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    El mundo según Joaquín

    Quino, un genio

    Todo lo que puede caber dentro de un lápiz. Una niña que se pregunta por la sociedad y la cuestiona. Un niño dientudo que se deprime cada vez que debe ir a la escuela. Otro que es capaz de salir con las observaciones más agudas y surrealistas y tiene el pelo como hojas. Otro más que es un almacenero buenazo pero brutito. El lápiz no se detiene únicamente en personajes como Mafalda y sus amigos, una de las tiras más famosas que hayan existido, dibujada entre 1964 y 1973, con todo el viento de los 60, y eternizada desde allí en adelante. En su origen, los personajes fueron pensados para un comercial de electrodomésticos. Por suerte, los jerarcas de la empresa que estaban a cargo del asunto los rechazaron. Gracias a ellos, la tira cobró vida y tiene hoy la misma fuerza y tantos fanáticos —o más— que clásicos como Asterix y Tintín.

    Pueden salir muchas más cosas de un lápiz, como le enseñó a Quino un tío dibujante. Tenía tres o cuatro años cuando vio ese milagro y dijo: yo quiero hacer eso, que broten cosas del trazo, infinidad de cosas, todas las posibles. Esa es la razón por la que resultaba difícil extender la historieta: el cansancio a dibujar lo mismo y, peor aún, resultar previsible. Le pasó algo similar a Conan Doyle con Sherlock Holmes. Cuando no querés seguir por el mismo lado, tenés que parar. Y Quino tenía talento de sobra para avanzar con su lápiz oceánico.

    Porque el lápiz también da vida a casas, autos, oficinas, señoras y señores que viven dentro de esas casas donde ocurren cosas, que viajan en esos autos y trabajan en esas oficinas donde también ocurren cosas, que son parte de un barrio, de un país, de un planeta donde no impera precisamente la justicia. A Quino le dolía todo lo que ocurría a su alrededor. Más allá de partidos e ideologías, lo que le dolía, como a Mafalda, era la gran injusticia mundial, que no es necesario ser muy avispado para percibirla. Sus hombres eran hombrecitos ante poderes tremendos, superiores. Ese “a mí no me grite” que expone un funcionario pequeño ante la sombra muchísimo mayor de su jefe.

    Tenía la capacidad para sortear muchas veces las palabras y mostrar únicamente con el dibujo. Y sus dibujos perfectamente podrían integrar una larga galería en cualquier museo de los más prestigiosos del mundo. ¿Por qué un Mantegna o un Picasso y no un Quino en la misma pared? Pues un Mantegna, un Picasso y un Quino.

    Su genialidad residía en deslizar la mano y el ojo con fineza no solo para descubrir lo que pasa y todos podemos ver, sino lo que también ocurre en la mente de la gente. Por eso decidió emprender el camino de los “chistes poéticos”, como decía mi madre, trabajos en un solo cuadro que en su gran mayoría están reunidos en el lujoso tomo Esto no es todo(Ediciones de la Flor, 526 páginas), que distribuye Gussi. Y hablando de Gussi, cada vez que iba a tomar mate con Gustavo Fuentes, admiraba uno de sus Quinos originales que cuelgan en la oficina, una maravillosa creación seguramente concebida con una facilidad envidiable durante una cena de camaradería junto con el distribuidor. Lo describo: en una isla de un metro cuadrado, el único náufrago cortó la única palmera y con su follaje se hizo una visera. El hombre observa a lontananza bajo esa visera de palmera como lo haría un elegante capitán con su catalejo y todo el tiempo de la vida por delante.

    Cada vez que llegaba Augusto Torres a casa para hablar con mi madre de pintura, de constructivismo y del Taller Torres García, salía el tema de Quino y su enorme sapiencia para el trazo detallado, original, siempre misericordioso incluso con los detestables que ejercen el poder, que en manos de este artista no son otra cosa que payasos. Y Augusto no se cansaba de decir que el mendocino era un dibujante sublime, un artista de primera.

