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    Luis Brandoni: seis décadas delante de cámara y sin bajar nunca el telón

    Fue el “canalla” de Esperando la carroza, el dirigente gremial que padeció el exilio y el diputado que admitió más fracasos que éxitos; murió a los 86 años con funciones agotadas y proyectos internacionales pendientes

    En 1985, Luis Brandoni visitó el cine Boedo junto con el director Alejandro Doria y la productora Diana Frey para ver cómo respondía el público a Esperando la carroza. Lo que encontró al llegar lo desconcertó. Los acomodadores lo saludaron repitiéndole “tres empanadas, tres”. Brandoni recordaría ese momento con asombro en varias entrevistas. “A nadie se le ocurrió que esa escena iba a quedar en la historia”, dijo en la señal Televisión Pública de Argentina en 2017.

    Brandoni construyó su obra sin calcular la posteridad, y la posteridad llegó de todas formas. Murió el 20 de abril de 2026, a los 86 años recién cumplidos, tras nueve días internado en el Sanatorio Güemes por un hematoma subdural provocado por una caída en su casa. Hasta semanas antes protagonizaba ¿Quién es quién? en el Teatro Liceo junto a Soledad Silveyra, con funciones agotadas. Tenía pendiente la segunda temporada de la serie Nada, donde había compartido escenas con Robert De Niro.

    Nacido en el barrio Dock Sud de Avellaneda el 18 de abril de 1940, creció dentro de una clase trabajadora que definió su mirada sobre la Argentina. No provenía de una familia de artistas. Su padre fue empleado bancario y su madre, ama de casa. En el barrio había cines como el Select y el Edén y una radio que transmitía teatro y comedia a un niño que miraba con una atención que más tarde trasladaría a los ómnibus, las calles y las canchas de fútbol. “Tomaba clases (de actuación) en los colectivos, en la calle, en la cancha de River”, dijo en una entrevista. Ese era su método. Sacarle al instrumento (él mismo) la mayor cantidad de notas posibles.

    Embed - Esperando la Carroza - Tres empanadas completo

    Se formó en el Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico bajo un régimen estricto, de lunes a sábado de 16.15 a 21.30, donde no les permitían hacer teatro profesional para evitar la trampa de repetir lo que sabían que funcionaba antes de estar realmente formados. El oficio, insistía, se aprendía mirando. Cuando recibía un texto comenzaba preguntándose cómo hablaba el personaje, de qué trabajaba, si tenía familia. Sostenía que en el teatro el actor sabía en tiempo real qué pasaba con el público, y eso lo volvía el único espacio donde el silencio después de una palabra dicha que vale la pena haber escuchado pesaba más que cualquier aplauso. Debutó el 2 de mayo de 1962 y durante más de seis décadas no paró.

    Brandoni no solo se dedicó a la actuación, sino que también ocupó el cargo de secretario general de la Asociación Argentina de Actores entre 1972 y 1983, y ese fue el único gremio que la dictadura no llegó a intervenir. Él explicaba esta situación de manera pragmática y con cierta ironía. Señalaba que algunos regímenes autoritarios se mostraban tolerantes porque consideraban que el teatro era una actividad sin gran repercusión popular, algo que no representaba una amenaza masiva ni justificaba una intervención estatal. Esa lógica les otorgó una protección formal, aunque no absoluta. En 1974, la Triple A lo amenazó de muerte y le dio 48 horas para salir del país. Se fue a México con su esposa Marta Bianchi y sus dos hijas. “El exilio fue la etapa más desdichada de mi vida”, diría años después. Recordó también la tristeza de haber abandonado un departamento recién estrenado y el ingenio que desarrolló para enterarse de los resultados de River llamando a operadoras internacionales. Hasta en eso, la Argentina le faltaba.

    Regresó diez meses después y encontró las listas negras. El personaje que interpretaba en televisión “lo mandaron a Japón”. El cine y los teatros oficiales le estaban vedados. Pasarían ocho años antes de que volviera a filmar.

