Leonardo Padura (1955), un escritor cubano con más lectores en el exterior que en su país, ha optado por permanecer en la isla. Al menos hasta ahora, el narrador, que en 2015 recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras y muchos otros, termina sus libros con la ya clásica “En Mantilla, La Habana, Cuba”.
Padura ganó enorme prestigio gracias a El hombre que amaba a los perros, la novela publicada en 2009, que cuenta la historia de León Trotsky y su asesino, Ramón Mercader, un español al servicio de Stalin que residió varios años en Cuba luego de ser liberado en México.
Pero las más ácidas críticas a la sociedad cubana llegaron por medio del personaje Mario Conde, el policía devenido en vendedor de libros que de a ratos es detective y siempre un amante de juntarse a comer y beber con sus amigos. Esta vez Conde es apenas un guiño al lector, uno de los asistentes a una fiesta de cumpleaños con abundante bebida y comida; un viejo amigo de Rodolfo y de Nora, a quienes conocía desde el preuniversitario en La Víbora.
En Morir en la arena, la más reciente novela de Padura, el lugar central lo ocupan dos hermanos, Rodolfo y Eugenio, este último apodado Geni y también el Caballo Loco. Luego están Nora Lara, dueña de una gata negra, el escritor de novelas policiales Raymundo Fumero, que ha sido asesorado por Conde, y otros personajes que integran la familia y el entorno.
Es a través de ellos que el lector accede al drama de Cuba, o al menos a como lo percibe el autor, que esta vez se lanza con todo, más que en otras novelas como Regreso a Ítaca.
Rodolfo Bermúdez ha combatido como voluntario y décadas después aún sufre las consecuencias de la guerra de Angola. Nada se dice del régimen sudafricano ni del papel de los chinos, pero sabemos que el cubano tuvo que pasar mucho tiempo, en una casamata, oliendo a orina, sudor y a sardinas portuguesas en aceite; también ha tenido que disparar su fusil AKM y matar.
Su hermano Geni pasó algunos años trabajando en la antigua República Democrática Alemana, de donde regresó con recuerdos de mujeres, cerveza y salchichas de Dresde, junto con algunos trozos del Muro de Berlín y una moto MZ 250. Carga además con una decisión asaz pesada: un parricidio. Mientras su hermano servía en una oficina, a él la vida (o más bien la muerte) lo llevó al famoso penal Combinado del Este.
El libro, basado en hechos reales, transcurre en los días previos a la salida de Geni de la cárcel. La noticia de la inminente liberación provoca una lógica movilización en la familia y también en su mejor amigo, un escritor de mediano éxito que ha resistido la tentación de convertirse en el Truman Capote cubano.
En la novela, que Padura escribe jugueteando con ese personaje que habla en primera persona y ha ganado cierta fama con sus novelas policiales sin mucha mella, además de los numerosísimos problemas materiales, ocupan un lugar central varias historias de amor en las que el escritor se luce con descripciones eróticas, algo que, junto con el café, el ron y el tabaco, forma parte del paisaje. También está presente, aunque de manera marginal, la religión de origen africano que ayuda a muchos tipos discretos y poderosos y deja importantes dividendos a uno de los protagonistas. Gracias a sus capacidades espirituales y también empresariales, Humbertico, hijo del escritor, se da una vida de rico: bebe alegremente vinos italianos de 70 dólares la botella y se pasea por las calles oscuras y llenas de baches de La Habana en un siempre fresco Audi que huele todavía a cuero.
Miami, nombrado como el más allá, no existe nominalmente, pero no falta una hija exiliada que ha rehecho su vida en Barcelona y que regresa después de 10 años por unos pocos días buscando ajustar cuentas con su pasado y trayendo viandas para su padre, convertido en un jubilado con bajos ingresos.
Quimbombó con plátano maduro y singar
La novela comienza el día de la jubilación. Al llegar a su casa después de la última jornada de trabajo de su vida, Rodolfo se bebe un buen lingotazo de ron. El narrador advierte entonces que el flamante retirado vive en un país donde los apagones son un asunto cotidiano y en el cual “las cosas están tan jodidas (…) que hasta las escobas viejas y las bayetas deshilachadas podrían ser robadas”, así que conviene tenerlas bajo llave.
Con el pelo aún mojado por un baño reciente, algo que en el Caribe se agradece mucho más debido al calor, su vecina Nora le ofrece un regalo inesperado: el plato preferido de él, quimbombó con plátano maduro, un gesto que sin duda pondrá en alerta al lector.
Allí recomienza una historia de amor en la que, a los 67 años, Rodolfo debe dar explicaciones a su vecina, que no es una simple vecina, acerca de las ninfas “cuarentonas y cincuentonas casi todas alcohólicas y enfermas de soledad” con las que se encierra en su casa para singar.
Es que, junto con la repetida y cruda crónica de una decepción, Padura, fiel a su estilo, presenta algunas descripciones agudas y cargadas de humor negro. Por ejemplo, se cuenta que el ahora jubilado Rodolfo, ayudado por un eficiente despertador soviético que suena cada día a las cinco, había sido electo “vanguardia del centro” de trabajo “hasta que a alguien se le olvidó que había que escoger vanguardias. Total, para lo que servía.”
Aun así era de los pocos que no recibía su parte de la rapiña que se realizaba a los suministros de alimentos. Eso se debe a que al haber ido a la guerra, por no ir contra “una sociedad que no admitía disidencias”, había agotado sus dosis de temor y entonces “prefería tener carencias a vivir con más miedo del necesario”.
Nadie se salva. Del escritor Fumero dice Padura que “había adoptado lo que él consideraba eran las señas características del oficio: barba mal cuidada, camisolas anchas, jeans gastados pero de marca, chanclas (primero unas toscas huaraches cubanas, luego unas auténticas mexicanas de las que tenía una colección), sombrero panamá en verano y boina vasca en invierno (bufanda si era posible) y una pipa estilo Holmes con la que había fumado por casi treinta años, pero que no desecharía cuando decidió dejar el hábito”.
Un mal ron
Hablar de toda la gente que se había ido del país o de las cosas que no se conseguían en los comercios había pasado a ser algo aburrido por repetido. Sin embargo, en una charla en confianza era normal que alguien largara cosas como que “había que ver los barrigones que tienen todos esos dirigentes que inventan lo que sea para no bajarse del caballo” y “tratar de convencer de que al final, final, final, venceremos”.
El narrador se detiene en contar acerca del mal ron que bebieron Geni y su padre Fermín el día del crimen. Aunque naturalmente no sirva para explicar todo, sabemos que al llegar a su casa el hijo encontró a su padre ya medio borracho, como era habitual, pero en este caso debido al consumo de “un brebaje infame, de esos que hasta a un bebedor como él podía quemarle las entrañas en el proceso de buscar alivio físico y mental”.
Más de 30 años después, a la hora en que un derrotado Gini traspasa los muros de la cárcel, las interrogantes por las motivaciones del parricidio siguen planteadas para los más cercanos, pero ahora el país está peor, no hay esperanza y el optimismo hay que salir a buscarlo con una enorme lupa. Incluso no faltan quienes insisten en comparar a Cuba con su vecina Haití.