Hay que imaginarse 15.000 hombres caminando en hilera, un brazo sobre el hombro de quien va delante, a veces pisándole los talones. Uno de cada 100 están tuertos y guían las columnas. Quienes van detrás perdieron sus dos ojos, se los sacaron de forma brutal los vencedores de la guerra. Hay que imaginarse la torpeza al caminar, la desorientación, el dolor, el miedo, la humillación. Estos soldados sin honra son búlgaros y van de regreso a casa. Habían ido a pelear contra los bizantinos, perdieron y el emperador Basilio, en lugar de ejecutarlos, ordenó que se hiciera algo más cruel: sacarles los ojos y mandarlos de nuevo a su tierra. El zar búlgaro Samuel los vio llegar por encima de las murallas, se desvaneció y a los dos días murió. No pudo soportar lo que habían visto sus ojos. Sobre este episodio que cuentan los libros de historia, el escritor mexicano David Toscana (Monterrey, 1961) imaginó algo más que la crueldad y escribió una novela recurriendo al humor negro y la poesía. El resultado fue El ejército ciego, una novela en tono de fábula ganadora del premio Alfaguara de Novela 2026. Ahora hay que imaginarse a los ciegos jugando como niños en el mar o jugando al bo con sus ojos como canicas ya fuera de sus órbitas o a los ojos de varios ciegos mirando hipnotizados a una mujer que baila frente a ellos. Toscana tiene otras 11 novelas publicadas y dos libros de cuentos, por los que ha recibido reconocimientos. En otra vida fue ingeniero industrial, una profesión que abandonó en los años 90 por la literatura. “Tuve ingresos de ingeniero que son mejores que los de un escritor”, dice risueño. Pero la literatura acaparó su vida y, dados los resultados, no fue una mala elección. Sobre su novela, Toscana conversó con Búsqueda en su pasaje por Montevideo para presentar El ejército ciego.
—Sí, la historia de algún modo es la madre de los escritores. Si es una novela sobre el pasado, claro que recurrimos a la historia, si es más contemporánea, a veces a la prensa que nos da material. Las novelas sobre crímenes seguramente se inspiraron en la prensa. Hay cierta literatura que no tiene mucho que ver con la realidad, pero es poca la que no está situada en un momento y no habla de ese momento. La novela policial latinoamericana quizás habla de un crimen falso, pero también de la corrupción, de la política. En México hay géneros que no existían cuando empecé a escribir, como la narconovela, ni siquiera existía el término feminicidio, que ahora es importante en la literatura contemporánea, o personajes como el de las madres buscadoras, quienes buscan a sus hijos perdidos. Toda esa literatura la leo con interés y a veces con espanto. Pero, como novelista, el mundo contemporáneo no me habla, entonces me voy hacia atrás y, si encuentro un detalle que me atrae, me quedo allí. La novela anterior (El peso de vivir en la tierra, 2022) la comencé con una nota que encontré en una hemeroteca del año 1971 que decía que habían muerto unos cosmonautas. El ejército ciego la inicié a partir de un parrafito perdido de las guerras bizantinas en el que se menciona a los ciegos.
—Al comienzo hay un resumen histórico muy breve. ¿Es una elaboración literaria o la encontraste así? Te lo pregunto porque me llamó la atención que diga que a Samuel “le vino encima la oscuridad” cuando vio llegar a su ejército. Parece muy literario…
—Es real, lo traduje del inglés, aunque el original estaba en griego. Me gustó mucho. La versión en inglés dice que le vino darkness y quise corroborar esa palabra con la griega. Me llamó la atención que al ejército de Samuel le sacaron los ojos, pero Samuel muere porque no le sacaron los ojos. Muere por lo que ve.
—Investigar esta historia también es un poco “andar a ciegas” sobre la vida cotidiana en esos lugares. ¿Ahí entra la literatura?
—Sí, entra la literatura pero de forma responsable. La historia me deja imaginar, pero tampoco puedo imaginar tanto. Sin escribir una novela histórica, leo mucha historia sobre cómo vivía la gente y cómo se cuidaba. Por ejemplo, hay mucha información sobre la crianza de puercos en la era medieval. Incluso hay estudios genéticos que dicen cómo eran en ese entonces, que no se parecían a los de ahora, sino al jabalí. No los podía describir muy bien porque me salía un chiste muy malo, que el cerdo tenía cerdas (se ríe); es que esos pelos no hay otra forma de llamarlos. Hay documentos de cómo vivía la gente, pero nada en búlgaro, porque los búlgaros no escribieron nada de esto. Entonces todo lo tuve que hacer por analogía. Sí hay mucho escrito sobre Bizancio, también muchos medievalistas franceses e ingleses escribieron sobre el año 1000. Entonces me dije que el trabajo de un herrero en Inglaterra no sería tan diferente al de un herrero en Bulgaria. Tampoco me detengo mucho en los detalles, en describir exactamente la fragua o de dónde llevaban el carbón. Pero me fascina en una novela descubrir lo que no conocía. Lo importante es reconocer que no somos historiadores, sino novelistas, y que lo que compone la historia y lo que compone la novela son cosas diferentes. Yo no escribo novela histórica, sino novela situada en un momento histórico. Sí me tengo que cuidar de que los personajes no digan cosas que nunca hubieran podido decir. Por ejemplo, jamás hubieran usado la palabra bizantino porque ellos les decían “romanos” a los de Costantinopla. Nosotros para no confundir llamamos “romanos” a lo que viene de Roma y “bizantinos” a lo que viene de Costantinopla, pero fue un invento de los historiadores para no estar aclarando. Yo tampoco usé la palabra Roma porque iba a terminar confundiendo a los lectores.
