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A los 100 años murió en Buenos Aires Dorotea Muhr, viuda de Juan Carlos Onetti
Fue violinista de la Orquesta Sinfónica del Sodre y de la Filarmónica de Madrid, y vivió 20 años en Montevideo y otros 20 en España junto con Onetti, allí lo cuidaba y mecanografiaba sus manuscritos
Se llamaba Dorotea Muhr, había sido violinista y tenía 100 años cuando murió en su casa familiar de Olivos, en Buenos Aires, el viernes 21. Esa casa la había construido su padre, un austríaco que llegó a Argentina escapando de la guerra. Su vida como violinista posiblemente habrá estado llena de anécdotas y experiencias personales dignas de contarse, pero Dolly, como todos le decían, nunca fue el centro de las historias porque vivió durante 40 años en una especie de segundo plano detrás de su marido, el escritor Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994).
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“Él es el hombre en torno al cual ha girado siempre la peregrinación de propios y extraños hacia esta casa: en torno a los libros de Juan, el insomnio de Juan, el exilio en España de Juan, la cama de la que no salía nunca Juan. Devela que nadie ha venido aquí a preguntar por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte”, escribió la periodista Leila Guerriero para la revista Gatopardo en 2007, cuando fue a la casa de Olivos a entrevistarla.
Con Onetti se casaron en 1955, pero el itinerario juntos había comenzado mucho antes, cuando ella era una joven violinista que vivía en Buenos Aires. En ese momento, Onetti estaba casado con Elizabeth María Pekelharing, con quien tuvo una hija, María Isabel (Litty). Antes, ya había pasado por otros dos matrimonios con dos de sus primas hermanas, y con la primera tuvo a su hijo Jorge. Pero fue en la Buenos Aires de los años 40 cuando Onetti iba por la calle con su esposa Elizabeth y vio a una muchacha que le gustó. Entonces le preguntó: “¿Quién es esa chica tan linda?”. Así lo recordó la propia Dolly en entrevista con Búsqueda en 2002. Desde entonces, comenzó una relación que primero fue de coqueteo y después de amantes. Hasta que Elizabeth echó a Onetti de su casa y entonces el escritor y la violinista se vinieron a Montevideo. De allí en más estuvieron 40 años juntos.
En Montevideo, Dolly integró la Orquesta Sinfónica del Sodre, hasta que vinieron los años oscuros. En 1974, Onetti fue encarcelado por la dictadura debido a su participación como jurado en un concurso de cuentos del semanario Marcha, que premió un relato de Nelson Marra llamado El guardaespaldas, tildado de pornográfico por los militares. Después de estar tres meses detenido, Onetti decidió exiliarse, y allí marchó con Dolly a España. El escritor nunca más regresó a Uruguay.
En Madrid, Dolly integró la Orquesta Sinfónica de la ciudad. Y se dedicó a cuidar a Onetti con una increíble energía y vitalidad, a transcribir a máquina sus originales y a leer junto a él tirada en la cama, porque Onetti un día se acostó y no se levantó más. Así contaba en la entrevista de 2002 su colaboración literaria:
—¿En qué medida participaba de su literatura?
—Lo ayudaba a Juan cambiando mucho las repeticiones, tengo buen oído para detectar las reiteraciones, tal vez por la música. Pasé a máquina toda la novela El astillero, cuando trabajaba en Electrolux, en la Plaza Independencia. Como tenía poco trabajo, con el permiso del director pasé a máquina todo el manuscrito. Ésa fue mi ayuda en la parte técnica; lo demás vino de la relación entre dos personas que viven juntas y se quieren.
Cuando Onetti murió, Dolly viajaba asiduamente a Buenos Aires y se quedaba con su hermana Nessy, pianista y tres años menor, en la casa de Olivos, donde tenían más de 10 gatos. También venía muy seguido a Montevideo.
—“A Dorotea Muhr: el ignorado perro de la dicha”. Así le dedicó Onetti su novela corta La cara de la desgracia. ¿Cómo lo interpretó?
—Le pregunté qué quería decir con ello (se ríe). Para entender la dedicatoria hay que saber cómo amaba Juan a los animales, igual que a los niños. Adoraba mucho a una fox terrier que tuvimos durante 14 años, la Bice, que era la número uno en la casa. Cuando niño tuvo un gato, esto lo contó muchas veces: se escondía con él en el ropero para leer libros infantiles. Él me decía que conmigo sentía la misma felicidad que le daba un perro. A mí me gusta mucho esa dedicatoria.
En 2007, Dolly trajo a Montevideo los manuscritos de Onetti para donarlos a la Biblioteca Nacional, y desde entonces allí se conservan en cuadernos escolares y libretitas, donde el Premio Cervantes 1980 escribía con letra grande y de imprenta. Con esa letra escribió en La vida breve el personaje de Annie, la violinista.
—¿Se reconoce en el personaje?
—¡Claro que sí!, tanto que Juan me decía: “¡Te has metido en mi novela y no tenés nada que ver!”.