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Amor a la mexicana: en la piel de la Cancionera, Natalia Lafourcade encantó al Auditorio
En su primer concierto en Uruguay, en el marco de su Cancionera Tour, la cantautora veracruzana dio un soberbio recital unipersonal en el que cantó 23 canciones propias y una de Alfredo Zitarrosa
“El escenario es mi casa, la casa de la Cancionera”, dijo, y nos conquistó. “Pueden hacer lo que quieran esta noche”, dijo también. Lógicamente, nadie hizo nada extraño. Pero desde el vamos, con estas consignas, Natalia Lafourcade instaló un ambiente distendido, cómodo, especial. Desde el vamos, el concierto del martes 26 en el Auditorio Adela Reta no fue un concierto convencional. Una cantante sola (hubo otros instrumentistas solo en una canción) en el teatro más grande del país, durante dos horas y 15 minutos, logró cautivar y emocionar a las 2.000 personas presentes. En este atípico recital unipersonal, en el marco de su Cancionera Tour, la mexicana cantó 24 canciones y generó una inusual —al menos para Uruguay— interacción con el público. Se puede decir que la virtuosa cantautora tuvo en la palma de su mano al Auditorio del Sodre. Se mostró feliz por su primera vez en Uruguay y el público le agradeció y le retribuyó sus canciones con una ovación tras otra, de principio a fin.
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Más que un mero recital, Cancionera es un espectáculo que fusiona lo eminentemente musical con una impronta teatral y performática, con la Cancionera como personaje protagónico. La dramaturgia de esta pieza teatral incluye una introducción algo extensa y repetitiva (al borde de lo innecesario), a través de una voz en off de acento neutro que da una serie de “instrucciones” al público sobre cómo debe vivir la experiencia, sobre lo importante de vivir y disfrutar el momento, en lo posible sin celulares. Fue un gesto redundante, bastante obvio y excesivo en su duración; la única nota negativa de la noche. Después, fue una sucesión de hechos extraordinarios.
Lafourcade cantó, tocó el piano y la guitarra. Llegó a cada rincón del recinto con su voz potente y caudalosa cuando quiere, y mínima, refinada y sutil cuando la canción lo demanda. Estaba sola, pero en varias canciones cantó sobre pistas de bajo y percusión. En extensos pasajes la ambientación sonora incluyó, en un segundo plano auditivo, canto de pájaros, parlamentos susurrados en secreto y arreglos instrumentales de cuerdas y vientos. Fiel a su costumbre, la Cancionera salió a escena vestida con un traje típico mexicano; esta vez fue un traje blanco y negro de grandes dimensiones, similar al que usan los mariachis. En el extremo opuesto a su silla, la artista fue “acompañada” por un muñeco con una planta en lugar de cabeza, que representa a la muerte. Con este marco escénico austero, el resto corrió por cuenta del enorme carisma de la mexicana. Su capacidad de comunicación es directamente proporcional a su talento vocal.
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Muñeco en el recital de Natalia Lafourcade.
Victoria Maillot
La dramaturgia de Cancionera ordena el repertorio con un criterio emotivo: está la canción para los que recién se conocen (Caminar bonito), para quienes están muy enamorados (Lo que construimos), para los amores no correspondidos, para quienes quieren querer a alguien que los quiere, pero no lo consiguen (Cómo quisiera quererte), para los que se casan (El Palomo y la Negra), y también para los amores rotos (Para qué sufrir) y para quienes se están separando (Nunca es suficiente). Así, el repertorio se transformó en una historia de amor y desamor que trascendió ampliamente el escenario y se instaló en la imaginación del público. A cada quién le habrá resonado distinto. Otro momento de intensa emoción fue la notable versión de El violín de Becho, junto al dúo tanguero uruguayo 1071 (Matías Craciun en violín y Abril Farolini en bandoneón), presentada por la artista mexicana como una de las canciones que sonaba con frecuencia en su casa cuando era niña.
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Natalia Lafourcade.
Victoria Maillot
Cada alocución, siempre con gracia y elegancia, generó risas y emociones. Incluso una botella de mezcal se transformó en personaje secundario de la historia, al ser convenientemente empinada varias veces. A la salida muchos se preguntaban si realmente se trató del icónico destilado mexicano o el beberaje era ficcional, ya que Lafourcade fue madre hace pocos meses. Poco importa si era el aguardiente de agave o simplemente agua mineral. Lo trascendente fue cómo la Cancionera se entregó en cada canción, cómo manifestó con toda la naturalidad del mundo su honda conexión con su territorio (Mi tierra veracruzana) y cómo se materializó, a lo largo de los 135 minutos de concierto, su potente vínculo emocional con el público uruguayo, que le prodigó en todo momento su amor a la mexicana. La primera visita de Lafourcade a Montevideo fue un triunfo rutilante de la canción, la voz, la melodía, la música y de una artista magnífica, cuyo regreso ya se aguarda con ansias.