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Escritores en el espacio público digital: la dificultad de pensar
Las redes sociales construyen una idea de democracia trivial como soporte del mercado editorial, la literatura y los escritores, que habilita todos los discursos estéticos: libros buenos y malos, autores interesantes y mediocres conviven en igualdad
Interior de una de las tantas librerías de Buenos Aires. Foto: Buenos Aires Ciudad
Son muy conocidas por los viejos libreros de Buenos Aires las anécdotas en torno a Manuel Puig, tal vez el más grande escritor argentino de los años sesenta, de fama mundial: exigía siempre que sus libros estuvieran exhibidos en la vidriera y en las principales mesas, incluso los libros que había publicado hacía años, que, como es habitual, se colocan solo en los anaqueles laterales o bajos de las librerías. Entonces, cuando se lo veía llegar a Puig, rápidamente los libreros corrían a colocar sus libros en lugares bien visibles para no tener problemas.
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Evidentemente, Puig era alguien muy interesado en cuidar la imagen pública de los libros, y la suya propia. Aunque, en verdad, la imagen pública de los escritores es algo tan antiguo como las nociones de imagen, público y escritor. ¿En qué se interesaban, si no, los dandis, que se vestían excéntricamente, o Baudelaire, que lo hacía solo de negro? Podríamos dar decenas y decenas de ejemplos más, pero dejemos el tema aquí para no abrumar. O mejor dicho, continuemos, pero de otro modo, en otra época, la nuestra.
Si el concepto de espacio público surge en el siglo XIX con los grandes periódicos, en el siglo XX ese mismo espacio se modifica con la aparición de la radio y la televisión, y en el siglo XXI alcanza un tipo de funcionamiento global, como nunca antes, con Internet y las redes sociales. Porque las redes sociales pertenecen y a la vez modifican el concepto de espacio público. Y, por lo tanto, en ese nuevo espacio público circulan todos los discursos sociales, incluidos el de la literatura, los libros y los escritores. Hay mucha literatura y muchos escritores en las redes. Lo hay de dos maneras. Por un lado, en torno a la circulación de los textos, que va más allá de las redes sociales y alcanza a muchos portales y sitios específicos. Es falso que en Internet se puede encontrar todo, pero sí es cierto que se puede encontrar mucho. Muchas novelas, libros y textos de todo tipo. Ese fenómeno modificó el acceso a la información y, al mismo tiempo, la noción de archivo. Disciplinas puntuales, como la de los historiadores (y los libros que escriben), cambiaron para siempre con la posibilidad de acceder a documentos a distancia (en los sitios de Internet de las bibliotecas) sin necesidad de concurrir in situ, y con la inmensa oferta de textos al alcance de cualquier profesional. Y, en el otro extremo, cambió también la forma en la que el lector ocasional encuentra libros. El “bajarse” un libro de Internet es hoy una práctica tan usual y trivial como enviar un mensaje de wasap o hacer una compra por un medio de pago digital.
En segundo lugar, aquí sí directamente ligado al lugar de los escritores y la literatura en el espacio público y las redes, modificó también la puesta en escena de los escritores, en especial Facebook, Instagram y, en menor medida, X. Buena parte de los escritores se han convertido en emprendedores de su propia imagen en las redes. Pensadores como Zygmunt Bauman hablan del “narcicismo de la época”. Es cierto que las redes sociales son el lugar del autobombo de los escritores. Pero las cosas son muchas más profundas. Hay que entender que las redes sociales construyen una idea de democracia trivial como soporte del mercado editorial, la literatura y los escritores. Esa supuesta democracia de las redes habilita todos los discursos estéticos. Libros buenos y malos, autores interesantes y mediocres conviven en igualdad. Las discusiones estéticas (las discusiones por estéticas) quedan abolidas, es decir, se suspende la dimensión crítica, que es uno de los aspectos básicos de la literatura, y la discusión acerca de las estéticas, que es la discusión nodal de la crítica literatura.