—La ceguera después de tener visión es un símbolo literario. Aparece en Tiresias o en Edipo, por ejemplo. ¿Pensaste en esta tradición al escribir tu novela?
—Sí, también Homero, aunque no lo dice la tradición, durante un tiempo sí tuvo visión. Las descripciones que hace en la Ilíada y La odisea tienen mucho de visuales, colores, brillos, reflejos. Necesariamente son cosas que vio. También en la tradición está Sansón, a quien también le sacan los ojos. La simbología de la ceguera aparece en la Biblia, como señal de no ver la verdad, de no aceptarla. Se usa la expresión “No hay más ciego que el que no quiere ver”, y la que de algún modo resulta falsa: “Ojos que no ven corazón que no siente”, porque dónde quedarían las emociones de los ciegos. Aunque sí se podría aplicar a la muerte de Samuel: si él no hubiera visto a su ejército de ciegos, no hubiera muerto.
—Es una novela sobre la crueldad, ¿el humor negro te ayudó a aliviar el relato?
—Yo sabía que el evento era demasiado cruel, trágico y repugnante como para usar la crueldad, la tragedia y la repugnancia. Eso ya está ahí, no se lo tengo que mencionar al lector. Entonces tenía que haber una vuelta para contar lo otro, lo que no es obvio dentro de la historia. Por eso me brinqué el proceso físico de sacar los ojos. Séneca tiene una versión en la que Edipo no se clava en sus ojos los broches que le sostenían el manto, sino que se hunde sus dedos. Describe cómo se arranca los ojos e incluso cómo se rasca con la uña para sacarse la carne . Yo no quería eso. Ni siquiera digo cómo lo hacían, aunque hay un listado de métodos en algunos lugares. No me regodeo en la crueldad, sino que hago que los personajes empiecen a jugar al bo con sus ojos y a burlarse de los cuervos. No es lo mismo el evento que el relato del evento, eso es lo fascinante de la literatura. Si vas por el campo y te encuentras a una serie de ciegos tendidos con cuervos encima que les pican dentro de las cuencas vacías de los ojos, no es una escena agradable. Pero las palabras que te narran ese evento pueden tener humor y sugerirte que lleves la atención hacia algo distinto. Tampoco es lo que en teatro se llama el alivio cómico, cuando después de un momento de tensión aparece un personaje que cuenta algún chiste. Es distinto, en la novela son las palabras las que guían hacia otro tipo de cosas.
—Hay una escena en el mar que es muy poética cuando los ciegos se van a bañar. “El mar se ríe”, dice el narrador…
—Alguien le dijo a uno de los ciegos una frase tomada de Edipo: “Más te valdría no existir que vivir ciego”. Esa escena del mar es una demostración de que eso no es así. Parecen unos niños, imaginan cuevas y animales, se dispara la imaginación porque no están viendo. En otras escenas también la imaginación es muy poderosa. Imaginan más los ciegos que los tuertos, entonces la ceguera comienza a dignificarse. No es algo que me invente, los ciegos se enamoran, se emborrachan, se divierten, tienen sus amigos. En Madrid, donde estoy viviendo, paso muy seguido por la Asociación de Ciegos, de vez en cuando acompaño a alguno y ni siquiera me doy cuenta de que no ve.
—¿Les preguntaste algo sobre su ceguera, sobre cómo perciben el mundo?
—No, porque me hubiera dado mucha vergüenza decirles que estaba escribiendo una novela sobre ciegos. Hay mucha literatura escrita al respecto, la tienen José Saramago (Ensayo sobre la ceguera), Ismaíl Kadaré (El firmán de la ceguera) o de manera oblicua Ernesto Sábato en el Informe sobre ciegos, un apéndice de Sobre héroes y tumbas. Entonces, muchas dudas puedo consultarlas en esos libros o incluso en internet. Siempre estoy consciente de que mis personajes son gente que tuvo ojos y ya no. El ejercicio de escribir sobre un ciego de nacimiento es muy distinto. Mis personajes, con la memoria y el entendimiento, saben de los estímulos visuales. Al principio le preguntan al personaje si extraña más el verde que el azul.
