editora de Galería. Espero que esta nueva entrega de Películas para la vida te encuentre bien, con al menos una certeza y varias dudas razonables. Me podés escribir con comentarios o sugerencias a [email protected]. Estaré encantada de leerte y responderte.
Lo curioso, o extraño, es que al mismo tiempo en que la española Ruiz de Azúa escribía y dirigía Los domingos, la uruguaya Lucía Garibaldi escribía y dirigía Un futuro brillante con un sentido de fondo, como mínimo, similar. Será el espíritu del tiempo, el famoso Zeitgeist.
La película de Garibaldi (ganadora de un premio en Tribeca), que también puede verse en cines, es una distopía. Transcurre en un tiempo que asumimos que es futuro por los animales extintos de los que se habla (gatos y perros) y la escasez de personas jóvenes, aunque la tecnología que se muestra parece venir del pasado. Elisa (Martina Passeggi) debe tener la misma edad que la Ainara de la otra película. Evidentemente, terminó el liceo y su coeficiente intelectual, así como su manera distinta de ver las cosas, han determinado que sea una de las elegidas para “ir al norte”. “Vas a ser transferida —le dicen—. Al sector sustentabilidad”.
Un futuro brillante_Sill 10
Los demás chicos festejan, felices. El destino que le espera es el que muchos quieren y al que pocos acceden. En su barrio han montado un pasacalles que dice “felicitaciones”. En su casa brindan por ese futuro brillante. Pero ella no se quiere ir. Empieza a faltar a las citas de “adecuación” (acá también hay un proceso de inducción) y le pregunta a su tío: “¿Nunca se le ocurrió a nadie no ir al norte?”. Y no. Nunca se le ocurrió a nadie no querer hacer lo que todos quieren, rebelarse contra el sueño común, querer atravesar la frontera sur en lugar de la norte. A nadie se le ocurrió, o nadie se animó siquiera a decirlo. Para Elisa, el llamado, la certeza, es no seguir el mandato.
Dos series, otras religiones
Cuando se estrenó la miniserie Poco ortodoxa en 2020 dio mucho que hablar porque mostró por dentro cómo viven mujeres y hombres en una comunidad judía ortodoxa de Nueva York. Los rituales, las reglas, las obligaciones y la escasa injerencia que una mujer puede tener sobre sí misma. A Esther (Shira Haas), la protagonista de esta historia basada en hechos reales, le encuentran un marido y le organizan una vida en la que ella no tiene derecho a intervenir. Su deseo de tener un futuro distinto la impulsa a dejar todo e irse. Como escapando, sin avisar.
Termina en Berlín. “Dios esperaba demasiado de mí”, explica cuando le preguntan de dónde viene, por qué dejó todo. Es increíble hasta dónde cala, las piezas que es capaz de mover, la fe. Allí entiende lo que es la verdadera vulnerabilidad; liberada de la peluca que las mujeres de su comunidad tenían obligación de usar, pero también sin dinero ni nadie a quien recurrir. En el caso de Esther, el llamado es a vivir otra vida.
No te cuento el final. Si no la viste, te la recomiendo para maratonear un domingo helado por la tarde (está en Netflix).
Muchos estarán de acuerdo en que el ajedrez puede ser también una religión, más allá de todas las metáforas que guarda con la vida. Para Beth Harmon (Isla Johnston de chica y Anya Taylor-Joy de grande), una niña huérfana, descubrir el ajedrez gracias a las lecciones del sereno del orfanato donde vive es encontrar una ilusión. La protagonista de Gambito de dama (está en Netflix) tiene un talento natural. Imagina jugadas antes de dormir y vive por el tiempo que dura cada batalla que libra en el tablero. Los años pasan y su vida fuera del ajedrez es apenas un complemento caótico, algo a lo que presta poca atención; retazos de tiempo que llenan pequeños huecos de una casi totalidad ocupada por piezas negras y blancas. Una afición no puede ser tan visceral porque deja de ser una afición. Para Beth, el ajedrez es una forma de vida.
Cantar y bailar a pesar de todo
Una vocación grandísima es la de Billy Elliot (Jamie Bell). Tan enorme que, siendo un niño, tuvo la valentía de cambiar el boxeo en el que lo había apuntado su padre, un minero de carbón, por el ballet. No había cultura musical ni de danza en su casa; tampoco había dinero. Lo que había era un padre rústico, pero dispuesto a dejar a un lado sus propios prejuicios (y hasta sus ideales) para apoyar la pasión de un hijo. En esta película del año 2000 —nominada a tres Oscar, incluido el de Mejor director para Stephen Daldry—, que también fue obra de Broadway, esa inclinación de la infancia, esa decisión tan temprana, se vuelve profesión, medio de vida y sueño cumplido.
A Ruby (Emilia Jones) también le toca desafiar a su familia para seguir su vocación en Coda (ganadora del Oscar a Mejor película, está en Prime Video). En esta remake de la francesa La familia Bélier, la hija de una familia de sordos resulta tener un don para el canto. Sus padres no comprenden, porque nunca la han escuchado (en el sentido literal del término), por qué dejaría el negocio familiar, un barco pesquero, para subirse a un escenario y alejarse de ellos. Empiezan a ver que hay una dimensión de su hija ajena a ellos, que desconocen y se les escapa. Hasta que sucede el milagro. En una audición a la que van sus padres, Ruby interpreta una canción perfecta: Both Sides Now (Desde ambos lados ahora), de Joni Mitchell. Es un momento de iluminación en el que ella va entonando la letra con su delicada voz y, a la vez, la interpreta con señas, en una coreografía que demuestra que ella por fin vio a sus padres, y que hace que ellos por fin vean a su hija. Les dejo la escena, que me emociona siempre.
Estos llamados a veces golpean suavemente la puerta, se asoman y se van si no hay respuesta. Otras veces llegan a gritos y no se pueden ignorar. Y puede ser difícil para el entorno, con todas sus expectativas, entender de dónde sale ese impulso, esa convicción tan absoluta. Pero no siempre hay que entender todo.
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Antes de despedirme quiero recomendarte algunas lecturas. Si tenés niños en la familia, te puede interesar esta cartelera de vacaciones de julio con actividades variadísimas. Pensando en el Mundial, Clementina Delacroix recomienda bares en donde ver los partidos de Uruguay. Y si estás buscando qué leer, María Inés Fiordelmondo entrevistó a Margarita Azpiroz, una uruguaya que empezó a escribir a los 80 años y que ya va por su tercer libro.
¡Que tengas un lindo domingo!