    Casi nadie elige cuando morir, salvo los suicidas. Quino, o Joaquín Salvador Lavado, dejó este mundo el miércoles 30 a los 88 años. Siempre le tuvo miedo a la vejez, como cualquiera. A convertirse en un anciano dependiente al que deben asistir para subir al colectivo. A vivir postrado en una silla de ruedas o en la cama. A no poder dibujar. “Es demasiado serio para hacer mucha broma”, dijo en una entrevista compendiada por Mario Delgado Aparaín para La Razón en 1987. Es que su humor no era voluntario, le costaba definirlo y teorizar sobre esas cuestiones. La genialidad brota a pesar de los pesares. El humor era una consecuencia de su brillante inteligencia para la observación y de la imaginación especulativa. Y a eso hay que sumarle un valor mucho más escaso que la inteligencia: una enorme, profunda sensibilidad. La sensibilidad es la inteligencia emocional, eso que no puede definirse ni medirse con un test pero se reconoce.

    Tuve la suerte de entrevistarlo y aporrearlo con las mismas preguntas que una y otra vez le hacían en las ferias del libro, donde era frecuente su presencia. Cómo encarar el humor y cuáles eran sus límites. ¿Escuchaba música mientras trabajaba? Sí, Bach. ¿Estaba mucho tiempo ante la hoja en blanco? Sí, gran parte del día. Y se frustraba cuando algo no salía. Por regla general, los entrevistados muestran lo mejor que tienen en su acervo mental en cuanto a información e ideas. Quino era totalmente auténtico: eso no lo sé, eso no lo había pensado, eso está fuera de mi control.

    “El humor se puede aplicar a todo”, me dijo, “pero yo no puedo hacerlo, realmente no me sale, con dos temas puntuales: las torturas y el canibalismo”. Acto seguido reconoció que había un humorista brasileño muy bueno que sí había tratado el tema de la tragedia de los Andes y me contó el chiste, riéndose. Lo reproduzco en mi torpe portuñol: “Los sobrevivientes se encuentran al lado del fuselaje del avión caído en la nieve. Más lejos, separado del grupo, hay otro sobreviviente. Uno del grupo dice al solitario: ‘Eh, vocé que e vegetariano, venha a comer la flor intestinal’”.

    No tenía ninguna maldad, que es un componente habitual del humor más festejado: el irónico. Fontanarrosa, digamos. Y era un ferviente lector de la Biblia, no por motivos religiosos sino más bien para sacar temas clásicos, de toda la vida. Allí tenemos guerras, pasión, pestes, sexo, culpa, crímenes y nos faltarían los sorteos, como decían sus compatriotas Les Luthiers. Pero bueno, todo no se puede. Además, la Biblia le servía para entender en gran parte las pinturas del Renacimiento.

    Entonces, sí, el odio a la sopa viene de su infancia. Pero la sopa es más que la sopa: es el tragate esto aunque no te guste. Y los dientes de Felipe son similares a los que tenía un amigo cubano. Y el pudor para encarar con humor ciertos temas como los desaparecidos y el canibalismo, vienen de la propia realidad, que siempre es amarga.

    Solo ante un genio podés apreciar la cantidad de detalles de su dibujo, la exactitud de la mueca, como ese ayudante que patea la puerta de la iglesia y hace caer todos los mosaicos, ante la cara de fastidio del artista que trabaja sobre un andamio. Una vez concebida la idea, a trabajar en los obsesivos detalles, en los trocitos desparramados. A dejar los ojos y la vida.

    Quino es tan amplio, tan abarcador, tan genial que podés agruparlo por temas. Sus chistes de sueños, de trabajadores, de matrimonios, de enfermedades, de vehículos, de animales, de lo que sea. Alguna vez fueron llevados al cine sin suerte. El movimiento de Quino hay que dejarlo vivir en la hoja, no es para la pantalla.

    Por su talento para el arte visual, su humor y su humanismo universal, obtuvo en 2014 el premio Príncipe de Asturias. Yo le hubiese dado además un Nobel en la categoría Mejor Conocedor del Alma Humana.

    Repaso sus maravillosos dibujos, que tienen la calidad de las mejores obras de arte, la sapiencia del tratado filosófico más docto, la pasión de un evangelio.

    Es el mundo según Joaquín.

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