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Virginia Arlington, un libro y un permiso para ser fabulosas

Diario de intento de lo fabuloso, de Virginia Arlington, es un híbrido entre manual de escritura y libro de memorias que reúne 41 ejercicios para entrenar la creatividad y textos de la autora, que oscilan entre la autoficción y los recuerdos, pero siempre hablan de ella

Editora de Galería

Virginia Arlington nació a fines de los 60 y fue niña en los 70. Era hija única y nadie le daba “mucha pelota”, así que leía mucho, de todo, sin filtro, incluso libros que eran de adultos. Tanto leía que su abuelo le pedía que por favor saliera a airearse. También escribía. “El ‘querido diario’ es mío desde que tengo uso de razón, yo escribo desde chiquitita”, cuenta. Iba con su madre al teatro y, a la vuelta, escribía la reseña. Aparecían entonces los primeros indicios de su vocación periodística. “Sentía esa necesidad de ‘disfruté de esto, necesito comunicarlo’”.

Los años pasaron y Virginia siguió leyendo y escribiendo. Se define como periodista y editora, oficios que son también una forma de vida. Con Verónica Correa, amiga y tan aficionada a la lectura como ella, crearon Desenfrenadas­, un proyecto que es club de lectura y un programa de televisión que emitió TV Ciudad. Ahora, Virginia escribió un libro en el que comparte su “camino lector”.

“He escrito libros por encargo, unos cuantos, y notas por encargo, y es superdisfrutable y me encanta. Pero tenía toda una reserva de textos míos que por algún lado tenían que salir”. Ese fue el germen de Diario de intento de lo fabuloso, un libro precioso que es un híbrido entre manual de escritura (trae 41 ejercicios para entrenar la creatividad escribiendo) y textos de Virginia (que ejemplifican cada una de las propuestas y visten, entre recuerdos de infancia, declaraciones de miedo, cartas, redacciones, listas de cosas favoritas y cuentos brevísimos, este libro de compañía y cuaderno de trabajo).

“Fui editora durante muchos años, y eso de ponerme del otro lado del mostrador me generaba una tensión”, confiesa. “Me costó, hasta que en un momento no me costó más: fui a Penguin, lo presenté, y se coparon con la propuesta”, cuenta Virginia a Galería. Lo que vuelca en el libro son, además de esos textos tan personales, aprendizajes de los talleres de escritura a los que incansablemente se anota. “Muchos textos surgieron de esos talleres, y si no surgieron de ahí, surgieron de la vida”.

Odiosamente/divinamente irrepetible

Lo que propone Virginia es un Diario de intento de lo fabuloso. “Porque uno siempre intenta ser fabuloso, en todas las áreas de la vida, con mayor o menor éxito... en general, con menor. Y está bien también no ser fabuloso”, dice. A los 58 años, finalmente le encontró el gusto a “la imperfección”. “Siempre fui muy autoexigente, en mi trabajo periodístico, en mi trabajo como editora, como tiene que ser; y en cumplir con los tiempos, y que todo sea impecable… Pero me parece que incorporar la dimensión de darse permisos, de ser imperfecta, al final, dando vueltas lográs lo mismo o más, y con más humanidad contigo misma, con menos rigor, y apretuje, y encorsete, y sufrimiento, y dolor”. Y aunque se ataja, y aclara que no quiere “caer en esa cosa de coach emocional”, cuando se habla de soltar y de darse permisos, “en algún lugar tienen razón”.

Virginia Arlington Diario de intento de lo fabuloso
Virginia Arlington propone 41 ejercicios para entrenar la creatividad en Diario de intento de lo fabuloso, un híbrido entre manual de escritura y libro de memorias.

Virginia Arlington propone 41 ejercicios para entrenar la creatividad en Diario de intento de lo fabuloso, un híbrido entre manual de escritura y libro de memorias.

