Y mientras la IA va engordando de tanta información y contenido, van surgiendo paralelamente formas de resistencia. Hay una corriente que propone, sobre todo en la enseñanza, la vuelta al lápiz, al papel y a la escritura manuscrita. Pero también entre algunos jóvenes escribir cartas a mano está siendo una especie de “recreo” de las pantallas. Hay otra corriente de escritores de literatura que propone sembrar errores en los textos para demostrar que por allí no pasó la IA.
¿Sirve de algo esta resistencia? ¿Los asistentes de IA pueden por sí solos ser creativos? Novelistas, cuentistas, poetas, ¿están en riesgo de extinción?
Muchas preguntas y pocas respuestas en esta entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Mi nombre es Silvana Tanzi y te aseguro que no usé IA para escribir lo que estás leyendo. Bueno, confieso que le pedí a ChatGPT una sugerencia de título, y rápidamente elaboró varios. Además me dijo, con su amabilidad robótica, que le había gustado lo que escribí, pero se sabe que a todas les dice lo mismo. Entonces me quedé con el título que había pensado.
Si querés escribirme con algún comentario o sugerencia, podés hacerlo a [email protected].
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Acabo de leer un artículo titulado Escribir “mal” es la base de la nueva ola anti-IA en literatura, de la periodista Emma Madden, publicado en la revista estadounidense Wired. Trata sobre la “rebeldía” de algunos escritores como Laura Brooke Robson, quien en su novela Love is an Algorithm decidió evitar todo lo que se pudiera parecer a la escritura con IA. “Me doy cuenta de que escribo de forma menos mecánica. Siento la necesidad de cometer pequeños errores, como guiños al lector, para demostrar que hay un ser humano detrás de las palabras. Por ejemplo: ¿y si simplemente inventara una frase? ¿Y si hiciera algo inesperado con la puntuación?”, dice extrañamente Robinson, como si fuera original que una novelista inventara frases o alterara la puntuación (Saramago y Joyce se miran con sorna y están llamando a Proust). La verdad, no me dan ganas de leer la novela de Robson.
El artículo cuenta que la autora integra un grupo de escritores “anti-IA”: “En el periodismo, la crítica, la escritura creativa y, sobre todo, entre los usuarios compulsivos de LinkedIn, los escritores están convergiendo en una serie de elecciones que se resisten implícitamente a las trampas de la prosa generada por la IA”. Me entero, entonces, no solo de que existe esta corriente de escritores, sino de que hay usuarios compulsivos que escriben en LinkedIn. Curioso momento: cuando más están cuestionadas las formas de escribir, más se está escribiendo.
¿En qué consiste esta resistencia? Según el artículo, los escritores evitan “los rasgos que suelen asociarse con la escritura generada por IA, como las listas de tres elementos, la voz pasiva, expresiones del tipo ‘no x, sino y’ y los guiones largos”. Esto último me dio fastidio porque si algo me gustan son los guiones largos —rayas tipográficas— que son los que acabo de usar en lugar de comas, y que también se emplean en los diálogos. El artículo agrega que otra forma de diferenciarse de la IA es mediante “anécdotas específicas en primera persona y símiles excéntricos que ponen de manifiesto el trabajo arduo que conlleva la escritura”. No estarían siendo muy originales, ¿verdad?
La postura de los autores en rebeldía no me convence, sobre todo esa idea de sembrar errores en un texto, que no tiene nada novedoso. Ya sea porque se quería experimentar o porque de la equivocación surgió algo literariamente valioso, grandes escritores han trabajado con el error. “No te preocupes demasiado por las erratas. En el Ulises de Joyce hay cerca de trescientas y los profesores les siguen encontrando sentido”, escribió el escritor argentino Abelardo Castillo en su libro Ser escritor (1997), en el que da consejos a partir de su experiencia.
Pero lo que plantea la nueva corriente de "escribir mal" no es a favor de la literatura, sino contra la IA. Me da la impresión de que la creación queda en un segundo plano frente a la batalla por la autoría del texto. Por otro lado, las erratas son descuidos, distracciones, un teclazo mal dado. Provocarlas como un guiño significa una complicidad con lectores y correctores que, me parece, solo puede crear confusión. Al final, ¿no se arregló el error porque no hubo quien lo corrigiera?, ¿quien corrigió el texto no lo vio?, ¿se dejó para jorobar a la IA? Si leer una novela implica todas esas preguntas, ¿dónde queda la novela?
