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‘El beso de la mujer araña’, la revolucionaria novela de Manuel Puig y sus versiones en cine
A continuación un diálogo imaginario sobre la travesía de la novela escrita por uno de los grandes escritores argentinos del siglo XX, llevada al cine en la magistral adaptación de Héctor Babenco (1985) y en el drama musical dirigido por Bill Condon (2025), que acaba de estrenarse
Tonatiuh (como Luis Molina) y Diego Luna (como Valentín Arregui) en El beso de la mujer araña (Bill Condon, 2025).
—O sea, es un drama musical. Se ambienta en Argentina, en 1981, durante la dictadura. Transcurre mayormente en la celda de una prisión. Ahí están Luis Alberto Molina, un decorador de vidrieras gay y afeminado condenado por corrupción de menores, y Valentín Arregui Paz, un militante marxista, encerrado por pertenecer a un grupo de lucha contra el régimen militar. En esta dinámica, Molina le cuenta, con un entusiasmo desbordante y un nivel de detalle nacido del amor y la fascinación, la trama de un musical de Hollywood protagonizado por Ingrid Luna, una diva latina de la década de los cuarenta… O sea, en realidad es la adaptación de un musical que adapta la novela…
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—Sí, ya veo. Leí la novela, fue lo primero que leí de Manuel Puig. Me pareció alucinante. No sabía que se podía escribir así. Escribir casi toda una novela con puro diálogo, diálogo desnudo, crudo, sin acotaciones. No sabía que se podía hacer gran literatura con lo que cualquier escritor consideraría material de desecho, es impresionante lo que hace el tipo.
—¿La primera, la de Babenco? No. La dieron en la tele. Era chico y mis padres no me dejaron verla. Después, en la biblioteca de la facultad, me encontré con la novela. Es una obra maestra. Tenés que leerla.
—Tenés que ver la de Babenco. Es extraordinaria.
—Sí, más bien. Por eso me interesaba aclarar que esta versión no es una remake de la película de Héctor Babenco, que es de los ochenta. Esta película, la que se estrenó la semana pasada, es la adaptación de un musical de la década de 1990, así que… Si vos y yo estamos en un artículo periodístico que intenta replicar/homenajear el estilo que usa Puig en El beso de la mujer araña, la novela, acá iría una nota al pie o un encastre ampliando, explicando y ordenando un poco la información, que es lo que estoy haciendo con esta línea de diálogo que me tocó en suerte.
Raul-Julia-William-Hurt-El-beso-mujer-arana-1985
Raúl Juliá y William Hurt en El beso de la mujer araña (Héctor Babenco, 1985).
HB filmes (Brasil)
—Ahí va, perfecto. Bueno, el musical en cuestión se llama igual que la novela, es una adaptación de la novela, se presentó en Toronto en 1992, después en el West End y después en Broadway en 1993. Y fue una bomba. Ese año ganó varios Tony, los Oscar del teatro: mejor musical, libreto de musical y banda sonora original, además de premios para los tres intérpretes principales del reparto. Bueno, esta película, la que se estrenó la semana pasada, es la adaptación de ese musical.
—Ahora sí. Dale, te escucho. ¿Te gustó?
—Em… O sea, no. No sé, para mí arranca mal. Con Molina llegando a la cárcel y medio que de primera se pone a hablar de películas, todo medio repentino; no sé, no está bien llevado eso.
—La novela arranca con un diálogo ya empezado, con la relación, digamos, entre Molina y Valentín, ya empezada.
—Mirá. Bueno, la de Babenco también. Molina le va narrando reentusiasmado, con lujo de detalles, un melodrama que a él le gusta mucho hasta que Valentín se da cuenta de que es una película de propaganda nazi y se enfurece. Pero acá es diferente. Molina entra en la celda y le cuenta así, de sopetón, sobre su película favorita. Ta, es una elección del director, una forma de mostrar cómo es Molina y cómo irrumpe en la realidad de Valentín. A mí no me convenció. Y, ta, empezamos mal.
—No me dijiste quién es el director.
—Bill Condon, el mismo de Dioses y monstruos. Acá escribe y dirige. El loco ya adaptó al cine otras obras megaexitosas de Broadway: escribió y dirigió Dreamgirls y firmó el guion de Chicago.
—Qué bodrio.