Ese permiso para fallar le llegó no tarde, sino a tiempo (“porque las cosas llegan cuando tienen que llegar”) y lo vivió “como un alivio”. Le permitió, por ejemplo, sentarse a escribir incluso sabiendo que personas como Leila Guerriero (una autora que admira y siempre la interpela) tal vez hayan escrito, con su prosa prodigiosa, sobre lo mismo (a eso, a la envidia, le dedica incluso un ejercicio del libro). “El fin de semana pasado —viste que a uno le van cayendo las fichas— di un taller para docentes sobre creatividad y escritura. Les puse un ejercicio y yo las miraba mientras escribían, y había como una felicidad. Y pensaba: claro, ya está todo escrito, pero nadie va a escribir como vos. Y es ahí, es cultivar esa mirada que tenés vos; eso es lo único que es irrepetible, porque si hay algo que sí sé es que cada una de nosotras es irrepetible, odiosamente irrepetible o divinamente irrepetible. Hay una mirada que tengo yo que no la tiene nadie, porque nadie tuvo mi historia”.

Redacción: mi día/mi familia/en la playa

Pasar las páginas de Diario de intento de lo fabuloso es como saltar de una atracción a otra en un parque de diversiones. Tan pronto se nos pide que nos presentemos “tal como estamos hoy”, como se nos invita a escribir una redacción titulada “La torta de cumpleaños”, a redactar un texto sin puntos ni comas, a escribir un cuento en media hora, a relatar en 1.000 caracteres lo que nos generó “una noticia del diario hoy” o a confeccionar una lista breve de nuestras “oscuridades”.

Como ejercicio de escritura, la familia es un excelente punto de partida para soltar la mano. “Es ideal, porque el mundo de la infancia es el mundo original, es el nuestro, es el más fermental. El mundo de los vínculos, la madre, el padre, eso no se termina nunca; entonces está bueno partir desde ahí”.

Si algunas consignas se plantean difíciles, desafiantes, hasta imposibles, ahí está el ejercicio completado por Virginia para demostrar que se puede. Uno de los más cotidianos que propone se titula ¿Qué hiciste hoy? Lo que ella narra es una tarde de té con amigas, y empieza así.

“Después llegaron ellas. La casa se llenó de tapados y guantes verdes y frascos con hummus, pan casero y muchas palabras que se cruzan en el aire y dos niñas/hijas de ellas, que juegan y hay un paquete de comida con una flor roja pegada y tienen calor y se desabrigan y el agua hierve, y precisamos un cuchillo con sierrita y el agua mejor sin limón, y sí, la nariz me quedó mejor después de la cirugía, pero yo la querría un poquitín más recta, y este budín de limón creo que me quedó bien, si no, no lo hubiese traído, y una vez casi me levanto a un delivery que estaba muy bien, estoy en un momento vital que no puedo con esto, llamale resistencia, tengo una contractura que no puedo más, tomá Perifar Flex, pará que en la cartera tengo una pelotita y te masajeo”.

¿Cómo se escribe este texto, tan vívido? ¿Se toman notas en el momento? ¿Se escribe inmediatamente después? “Está el tema de la metodología, sí es cierto que hay que tener constancia”, dice Virginia. “Cada una encuentra el camino que le parece, hay gente a la que le sirve levantarse tres horas y dedicarse y encerrarse. Yo cultivaba mucho eso, hasta que me di cuenta de que de repente estaba tres horas procrastinando, haciendo nada, sin escribir”. Entonces, decidió cambiar. “Ahora me tomo un té contigo, después me siento y escribo dos líneas, y voy y lavo la ropa, y vuelvo y escribo otras cuatro. Entro y salgo del texto cuando se me canta. Tengo una amiga que escribe y necesita entrar como en un túnel, no hacer nada que no sea eso; yo no, necesito entrar y salir, y ese texto lo escribí así. No saqué apuntes en el momento. Trato de ponerme de nuevo en esa situación y lo voy escribiendo, pero entro y salgo”.

