El movimiento, tan monumental, tan polémico, responde a la codiciosa necesidad de Netflix de traer a su imperio un catálogo histórico. No se trata solo de la señal HBO, el estándar de calidad narrativa televisiva que Netflix ayudó a enterrar, poco a poco, con su modelo de consumo maratónico de contenidos, ese término impersonal que la propia plataforma masificó para hablar de obras. Se trata de todo un estudio, de su vasta biblioteca de propiedades intelectuales, que van desde Harry Potter hasta Los Soprano, de su infraestructura de producción y de su talento creativo y ejecutivo.
Sin embargo, la oferta de Netflix deberá sortear algún que otro obstáculo antes de concretarse. Su principal rival, Paramount, el perdedor de la subasta inicial, no se da por vencido. Prometió a los accionistas de Warner Bros. un trato más lucrativo y prepara una oferta hostil: una maniobra para comprar la compañía directamente a los accionistas, saltándose, y desafiando, a su propia directiva. La propuesta valora a la empresa en más de US$ 108.000 millones, muy por encima de la de Netflix.
Esta puja corporativa, capaz de redefinir el futuro de la industria, ya tiene ramificaciones en la Casa Blanca. En Washington, el presidente Donald Trump advirtió que la operación con Netflix “podría ser un problema” por temas antimonopólicos y prometió involucrarse en la supervisión. Detrás de escena, su yerno y exasesor, Jared Kushner, emerge como uno de los respaldos financieros de la contraoferta de Paramount.
La desconfianza en Netflix, sin embargo, trasciende lo político. Para muchos, la plataforma que nunca mostró un interés genuino en la exhibición en salas y que desdibujó las ventanas tradicionales para estrenar obras es una amenaza. El escenario, que ya encendió alarmas en Hollywood, se vive con una mezcla de resignación y miedo. Sería la consolidación máxima del sueño del monopolio con un revés clarísimo: tener menos estudios compitiendo significa, en la práctica, menos compradores para nuevas ideas y proyectos independientes. Eso, para empezar.
El catálogo como manifiesto
Embed - MUSSOLINI: HIJO DEL SIGLO | Tráiler Oficial | Septiembre 10 en MUBI
La competencia por las pantallas, la del living, el dormitorio y, siendo honestos, la del teléfono, está en marcha. Con ella surge la pregunta de siempre: ¿qué elegir ver? ¿El universo homogéneo de un catálogo infinito o la propuesta singular de una curaduría con nombre propio? En ese panorama, la estrategia de Mubi, que este año inició decididamente su apuesta por las series, parece un intento de responder a esa segunda opción.
Así es. La plataforma que durante años se especializó en cine de autor también quiere producciones serializadas. Y las quiere en un año que puso a prueba su identidad como compañía adorada por la cinefilia cool.
Una inversión millonaria del fondo Sequoia Capital, acusado de tener vínculos con el conflicto en Gaza, produjo un rechazo de parte de la comunidad cinematográfica hacia Mubi. Para desligarse de esa controversia y reafirmar su relato, la plataforma negó cualquier vínculo operativo del que se lo acusaba y su fundador, Efe Cakarel, declaró a Variety: “Cualquier sugerencia de que nuestro trabajo está conectado con financiar la guerra es simplemente falsa”.
Frente a esta tensión, la expansión de Mubi hacia las series avanzó con un sello inconfundible. Su apertura no fue súbita, pero sí simbólica. Para muchos suscriptores latinoamericanos, el primer gran aviso llegó con el estreno en junio, completo y remasterizado, de Twin Peaks. La obra maestra de David Lynch llegó al catálogo no como una adquisición casual, sino como una declaración de principios. Mubi, en esencia, comunicó que su apuesta por las series sería guiada por la figura del autor.
Este año, ese principio se tradujo en un catálogo con un patrón definido con producciones de ambición cinematográfica, estrenadas en festivales de prestigio y firmadas por directores con trayectoria consolidada.
En setiembre estrenó Mussolini: hijo del siglo, la miniserie histórica de ocho episodios del británico Joe Wright presentada en Venecia como una advertencia por el resurgimiento de la extrema derecha. Allí, el actor italiano Luca Marinelli convierte al Duce en una suerte de Frank Underwood florentino.
En octubre llegó Hal & Harper, un drama familiar independiente de Cooper Raiff premiado en Sundance. Es una serie indecisa en su manejo del dolor que parece hundirse en un letargo emocional del que nunca termina de emerger.