—También hizo otras cosas, la adaptación live action de La bella y la bestia, con Emma Watson, por ejemplo. Tiene una filmografía… vamos a decir así, peculiar. Acá, en El beso de la mujer araña, actúan Tonatiuh como Molina, Diego Luna como Valentín y Jennifer López en el papel que hacía Sonia Braga en la de Babenco.
—¿Tona… qué?
—Tonatiuh. Yo tampoco tenía la más mínima idea de quién era. De hecho, cuando vi el trailer pensé que era Oscar Isaac. Tonatiuh Elizarraraz se llama. No usa el apellido porque le pareció que el nombre ya es lo suficientemente potente.
—Y sí.
—Es yanqui, de Los Ángeles, hijo de inmigrantes mexicanos. Por lo que leí, es una figura prominente dentro de la comunidad LGTBQ+ en Hollywood. Se identifica como persona de género no binario. Hizo otras películas, pocas, pero es acá donde se luce realmente. Dato que siempre se comenta para resaltar el compromiso de un actor con un proyecto: la transformación física. En el caso de Tonatiuh, bajó 20 kilos para interpretar a Molina, aunque, en honor a la verdad, al igual que Luna, hace más de un papel.
—Desarrolle…
—Claro. Hace de Molina, pero también hace de Kendall, un personaje que aparece en la película que Molina le cuenta a Valentín.
—¿Sabías que parece que Puig le puso ese nombre medio al final, en parte por Rodolfo Valentino? Pero no es un guiño cinéfilo al pedo, tiene sentido…
—Y Luna hace lo mismo: hace de Valentín y de Armando, el fotógrafo, que es un personaje de ficción dentro de la ficción… No sabía eso del nombre, después me contás… Bueno, con Jennifer López pasa lo mismo: hace de Ingrid Luna, la actriz favorita de Molina, de Aurora y de la Mujer Araña, dos personajes de la película musical que se desarrolla dentro de la película, a través de la narración de Molina. Ingrid, Aurora y la Mujer Araña son tres identidades, vamos a decir así. Molina conecta con esas tres entidades. Luna: la legendaria diva del cine, una estrella de Hollywood de la vieja guardia, con el atractivo extra de que tiene sangre latina, representa glamour y éxito. En realidad, si te fijás, Ingrid Luna es una diva medio berreta, hablando mal y pronto. Pero a Molina le encanta. Aurora, la segunda entidad, es un personaje romántico, una mujer muy deseada, también vulnerable y atormentada por una maldición medio rara. Y la tercera entidad, la Mujer Araña, es una presencia poderosa que a la vez seduce y amenaza con muerte, es el miedo y el deseo. La verdad que, en las secuencias musicales, Jennifer López está muy bien.
Jennifer-Lopez-el-beso-mujer-arana
Jennifer López en El beso de la mujer araña (Bill Condon, 2025).
—Entonces te gustó, no entiendo.
—No, no me gustó. Le encuentro cosas que, yo qué sé, me parece que están bien. A ver, no tiene que ser todo blanco o negro. Las escenas musicales de cualquier película de los Coen son infinitamente superiores. Ta, hay algunas secuencias que sí, están bien logradas, pero eso es lo mismo que puedo decir de una película que tiene buenos efectos especiales: “Tiene efectos especiales muy bien logrados”. No me parece argumento suficiente para levantar una película. Así que sí, te reconozco que J.Lo está muy bien ahí, como efecto especial, pero la película, en su conjunto, no me gustó.
Embed - El Beso de la mujer araña (KISS OF THE SPIDER WOMAN) - Trailer Oficial - Subtitulado
—Sí, Héctor Babenco era argentino, nació en Mar del Plata, pero a los 18 se fue del país, zafando del servicio militar que, en esa época, los años sesenta, era obligatorio. Vivió en Europa y después se estableció definitivamente en San Pablo, Brasil.
—En alguna medida, eso también lo conectaba con Puig, ahora que pienso, que de General Villegas se fue a Buenos Aires, de Buenos Aires a Roma, y a partir de ahí vivió por todos lados, por España, Estados Unidos, incluso, Brasil. Pero hablamos después. Ahora contame lo de Babenco.
—Bueno, justamente en Brasil, Puig conoció al productor de la película, David Weisman, un personajún. Peter Dekom, un prestigioso abogado de Hollywood, lo definió como “alguien que conoce gente extraña y hace películas sobre gente aún más extraña”. Pero ya vamos a llegar a él.