A diario vemos en las redes cientos y cientos de escritores promocionando sus libros, generando un tipo de práctica particular sobre la que vale la pena detenernos. Es decir, reparar en la puesta en escena de la figura pública de la literatura y los escritores con base en una especie de política de la afectividad. Es evidente que la letra del discurso del mercado literario, la literatura y los escritores en la escena pública construye, reproduce y amplifica la política de la afectividad que cierra toda discusión sobre las implicancias estéticas. Es un discurso sin conflicto en que todos los actores del campo literario pasan a ser seres queridos: se agradece a la “amorosa” que escribió una reseña favorable a la novela, al “genio” que presentó el libro, al público “divino” que asistió al evento, al “maravilloso” ilustrador del libro, etc., etc., etc. Pero es un error suponer que allí solo se expresa el narcisismo o la autopromoción de los autores. Ese es un dato secundario. Lo que se juega allí, en esa política de la afectividad, es una obturación de la discusión estética. El campo literario se vuelve democráticamente trivial, un jardín en que todas las variedades son bienvenidas y queridas. Al obturar las discusiones estéticas —las discusiones a causa de las estéticas—, se obtura también toda conflictividad. La política de la afectividad es lo propio de un progresismo sin conflictos. Un progresismo que no conflictúa nada. Que deja intacto el orden establecido y su lengua. Pero lo literario —y su pensamiento— conlleva siempre una dimensión agonística: es lo agonístico mismo.
Hace años, Beatriz Sarlo dijo que en los medios de comunicación las noticias culturales siempre son buenas y felices. Mientras que en las demás secciones las noticias tienden a ser malas (corrupción, inflación, casos policiales, atentados, catástrofes naturales, etc.), las noticias de cultura elogian “muestras de arte imprescindibles”, películas que son “obras de arte”, novelas “que marcan nuestro tiempo”, centros culturales que funcionan a pleno. Una ciudad como Buenos Aires, por dar un ejemplo, es siempre definida por su “vitalidad cultural”, antes que como una ciudad de una gran desigualdad social (tal vez ambas cosas sean ciertas). Eso mismo sucede en las redes con la imagen pública de los escritores. Todas son buenas noticias. Es la publicidad de la alegría de ser escritores y la felicidad de que sus obras —los libros— se encuentren en las librerías. La literatura, que es la singularidad misma, se reproduce en las redes bajo el modo del aplanamiento, del achatamiento de las diferencias. De lo siempre igual. No es, por lo tanto, solamente un modo de la autopromoción o del narcicismo de los escritores, sino que el escritor, como emprendedor publicitario de sus libros en las redes, suspende las discusiones literarias y estéticas, reemplazándolas por la afectividad de los likes, las felicitaciones y los saludos afectuosos. En las redes, al escritor hay que felicitarlo, nunca pensarlo, discutirlo, merodearlo críticamente.
Este es un fenómeno global, pero en Argentina toma una dimensión mayor que en el resto de América Latina. Invito a ver las páginas de Instagram de muchos de los escritores argentinos para comprobarlo. Tal vez porque Argentina es el país de la región con mayor consumo de Internet. Tal vez porque son pocos los escritores que tienen agente literario y entonces se encargan ellos mismos. Tal vez porque esa retórica de la amistad (la amistad con mi supuesto éxito) es parte del estilo argentino (donde hay permanentemente publicidades sobre la amistad, la pasión, el éxito argentino, etc.). Probablemente haya otras razones. Conozco a una escritora argentina que usa su cuenta de Instagram para agradecer a sus lectores por haberla vuelto best seller. En las redes, y en particular en las redes en Argentina, la literatura se ha vuelto lo antiliterario mismo.
Desde El declive del hombre público, de Richard Sennett, hasta Historia y crítica de la opinión pública, de Habermas, los grandes textos acerca de la conformación del espacio público lo piensan como un sitio que favorece y estimula la discusión. Un espacio abierto. La literatura y la puesta en escena de los escritores en las redes van en sentido contrario. Tal vez llegó el tiempo de repensar esos mismos términos: repensar qué es un escritor, qué es el espacio público y cómo operan sobre ellos las redes.