Y en el horizonte, aún sin fecha confirmada, está anunciada Shanghai Blossoms, la serie del director hongkonés Wong Kar-wai. Otro movimiento que subraya, una vez más, la búsqueda de autores de talla internacional como pilar del catálogo.
En medio de este mapa de apuestas curadas, llegó una nueva serie española llamada Los años nuevos, disponible con episodios semanales en la plataforma desde el 3 de diciembre. Se trata de la obra que condensa todas las ambiciones de Mubi, y también es una de las mejores series del año.
¿Qué es de tu vida?
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Debo confesar, en primera persona, que conocí la serie antes de tiempo y por vías extraoficiales. Un enlace aquí, una descarga allá y el entusiasmo por el trabajo de Rodrigo Sorogoyen, el director de Las bestias, pudo más que la paciencia. Aquel visionado clandestino tuvo un efecto persistente. No pude olvidarme de Ana y Óscar, sus protagonistas, durante un largo tiempo. Ahora, con su estreno oficial en Mubi, el público podrá conocerlos capítulo a capítulo, o más bien año a año, en el extraordinario viaje concebido por sus creadores, que en el equipo también incluyen a las guionistas Sara Cano y Paula Fabra.
La premisa es un ejercicio de narrativa pura y algo radical: seguir a una pareja a lo largo de una década, visitándolos solo el 31 de diciembre de 10 años consecutivos. 10 capítulos, 10 años. Un canto a la elipsis en el que el verdadero protagonista es el tiempo que no se ve. Lo que ocurre entre un Año Nuevo y otro no se narra; se intuye, se filtra en las grietas de lo cotidiano. La serie no avanza, salta. Y en cada salto obliga al espectador a convertirse en detective de una vida privada, a completar los vacíos con la propia experiencia. Es una apuesta formal de una confianza deslumbrante en el poder de lo omitido.
¿Y quiénes son los sujetos de este experimento? En el primer episodio, la noche en que ambos cumplen 30 años, los conocemos. Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril) encarnan una paradoja clásica. Ella, carismática, espontánea, vive una juventud desorientada. Comparte piso con otros, tiene un trabajo que detesta y amigos intercambiables. Él es médico residente, con una carrera estable y un círculo de amigos leales. Un tipo tranquilo, quizás demasiado.
La serie se construye sobre el hecho de que las mismas cualidades que los atraen son las que pondrán en peligro la relación. La espontaneidad de Ana choca con el orden de Óscar. La estabilidad laboral de él se resquebraja bajo el estrés de las guardias, mientras la inestabilidad de ella provoca fricción constante. Los años nuevos no es una historia de almas gemelas, sino la crónica de una década sobre si dos mundos opuestos pueden crear un espacio común llamado “nosotros”.
Esta ambición narrativa encuentra su contraparte en una ejecución meticulosa y que nunca se repite entre un capítulo y otro. Los creadores asumieron un riesgo logístico fundamental y el rodaje se realizó de forma estrictamente cronológica a lo largo de cinco meses y medio, una decisión innegociable para Sorogoyen. El resultado, sin embargo, es palpable en la pantalla. Del Río y Carril no actúan el paso del tiempo, lo acumulan en los gestos, en la mirada, en una carga de madurez que se siente orgánica capítulo a capítulo.
En la primera mitad de la serie, dedicada al enamoramiento, el lenguaje visual es de ensimismamiento, con lentes anamórficas que desdibujan el mundo, y una profundidad de campo mínima que aísla a la pareja en su burbuja. En la segunda mitad, cuando la vida cotidiana empieza a pesar, la imagen se vuelve áspera y claustrofóbica: lentes esféricas, todo en foco, un encuadre que se estrecha. La decisión más radical de este bloque es el capítulo del estancamiento romántico durante un viaje a Berlín, rodado íntegramente con óptica fija con la cámara sujeta a un trípode. La culminación de este viaje visual es el último episodio, que presenta un plano secuencia de 45 minutos de coreografía milimétrica en una habitación de hotel.
Referencias como la trilogía Antes de… de Richard Linklater o la intimidad cruda de Normal People flotan alrededor de la serie de Sorogoyen, pero Los años nuevos tiene una textura áspera y muy conmovedora que le es propia. Es el tipo de ficción que justifica la apuesta de una plataforma como Mubi. No busca capturar la atención dispersa con recursos narrativos baratos, sino retenerla con la profundidad de una mirada y la autenticidad de un drama que, en última instancia, es una pregunta sobre el compromiso. En la era de la consolidación salvaje, puede ser vista como un pequeño acto de resistencia.