Vamos con lo de Babenco, que es notable. Es para una nota, un perfil. La cosa es así. Babenco siempre fue un tipo con sensibilidad y compromiso artístico con las historias de la marginalidad, y había hecho una película durísima, Pixote: la ley del más débil, en la que trabajó con una buena cantidad de actores no profesionales, muchos de ellos niños de las favelas… De hecho, el pibe que hizo de Pixote, Fernando Ramos da Silva, salió de ahí, de las favelas, y años después murió en un tiroteo con la Policía. Mirá, hay una película, ¿Quién mató a Pixote?, que trata de investigar quiénes fueron responsables de esa desgracia: la industria cinematográfica, la Policía, la desigualdad social, su propio entorno…
—Te estás yendo un poquito.
—Tenés razón. Sigo. Pixote tuvo un fuerte impacto en Brasil y también fuera de fronteras. Pasó por varios festivales, llegó a estar nominada al Globo de Oro y ganó una nada desdeñable cantidad de premios, entre ellos el del Círculo de Críticos de Cine de Nueva York.
—Te estás yendo un poquito… de nuevo.
—No, creeme que no, esta vez no. Todo está conectado. Escuchá. En esa época, la crítica de cine tenía otro lugar, otro peso dentro la cultura, incluso dentro de la industria. Resulta que el Círculo de Críticos hace una cena en el legendario restaurante Sardi’s para agasajar a todos los premiados. Esa noche llueve. Dice la leyenda, porque también hay otras versiones de que esa noche de lluvia Babenco está esperando en la puerta a que lo pasen a buscar o algo así. Entonces se le acerca Burt Lancaster, que también está esperando a que lo vengan a buscar. Lancaster había sido premiado por su actuación en Atlantic City, de Louis Malle. Ta, mientras esperan, se ponen a charlar, sale el tema obvio de cuál va a ser tu próximo proyecto y todo eso, a lo que Babenco agarra y le cuenta que él sueña, así, sueña, con adaptar El beso de la mujer araña, una novela que lo tiene obsesionado. Babenco no hablaba casi nada de inglés. Pero el entusiasmo y la convicción que transmitió al hablar de la historia de Molina y Valentín lo dejó enganchado al veterano. Al otro día, Babenco, que era rapidísimo y te hacía un asado abajo del agua mientras se fumaba un pucho, le mandó una copia de la novela. Listo. Mordiste, chiquito. Eso fue en 1981.
Durante el siguiente año y medio, la obsesión de Babenco fue también la de Lancaster, que llegó a tener cinco copias del libro en la casa. Se sabía diálogos enteros, páginas enteras, de memoria. Y atendete esto: según esta historia, cuando Babenco visitaba a Lancaster, el más macho de los machos de Hollywood de esa época, lo recibía vestido de mujer, con zapatos de tacón alto y medias de seda. Tenía 72 años el tipo. Babenco había encargado un primer guion al chileno Jorge Durán y, luego, David Weisman, el productor, incorporó a Leonard Schrader, un guionista muy salado, que escribía guiones para películas japonesas, además de ser hermano y colaborador de Paul Shrader, guionista de Taxi Driver. Shrader escribió varias versiones del guion porque a Lancaster nunca terminaba de convencerlo. La cosa se puso tensa. Nervioso porque sentía que el proyecto se le iba de las manos, Babenco insistió en elegir a un latinoamericano para el papel de Valentín, alguien que fuera convincente como un ferviente revolucionario y capaz de hablar con él. Así llegó Raúl Juliá, un actor puertorriqueño que, a pesar de haber trabajado con Coppola, sus mayores éxitos hasta entonces habían sido en el teatro. Bueno, Babenco hizo que Weisman y Lancaster vieran tres películas de Juliá. Lancaster aprobó la elección, pero seguía estando en contra del guion. Y acá es cuando se da un plot twist crucial: a Lancaster le da un infarto masivo y se baja del proyecto. Era 1983. Habían pasado catorce meses de conflictos creativos.
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William Hurt como Luis Molina en El beso de la mujer araña (Héctor Babenco, 1985).
HB filmes (Brasil)
—Y ahí apareció William Hurt.
