Los estrenos recientes de las nuevas series uruguayas Adultos acabados y Las tías plantean, desde la ficción y el documental, una misma incomodidad: interrogar sobre las expectativas que la sociedad uruguaya impone a sus integrantes.
Con humor incómodo y ternura testimonial, la ficción Adultos acabados y el documental Las tías exploran la libertad de no cumplir con lo esperado
Los estrenos recientes de las nuevas series uruguayas Adultos acabados y Las tías plantean, desde la ficción y el documental, una misma incomodidad: interrogar sobre las expectativas que la sociedad uruguaya impone a sus integrantes.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNacidas de la necesidad de crear fuera de los circuitos tradicionales, estas producciones independientes coinciden en señalar los mandatos que pesan sobre ciertas edades y roles y que van desde el peso de los treinta hasta el imperativo de la maternidad. Confirman, también, que en el audiovisual uruguayo la escasez de recursos no es un freno, sino un disparador de ingenio.
Adultos acabados puede verse en línea sin costo y desde fines de enero a través de la plataforma Flixxo. Las tías se estrenó el 11 de marzo y se emite en TV Ciudad los miércoles a las 22.00, con repeticiones los domingos. Desde julio se verá también en Canal 5.
Una sobremesa en el bar Fénix, por 2019, dio origen a Adultos acabados. Su protagonista, guionista y director, Nacho Revello, convocó allí a Lucía Martínez y Maite Yerle para intentar resolver una inquietud: qué hacer cuando las convocatorias de la industria para la que se formaron no llegan. Cansados de no quedar seleccionados en los castings, el grupo decidió filmar algo por cuenta propia. La producción se extendió varios años, tiempo en el que Revello, egresado de la Escuela de Cine del Uruguay, trabajó en el área de casting de títulos como La sociedad de la nieve, Cromañón o Barrabrava, hasta que finalmente pudo terminar su primera serie.
Siete capítulos, de duración variable entre los 10 y los 15 minutos (a veces menos), componen Adultos acabados. El relato transcurre en siete días de la vida de Nacho y Maite (Revello y Yerle), dos treintañeros que comparten un apartamento en Montevideo. Él se gana la vida con videítos eróticos por encargo mientras espera un quiebre en su carrera actoral. Ella es maestra y lidia con un círculo íntimo que, uno a uno, va formando familia mientras ella sigue soltera. Todo explota cuando reciben una invitación a una orgía y lo que empieza como una anécdota absurda termina funcionando como espejo de todas las conversaciones postergadas sobre sexo, pareja y los planes que nunca se cumplen.
Graciosa, incómoda y excitante por igual, la serie esquiva desde el minuto uno cualquier molde de una comedia romántica tradicional y apuesta a explorar el costado más incómodo de la intimidad en una juventud que aún no se entregó al derrotismo. El correlato visual para acompañarlo es despampanante gracias a una paleta de colores encendidos y un trabajo de diseño de arte y fotografía que transforma a Montevideo en un escenario familiar pero distorsionado, como si la ciudad viviera con una resaca moderada y mucha brillantina.
Pero Adultos acabados tiene también otra capa, invisible para quien mira sin contexto. Su cocreadora y coprotagonista, Maite Yerle, murió poco después de terminar el rodaje, y lo que arrancó como una radiografía generacional se convirtió, sin proponérselo, en un testimonio de esos años. En cada escena disparatada y diálogo entre su personaje y el de Revello queda grabada la química de una amistad real entre personas que se juntaron a crear porque no tenían nada que perder. La serie es, también, el registro de lo que hicieron juntos. Y eso, más que volverla triste, la vuelve única.
Si Adultos acabados apuesta por el humor, Las tías elige la contemplación. Detrás de esta serie documental están Sol Infante, Rocío López (dirección) y Micaela Solé (producción), todas por Cordón Films. El proyecto arrancó con un dato cotidiano. Las directoras alquilaban una casa y descubrieron que la propietaria la había recibido como herencia de una tía. Esa figura, la de la mujer soltera, sin hijos, desplazada al margen del álbum familiar, les disparó una pregunta. ¿Cuántas historias como esa habría? Pusieron un aviso en Instagram y aparecieron más de cien respuestas. La inquietud era colectiva y tomó, ahora, la forma de ocho episodios de unos tres cuartos de hora cada uno.
Cada capítulo toma como eje la historia de una mujer distinta. La serie sigue a ocho protagonistas: cuatro están vivas, las otras cuatro murieron y sus relatos se arman con fotos familiares, objetos personales y la memoria de sus sobrinas. Esas sobrinas no solo brindan sus testimonios, también narran y acompañan la trama, incluso volviéndose protagonistas desde su lugar. En entrevistas, las realizadoras han definido el conjunto como un tejido de retazos donde cada historia vale por sí misma, pero al juntarse con las demás cuenta algo más grande.
En los dos primeros episodios de Las tías emitidos a la fecha, la cámara observa sin solemnidad. Las conversaciones entre sobrinas y tías tienen la calidez de las sobremesas largas. A ratos emocionan, a ratos hacen sonreír por puro reconocimiento. Quizás algunos de esos encuentros podrían beneficiarse de un mayor desapego de los testimonios, de una distancia que permita procesar más allá de la emoción inmediata. Pero la suavidad no esconde lo que hay debajo, una convicción que las realizadoras enuncian sin vueltas bajo la certeza de que filmar estas historias, tomar el relato en sus manos, es para ellas un gesto de reparación.
Una invitación a una orgía y un puñado de fotos viejas. En apariencia, nada que ver. Pero ambas series apuntan a los lugares donde la sociedad guarda a quienes no se casan a tiempo, no tienen hijos o no entran en el molde. Adultos acabados mira ese desajuste desde adentro, con el vértigo y humor de una generación que hace preguntas sin respuestas. Las tías rescata del silencio a mujeres que ya vivieron esa libertad antes de que existiera la palabra. Una responde con carcajada nerviosa; la otra, con caricia larga. Juntas, como una conversación involuntaria entre épocas, recuerdan que los mandatos se aflojan apenas alguien se anima a contarlos.