Como ejercicio de escritura, la familia es un excelente punto de partida para soltar la mano. “Es ideal, porque el mundo de la infancia es el mundo original, es el nuestro, es el más fermental. El mundo de los vínculos, la madre, el padre, eso no se termina nunca; entonces está bueno partir desde ahí, desde los recuerdos, mirar fotos y trabajar sobre las fotos. Está bueno ayudarse con esas cosas, buscar, y eso sirve no solo para los que escriben, creo que tiene que ver con la gente que baila, que pinta, que actúa, es como buscar hilos de creatividad que nacen de lo propio”.

Y también sugiere ejercitar el desapego. “Mirar extrañadamente a otros, a las familias, los parientes, tus hijos: ¿quién es este ser?”. Tratar de salirse de uno para observar y narrar. “El desapego está bueno”, asegura.

Editar la vida

A Virginia Arlington le gusta mucho escribir, pero más le gusta reescribir: “no te olvides que soy editora”, dice. “Creo que para eso sí tengo capacidad, para agarrar un texto, o una novela, y decir: no, esto va acá, y esto va acá; como rearmar un puzle. Y me gusta mucho hacerlo conmigo, porque cuando lo hago con otro sé muy bien dónde está mi límite, tengo que respetar al escritor. En cambio, cuando estoy reescribiendo mis textos, es una fiesta, porque me puedo hacer lo que quiera, me puedo podar todo lo que quiero, puedo cambiar el orden, puedo rearmar, inventar”, cuenta.

Cuando decidió hacer este libro, seleccionó varios textos, los editó, los “podó” y después los guardó varios meses. Al cabo de ese tiempo, volvió a abrirlos, “a ver si resistían esos ocho meses”, y “hubo muchos que no”. A esos los desechó y siguió adelante con los demás. “No tengo problema con desechar. Hay gente que es más agarrada, pero yo no tengo ningún problema en decir: este texto no sirve. De repente estaban buenos, pero no estaban al servicio de ese corpus que armé”.

En su casa, dice, es igual. “Tiro todo; para mí, uno es editor de la vida también, y yo no tengo problema en tirar”.

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Diario de intento de lo fabuloso, de Virginia Arlington. Reservoir Books, 224 páginas, 990 pesos.

Diario de intento de lo fabuloso, de Virginia Arlington. Reservoir Books, 224 páginas, 990 pesos.

Con los libros es igual, selecciona y dona. Pero hay algunos que no se van nunca, y están en unos estantes que tiene reservados para los libros eternos. Ahí están los de Leila Guerriero, por supuesto. Y está El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac; y la autobiografía de Liv Ullmann, alguno de Martín Caparrós y de Rosa Montero y de Arturo Pérez-Reverte: “¿viste que está lleno de periodistas?”. Y está El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon; y hay tres ediciones distintas de The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), de Salinger; y El Castillo de cristal, la autobiografía de Jeannette Walls. Y está Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, un libro al que “no hay con qué darle”: “siempre me sorprende”.

También hay voces más jóvenes que la interpelan, voces que intuye van a permanecer vigentes. Como la de la colombiana Margarita García Robayo; “me fascina, y siento que va a lugares que no se mueren, que no desaparecen”. También lee con interés a la uruguaya Tamara Silva.

Para este verano ya tiene varias lecturas acumuladas: la obra completa de May Sarton; y un libro del ganador del Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai.

Este verano va a ser distinto, será abuela por primera vez. Y en abril, por segunda vez. Va a ser distinto, también, porque ya le dio forma a esos textos que tenía escritos, esperando ver la luz; ya publicó el libro, ya compartió esos saberes recogidos en talleres y no se siente tan sola en eso de escribir. Su propio libro (además de Desenfrenadas, la comunidad que ya tiene en marcha, junto con Correa) la une con otras mujeres que también están en una búsqueda.

“Yo creo que una vez que largás un libro, llega a lugares que no pensás; creo que esa es la gracia. Yo pensé que iba a ser para señoras menopáusicas, premenopáusicas, posmenopáusicas, que giran en torno a esa edad, pero estoy recibiendo un montón de mensajes de mujeres más jóvenes, y me encanta, porque quiere decir que toca una fibra que tiene que ver con otra cosa y que no se ciñe nada más que a mi experiencia actual”, cuenta. Eso, dice, “es como una bendición”.

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