—Ahí va. Apareció Hurt. Lo consiguió Weisman, porque a esa altura del partido, harto de los retrasos y conflictos, Babenco decidió hacer El beso de la mujer araña como una producción brasileña con un elenco íntegramente brasileño. Weisman, para no quedarse afuera del proyecto, le mandó el guion a Hurt, que era un galán en pleno ascenso en esa época. Dicen que Hurt llamó a Babenco, desde Finlandia, donde estaba de rodaje, le habló maravillas del guion y le dijo: “En resumen, leí el guion y me gusta mucho”, a lo que Babenco le respondió: “Muchas gracias, pero, en resumen, estoy harto de ustedes, los estadounidenses”. Y le dijo, de todas las maneras posibles: “No hay plata”. Hurt insistió. Babenco aceptó volar a Nueva York una vez más para reunirse con él y Raúl Juliá. En el viaje a Nueva York, lo que son las cosas, Babenco conoció a Sonia Braga, que estaba en la cima de su carrera después de Doña Flor y sus dos maridos. Braga se recontracopó con la idea de hacer un secundario que no es tan secundario, el de Leni Lamaison/Marta/Mujer Araña, y así, de golpe, el tipo ya tenía al elenco principal. Babenco ya había conseguido el 80% del presupuesto en Brasil, y Weisman consiguió el resto en Estados Unidos. Por un pelo, la película no fue enteramente brasileña. Ensayaron y rodaron en San Pablo, Babenco se sentía más firme. Rodaron en 13 semanas. Hurt y Julia cobraron 1.020 por semana. Lo curioso es que, durante el rodaje, a Hurt le costó muchísimo encontrarle la vuelta a Molina. Y acá es cuando tengo que hablar de un muchacho llamado Patricio César Bisso, un actor, periodista, diseñador gráfico, dibujante, diseñador de vestuario, escenógrafo de cine y teatro, músico y compositor. Este hombre fue el diseñador de vestuario de la película. Era abiertamente gay y notablemente afeminado. Y acompañó a Hurt durante el proceso de creación del personaje. Sin él, Molina no sería lo que es. Dato: Bisso también actúa en El beso de la mujer araña, hace de Greta. Y también aparece en Naked Tango, escrita y dirigida por Schrader. Todo está conectado, te digo. Mirá, la primera versión de la película tenía tres horas. No la aceptaban en ningún festival. La recortaron pila. Cuando terminaron la nueva versión apenas les dio el tiempo para presentarla en Cannes. Y quedó. Fue ovacionada y premiada. Se abrieron las puertas a más festivales y a Hurt le llovieron los premios. La película tuvo cuatro nominaciones al Oscar, una para Hurt, que ganó como Mejor actor, y otras a Mejor película, Mejor director y Mejor guion adaptado. Cuando recibió el Oscar, Hurt… Bo, ¿me estás escuchando?
Embed - EL BESO DE LA MUJER ARAÑA 1985 Trailer
—Perdón, sí, me quedé pensando en lo de Lancaster haciendo de Molina. ¿Te imaginás lo que hubiera sido eso?
—Ja. Babenco dice que escribió un largo tratamiento del personaje para que Molina encajara con la edad de Lancaster. En esa versión, Molina era un estadounidense que se estableció en San Pablo, ganándose la vida escribiendo cartas de amor para que las mujeres brasileñas las enviaran a sus amantes en la Marina estadounidense. ¿No te suena?
—Me resuena. ¿De dónde?
—El personaje fue tomado prestado, con la bendición de Babenco, por Walter Salles, que lo convirtió en mujer, en la protagonista de Estación Central, ganadora del Oscar a Mejor película extranjera. ¿Ves cómo todo está conectado?
—Totalmente. Igual, sigo pensando: un poco kamikaze Babenco, ¿no? En la década de los ochenta el tipo se largó a hacer una película protagonizada por un homosexual y un comunista…
—Latinoamericanos, además.
—El principal escenario de la película es una celda en Latinoamérica. La única vía de escape son las películas que un homosexual afeminado le relata a un marxista disciplinado, austero, rígido como un militar, que concibe su vida entera como herramienta de la lucha revolucionaria.
—Es interesante que menciones eso. Babenco dijo algo así como que no estaba haciendo una película sobre un gay y un comunista, sino una historia “sobre lo que significa ser un hombre real”.
—Claro. El tema es que ser un hombre real para Valentín no es lo mismo que para Molina.
—Ahí va. Y está parte de la inmensa riqueza de la película.
—Y de la novela. Mirá que también es jugadísima. Mirá que lo que hace Puig ahí es realmente extraordinario.