Sí estoy de acuerdo con que la IA se maneja con fórmulas que son correctas, pero que se vuelven reiteradas, se vuelven robóticas, por eso sus textos pierden identidad y se puede reconocer que hubo poca intervención humana. Creo que donde más se nota esa esencia robótica es en la falta de reflexión. A veces la IA tiene frases ingeniosas, incluso hasta algún giro poético, pero raramente avanza más allá de la ocurrencia.
Todo esto me recuerda una cita que surgió de una carta de Antón Chéjov a su hermano Aleksandr, quien quería consejos de escritura. La recomendación tal como la escribió Chéjov fue cambiando en su formulación, según las adaptaciones o traducciones, pero la esencia está en esta frase: “No me digas que la luna está brillando: muéstrame su reflejo en un vaso de cristal”. Es precioso el consejo y es justamente lo que la IA no hace: el robot dice que la luna brilla, pero no la muestra.
Regreso a Robson y su justificación para escribir “mal”: “Creo que la IA podría desencadenar una contracultura literaria. Me parece que la ficción literaria se desplazará aún más hacia lo extraño, lo esotérico, mientras que la personalización se impondrá en la ficción comercial”. Me parece que esta escritora no ha leído demasiada literatura.
El artículo en Wired plantea la paradoja de que la propia IA podría aprender a escribir como la escritura anti-IA. Entonces habría que inventar otras formas de escritura que la IA va a aprender, y así hasta que el mundo enloquezca más de lo que está. Por suerte una escritora entrevistada fue más sensata: “Cualquier contraestilo superficial que surja en respuesta a la IA podrá ser imitado. El único contraestilo verdadero es la buena escritura”.
Destrucción de libros
La quema o destrucción de libros considerados “peligrosos” por motivos políticos, religiosos o sexuales ha sido una práctica habitual de regímenes totalitarios o de instituciones de poder. En literatura es tema central de la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, en cuya trama los bomberos provocan incendios, en lugar de apagarlos, y el combustible son los libros. En el Quijote, el cura y el barbero queman libros de caballerías porque piensan que son los culpables de que al pobre hidalgo se le haya secado el cerebro. Es una quema “piadosa” en la que los astutos personajes salvan los volúmenes de los autores más conocidos.
Ahora está pasando algo diferente. Parece de ciencia ficción, pero no lo es. La IA se ha alimentado tanto de información que internet le queda chica, entonces salió de lo virtual para encontrar lo que solo permanece en los libros impresos que no se han digitalizado. Así lo hizo la empresa Anthropic, que compró millones de volúmenes para escanear y entrenar sus modelos de inteligencia artificial, y después los destruyó. No por peligrosos, sino por valiosos. Un grupo de escritores demandó a la empresa por usar libros pirateados para entrenar a Claude, uno de sus asistentes de IA. “No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto”, dice uno de los documentos de Anthropic que reveló y publicó The Washington Post y que fue prueba en el juicio. Podés leer en esta nota de la revista Rolling Stone todo lo sucedido.
De prosperar esta modalidad, la IA se convertirá en la memoria letrada que antes estaba en los volúmenes de las bibliotecas o en las librerías de viejo. Un conocimiento robado a los autores que se sumará a la escritura de los bots. El mayor peligro, además, es que la IA pueda alterar su contenido.
Una vez más, Bradbury fue un adelantado. En Fahrenheit 451, publicada en 1953, los personajes más lúcidos mantienen bibliotecas clandestinas como forma de resistencia. ¿Pasará lo mismo en breve? Yo me siento, desde ya, una gran subversiva.
¿Desaparecerá la creación literaria? Mi respuesta es que no porque como cualquier forma de arte la literatura surge de una necesidad de los creadores. Mientras exista esa necesidad, habrá poemas, novelas, cuentos, ensayos. Y si lo que surge de esa necesidad es auténtico, trascenderá las modas, las ventas, el tiempo.
¿Pueden ser creativos los bots? Por ahora no porque siguen dependiendo de personas que los entrenen, pero quién puede hoy hacer un pronóstico certero. Mejor dejo que Roger Chartier responda:
“El algoritmo es lo contrario al deseo y su sustitución por lo ya deseado; es lo contrario a la lectura —en los libros y también en los diarios— como viaje, como aventura, como descubrimiento que invita a detenerse en un momento determinado ante la sorpresa. Si nos queremos resistir a la lógica que convierte a los individuos en bancos de datos, es imprescindible evitar las prácticas y los lugares que permiten una alternativa a esta idea de sorpresa ante lo inesperado”.