    Lo hizo en 1984 con Darse cuenta, de Doria. La película narraba la recuperación de un joven paralítico cuyo arco final Brandoni describió como uno de los momentos “más heroicos y épicos” del cine argentino. No era solo entusiasmo. La única música de la película era La maza, de Silvio Rodríguez, que se cortaba en la escena de la operación y reaparecía en ese final. El público la leyó como metáfora de la transición democrática. Brandoni también. Después de ocho años de ostracismo, la película era al mismo tiempo un regreso y una declaración.

    Al año siguiente llegó Esperando la carroza y con ella algo que nunca supo bien cómo explicar. La definió como “grotesco argentino puro” y solía trazar una analogía que condensa su peso cultural: lo que Cambalache es al tango, la película es al cine argentino. Su personaje, Antonio Musicardi, era un “canalla sobrenatural” en sus ojos, un “malo serio profesional de tiempo completo”. Y sin embargo, las frases que le puso en la boca se convirtieron en moneda corriente del habla argentina. El misterio del éxito, decía, es exactamente eso, un misterio.

    Las décadas siguientes consolidaron una filmografía que atravesó el ADN cultural argentino sin repetirse: Made in Lanús (1984), a la que calificó de “obra extraordinaria” de la dramaturgia nacional; Mi obra maestra (2018) junto a Guillermo Francella, sobre la microcorrupción cotidiana; La odisea de los giles (2019), que presentó en San Sebastián y Parque Lezama (2022), la obra teatral que más satisfacciones le dio según sus propias palabras, con más de 1.400 funciones entre Buenos Aires y Madrid. En marzo de 2026, pocas semanas antes de su caída, la versión cinematográfica dirigida por Juan José Campanella se estrenó en Netflix.

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    Imagen de Luis Brandoni con De Niro, gospel y música uruguaya.

    Imagen de Luis Brandoni con De Niro, gospel y música uruguaya.

    Entre 1997 y 2001, Brandoni fue diputado nacional por la Alianza. Al hacer balance de esa etapa, mostró una honestidad poco común en quienes dejan la política: reconoció que tuvo más fracasos que aciertos. Aprendió que en el Congreso nadie logra hacer exactamente lo que quiere y que gobernar exige un oficio que no era el suyo. Cuando Raúl Alfonsín le ofreció la candidatura, le advirtió con franqueza que no le agradeciera, porque sabía que le había arruinado la vida. A pesar de esa advertencia, Brandoni aceptó. Y al concluir su mandato, decidió no renovarlo.

    La política le cobró precios altos. En 1989, carteles en los teatros pedían no ir a verlo por ser radical. En 2001, lo escrachearon en Mar del Plata mientras era diputado. Años después, colegas lo llamaron ultramacrista. La política y el arte, comprobó, tenían audiencias que rara vez se solapaban. Pero había una diferencia que señaló en una entrevista con una precisión que duele: “Me pasó de enemistarme con amigos de muchos años porque pensábamos distinto. Esto no nos pasó con ningún gobierno de facto”, le dijo al periodista Luis Novaresio en un diálogo en 2025.

    En su faceta actoral, Brandoni continuó trabajando mientras su cuerpo se lo permitió. Acostumbraba llegar al Teatro Liceo una hora y media antes de cada función, charlaba con sus compañeros y se preparaba tranquilamente. A los 86 años, llenaba la sala de miércoles a domingo. Sobre el paso del tiempo, solía decir que nunca había peleado con el calendario porque consideraba que esa era una batalla perdida de antemano. Lejos de ser una actitud resignada, esa frase reflejaba la certeza de alguien que encontraba en su oficio algo que le resultaba curativo y terapéutico.

    Soledad Silveyra lo despidió en pocas palabras: “Sos el último de los grandes en irse”. Brandoni había elegido para describir su propia expectativa una frase del escritor Antonio Porchia: “Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”. Siguió trabajando igual. Como si el recuerdo no alcanzara. Como si lo único que importara fuera la función siguiente.