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—Lo primero que me llamó la atención fue la forma de la novela. La narrativa se estructura casi íntegramente a partir de los diálogos que se dan entre Molina y Valentín. La forma cómo el tipo va mostrando las personalidades de cada uno a través de cómo hablan, eso ya es alucinante. El diálogo hace avanzar la trama y va revelando la psicología de los personajes y sus conflictos internos, haciendo que la historia sea dinámica y, sí, muy cinematográfica. Vas viendo la transformación, el cambio, en cada uno y en el vínculo entre ellos. El ritmo, la cadencia de los diálogos, es notable. Me imagino a Puig, que trabajó en cine y escribió guiones para cine, leyendo en voz alta. El tipo, a través del diálogo, llega a hacer que los personajes bostecen. Y vos, al leerlo, bostezás con ellos, te juro.
—¿No hay acotaciones?
—No hay acotaciones, nada. No hay “dijo Fulano mientras se rascaba la cabeza”. No hay narrador omnisciente tradicional. Toda la historia se construye mediante conversaciones, monólogos interiores, relatos orales de películas, que son varias, no solo El beso de la mujer araña, y documentos paratextuales: notas al pie, informes policiales, estudios académicos, teorías sobre el origen físico de la homosexualidad.
—Muy experimental, ¿no?
—Tal cual. Pero todo está conectado, como decís vos. No son jueguitos. Puig no está haciéndose el listo y haciendo guiños cinéfilos y toda esa cascarria, está haciendo otra cosa: está mostrando que no existe una única versión de nada ni una única voz autorizada para contar una historia. No hay nada fijo, nada, y la realidad se forma con la confluencia de múltiples perspectivas. Las notas al pie intentan clasificar la homosexualidad, ponerla en casilleros, mientras la vida de Molina los desarma uno por uno, sencillamente porque está viva. La sexualidad es un aspecto, las personas, como la realidad, no son entidades fijas, se construyen momento a momento. Ocurre con Molina y ocurre con Valentín, cuya masculinidad y seguridad ideológica se van resquebrajando a medida que aprende a ser vulnerable, a medida que va viendo que no está mal estar en contacto con la propia vulnerabilidad. Que hay algo liberador en eso. Los dos van transformándose. Porque Molina, que se autodefinía por fuera de la política, entra en contacto con la política, no de manera teórica ni discursiva, sino vivida. Y eso también lo libera. Esa es una capa. Pero hay más. El beso de la mujer araña también habla del machismo, del daño que el machismo provoca en los hombres, del poder, de la vigilancia y del control, de la lealtad, de la traición, de la compasión y del afecto.
—Te hice caso y escuché la entrevista que le hacen a Puig en Bookworm. Qué inteligencia y qué sensibilidad la de Puig. Me puse a buscar más, encontré una entrevista en YouTube que está muy bien. Ahí cuenta su biografía. Una cosa que me pareció notable, no sé, como que me llamó la atención de una manera muy positiva, ponele, fue la sencillez de Puig, la forma de expresarse, muy cálida, muy amable, a veces inocente. Muy sincero. No parecía escritor… Bueno, en fin, lo que te quería decir es que me gustó que en un momento él dice que, cuando empezó a escribir, quería hacer una obra principalmente sobre el afecto. Dice, estoy parafraseando, que para él el sexo es solo una actividad de la vida vegetativa, como dormir o comer, que carece de cualquier significado o peso moral, y que lo trascendental es la vida de los afectos. Que eso tiene significado y peso moral. Lo otro que me gustó es que no celebra el cine o la capacidad de soñar como fines en sí mismos. Siente que los sueños no son vías de escape, sino pasos previos para cambiar la realidad.
—Tal cual. Eso fue lo que vivió él.
—Pará, que no quiero que se me pase. ¿Cómo era lo que decías del nombre de Valentín?
—Ah, sí. Hay una edición crítica de la novela, la editó Sudamericana en 2002, es una joya, con estudios críticos y con anotaciones de Puig, con los cambios que fue haciendo, que cuenta un montón de cosas, entre ellas que Valentín, al principio, se llamaba Roberto. El hallazgo de los nombres le llevó tiempo. En ese caso, llegó medio sobre el final. Puig lo reemplazó por Valentín por la conjunción entre valiente, con el viso irónico del diminutivo, y Rodolfo Valentino, el primer galán cinematográfico, que además, ahora yo estoy parafraseando, conlleva “el signo trágico por su muerte temprana y por haber provocado el suicidio de varias admiradoras”.