Libros para no escribir libros
“¿Alguna vez ha deseado escribir un libro sin tener que pasar por el proceso de escribir y editar cada palabra? ¿Estás interesado en utilizar la inteligencia artificial para ayudarte a escribir tu libro? Si es así, entonces este libro es para ti”.
Esto dice la presentación del libro El arte de no escribir, que obviamente escribió un bot y no pasó por ninguna corrección porque se dirige al lector de usted y de tú en el mismo párrafo. “El arte de no escribir es la guía definitiva para poder comenzar a utilizar la inteligencia artificial para escribir tu próximo libro. Aprenderás una variedad de técnicas para mejorar tu trabajo. Este libro también te enseñará cómo integrar la inteligencia artificial en su proceso de escritura para producir contenido de alta calidad”. Bueno, mucha calidad de redacción no está aportando, por lo menos la presentación.
La oferta de libros y manuales que enseñan a escribir sin escribir está creciendo, lo que da la pauta de que hay muchas más publicaciones escritas con IA de lo que imaginamos. Otro libro que encontré parece tener mayor seriedad, aunque su título es muy desangelado: IA y generación de texto. En este caso, promete “una reflexión sobre los retos éticos y sociales asociados al uso de la IA generativa”, además de presentarse como una guía para dominar la tecnología, “que está redefiniendo nuestra relación con la escritura y la creación de contenidos”.
Supongo que estos manuales de cómo escribir sin escribir no apuntan a la creación literaria. Y si lo hacen, ¿cuál sería el problema? ¿Que el público sea engañado? ¿Que se lean libros vacíos de contenido? Bueno, las librerías han tenido desde siempre en sus anaqueles, mucho antes de que apareciera la IA generativa, libros que engañan a los lectores o que están vacíos de contenido. En todo caso, la solución nunca estará en "escribir mal".
¿Has tenido alguna experiencia con el uso de la IA? Mi relación ha sido escasa. Armé un mueble pequeño que tenía instrucciones en coreano y Copilot me ayudó a traducirlas (ojalá me hubiera ayudado a armarlo), le he preguntado por algún dato y el año pasado hice una newsletter sobre los derechos de autor en obras hechas por IA en la que usé imágenes creadas por un bot. Fue divertido.
Como te contaba al inicio, esta vez le pedí al ChatGPT que me sugiriera algún título para esta newsletter. Me largó unos cuantos. Algunos me hicieron gracia, pero lo que más me sorprendió fue la necesidad de justificarlos, a veces, de forma un tanto forzada y autocomplaciente. Lo cierto es que el ChatGPT me agarró la onda (o me quiso seducir con sus palabras).
Aquí la lista de títulos que me propuso:
- ¿Quién está escribiendo? — directo, inquietante y conecta muy bien con uno de los momentos centrales del texto.
- Cuando escribir ya no alcanza — más ensayístico, con cierta ambigüedad.
- La escritura después de la escritura — más conceptual, sobre la transformación del acto de escribir.
- ¿Quién escribe cuando escribimos? — más filosófico y acorde con el tono de Algo que quiero contarte.
- Escribir en tiempos de robots — más periodístico y accesible.
- La letra de los robots — breve, con un doble sentido interesante.
- Escribir, aunque escriban otros — tiene algo de paradoja y de provocación.
- El día en que dejamos de saber quién escribe — más dramático, pero atractivo.
- La escritura contra los robots — funciona si querés poner el foco en la resistencia que aparece en la segunda parte.
- No todo lo que escribe piensa — probablemente el más provocador; condensa muy bien tu crítica a la prosa de IA. Esta última opción me gusta especialmente para tu tono. Me parece más filosa y más tuya.
¿Estás de acuerdo con las propuestas de ChatGPT? Podría haberle hecho caso en alguna, pero quise elegir un título propio que pudiera ser una dedicatoria para Ana, Juan y Martín, los tres correctores que salvan a los periodistas de Búsqueda-Galería de las comillas que no cierran, de las incoherencias en las fechas, de los apellidos mal escritos, de la mayúscula que es minúscula, del punto que falta. Su trabajo —y ya que estamos, el de los periodistas— está amenazado por los simpáticos bots de IA. Por eso para Ana, Juan y Martín va dedicado este título: Que nunca falte la errata.
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Antes de despedirme te recomiendo esta nota de Sebastián Panzl sobre la reconstrucción de la Estancia El Cordobés de Aparicio Saravia, el museo más remoto de Uruguay.