—Como seudónimo para presentarte al Premio Alfaguara usaste Kosaro el escriba, que es un personaje de la novela y queda la duda de si es el narrador de la historia. ¿Es Kosaro, una voz colectiva, un narrador desconocido?
—El escriba no es, de hecho se habla de él en tercera persona. Quién narra, no lo sé. Al comienzo a quien está narrando le preguntan quién es y dice : “Un ciego”. Más tarde le preguntan a otro que está contando y vuelve a dar esa respuesta. Cabe cualquier lectura, la de un narrador o de varios, porque no estoy contando la historia de los ciegos, sino su leyenda. Para mí son historias que se fueron contando una y otra vez y cuando llega a los lectores pasaron por varias manos. Sin llegar a lo sobrenatural, los relatos se van deformando, por eso se hacen leyenda. Como la historia del espantapájaros: “Dice la gente que vuela”, pero nadie lo vio volar.
—El escriba es el que más tiene conciencia de la escritura, de la crónica, de la importancia del registro, por eso quiere ir a la guerra para contarla. ¿Es el que más pierde con la ceguera?
—Los búlgaros podrían haber escrito una crónica histórica, pero no lo hicieron y, teniendo como cualquier cultura poesía, no la escribieron. No hay poesía búlgara de esa época, mucho menos drama o teatro. El alfabeto les había llegado porque se habían convertido al cristianismo. Tuvieron traducción bíblica mucho antes que en español. Kosaro pensaba por qué no habían escrito, para ese año los griegos ya tenían 1.500 años de literatura, de filosofía, de drama, de tragedia. Kosaro los había leído y hubiera querido que los búlgaros tuvieran todo eso.
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El ejército ciego y la numeración de sus capítulos con el primer alfabeto creado por San Cirilo.
Mauricio Zina/adhocFOTOS
—Cada capítulo está señalado con símbolos, ¿son búlgaros?
—Es la escritura original. Te decía que se habían convertido al cristianismo y en ese momento llamaron a San Cirilo y a San Metodio, dos sabios de la época. Les dijeron que no tenían alfabeto. Entonces Cirilo se pasó un buen tiempo con ellos, aprendió la lengua búlgara, escuchó y distinguió sus sonidos, les creó un carácter para cada uno y les creó un alfabeto. Distinguió cerca de 38 sonidos diferentes. Entonces tenían alfabeto, pero nada escrito y además nadie sabía leerlo. La fase dos fue transcribir y aprender a leer. Los caracteres que aparecen en el libro son los creados por Cirilo. Son números y letras, como los números romanos que usaban letras. Después se cansaron de esas letras tan artísticas y les pusieron símbolos más sencillos y así apareció el cirílico, pero no es el que hizo Cirilo, sino que sus discípulos lo llamaron así en su homenaje.
—Decías al comienzo que no te interesa hablar del presente, que no te inspira. ¿Al terminar la novela no pensaste en cómo se contará la crueldad de hoy?
—Sé que un texto escrito en pasado puede hablar del presente. Es lo que sucede con los clásicos. Se puede leer sobre la guerra del Peloponeso y tal vez hay gente que así entiende un conflicto armado de hoy: entiende el juego del poder y de amenazas. Pero yo escribo literatura y no debo provocarla. Si quiero hablar de Basilio II, tengo que hablar de él sin pensar, por ejemplo, en (Donald) Trump. Si lo convierto falsamente en un Trump, dentro de 100 años no tendrá ningún significado porque ya no será Trump. Si no le buscas ninguna agenda a la novela, comenzará a hablarle al público en todas las épocas. Se va a publicar en Bulgaria y allí me pueden decir que simboliza la lucha de tantos años contra la Unión Soviética. Si lo ven es porque ahí está, pero el autor no debe meterle agenda a la novela como hacía el realismo socialista. Por eso ya nadie lee novelas de ese tipo porque hoy parecen planas. Sin embargo, novelas que se escribieron en la misma época que tienen que ver con lo universal, como El doctor Zhivago, se pueden seguir leyendo.
—Hay una vuelta de tuerca en la novela que representa una revancha. ¿Pensaste algo musical para ese momento?
—(Se ríe). Pensé en sonidos más que en música, pero no sé qué tan armónicos sean. Buena parte de los ejércitos de esa época usaban sonidos para mover a sus hombres, llevaban trompetas y tambores y atemorizaban a los rivales. Pero aquí, por tratarse de una batalla secreta, importaba el sigilo, y el sonido empieza con el choque del metal cuando entra en la carne. Alguien me pidió que alargara esta escena, pero me resultó muy difícil porque buena parte de las batallas que se narran tienen que ver con la vista, y los detalles no los podía alargar.
—¿Te parece que la novela se puede adaptar al cine?
—No, en el cine creo que no es atractivo tener ciegos como personajes. Sí me han dicho que se puede hacer un monólogo para teatro y contratar un actor ciego. Esa posibilidad se la voy a pasar a alguien que sepa de esto.