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    jueves 11 de julio de 2024

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    Noelia Campo se transforma en Mary Shelley y Mary Wollstonecraft con una sorprendente actuación

    Las madres del monstruo: una reflexión sobre el derecho a la vida, el feminismo y el poder de la creación

    Tuvieron mucho en común. Fueron mujeres inteligentes, liberales, creativas, adelantadas a su tiempo. Las dos se llamaban Mary y tuvieron vidas marcadas por la pérdida y también por la fortaleza con la que salieron adelante. Fueron madre e hija, pero lo único que no pudieron compartir fue la vida en común. La madre se llamaba Mary Wollstonecraft (Londres, 1759-1797), fue impulsora de ideas feministas en sus escritos y en su vida, en una época en la que el feminismo no existía. Murió cuando Mary Shelley (Londres, 1797-1851) tenía 10días de nacida. Shelley es la autora de Frankenstein, la novela que la hizo famosa, pero también de Mathilda o de El último hombre, entre otras obras. Ahora en el Teatro Alianza, las dos mujeres cobran vida en un solo cuerpo y en la sorprendente actuación de Noelia Campo en Las madres del monstruo, unipersonal escrito y dirigido por Sandra Massera.

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    Noelia Campo en una de sus transformaciones

    Noelia Campo en una de sus transformaciones

    Con sus rulos sueltos es la hija, con el pelo envuelto en un rosquete es la madre. A veces se viste de blanco y otras lo hace con colores más fuertes. En algunos momentos se cubre con un tul como si fuera una cuna o balancea suavemente ese tul convertido en bebé. La transformación de Campo se hace en vivo y en directo con breves desapariciones tras el telón. El atractivo vestuario de Cecilia Parra ayuda a esa mutación, pero es en la expresividad de su voz, en la mirada y en los movimientos que la actriz logra la magia. En el escenario realmente hay dos mujeres en un solo cuerpo.

    Wollstonecraft fue una topadora de ideas contra los prejuicios, una mujer llena de energía que tuvo varios amantes y estuvo dispuesta a compartir alguno en un trío. En 1792 escribió el ensayo Vindicación de los derechos de la mujer, que dice, por ejemplo: “Espero que mi propio sexo me disculpe si trato a las mujeres como criaturas racionales en vez de halagar sus encantos fascinantes y considerarlas como si estuvieran en un estado de eterna infancia, incapaces de valerse por sí mismas”. Atención a la nueva ola del feminismo: esta mujer vivió en el siglo XVIII. Ese “valerse por sí mismas” se reitera en su libro. Otra frase memorable: “No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas”.

    Obviamente que cuando salió el libro hubo críticas, insultos y rechazos. Los más conservadores la llamaron “la hiena con faldas”, pero eso no la frenó. Había creado un engendro con sus ideas que, la historia lo confirmó, seguiría creciendo. Wollstonecraft tuvo una hija (Fanny) sin haberse casado con un comerciante estadounidense que la abandonó. Pasó etapas de depresión e intentó suicidarse dos veces. Finalmente, se casó con el filósofo William Godwin, un hombre de ideas avanzadas. De esa unión nació Mary, quien heredó el talento intelectual y creativo de sus padres.

    Mary fue una niña solitaria que siempre sintió la ausencia materna. Cuando su madre murió, el padre se casó nuevamente y Mary tuvo una hermanastra un año menor, Claire, con quien mantuvo una muy buena relación. A los 16 años conoció a Percey Shelley, cinco años mayor, que estaba casado. De él tomaría el apellido que la hizo famosa. Ambos se enamoraron y mantuvieron relaciones furtivas hasta que Mary quedó embarazada. Para evitar el escándalo, la pareja huyó hacia Lucerna en Suiza y se llevaron a Claire. Cerca de un año los tres vivieron en un amor libre, pero Mary perdió su embarazo de forma prematura. Fue una tragedia que viviría varias veces en su vida con hijos de diferentes edades.

    En el escenario prima el rojo, no solo en el gran telón de terciopelo, sino también sobre una tela blanca chorreada de pintura color sangre. Es el símbolo de las sábanas donde las mujeres morían desangradas en los partos o sufrían terribles tratos de los médicos sin ningún cuidado en la higiene. Por una septicemia en el parto murió Mary Wollstonecraft. Así esta obra recuerda que el monstruo creado por el doctor Frankenstein no es el único que pesa en la historia de estas mujeres. La pérdida de los hijos está tratada en la obra con gran sensibilidad por Campo, sin estridencias, sin golpes bajos.

    En esa sobria escenografía, a cargo de Eduardo Delgado y Carlos Rehermann, aparece por primera vez Mary Shelley leyendo en voz alta lo que había escrito, mientras lo corrige y busca la palabra exacta en pleno proceso creativo. Fragmentos de su novela más famosa, así como de las cartas que le enviaba a su hermana Claire, se escuchan en vivo y en directo mientras el personaje las elabora. Ella tenía 18 años cuando creó Frankenstein o el moderno Prometeo, y allí volcó sus angustias sobre la vida y la muerte.

    El origen de la novela se cuenta en la obra: fue en Suiza en el verano de 1816, cuando Mary con Percey fueron los invitados de lord Byron a su casa en el lago Leman. El anfitrión propuso a su grupo de invitados que, para aprovechar el mal clima de ese momento, cada uno escribiera una historia de terror. Mary estaba sin ideas, pero fue de una conversación sobre la posibilidad de generar vida artificialmente que surgió en ella “un siniestro terror” con forma de pesadilla: “Vi, con mis ojos cerrados, pero en una precisa imagen mental, al pálido estudiante de artes impías arrodillado junto al objeto que acababa de armar. Vi, tumbado, al repugnante fantasma de un hombre y, luego, al funcionar cierta máquina poderosa, lo vi mostrar signos de vida y moverse con un dificultoso movimiento casi vital. Debía ser horroroso, dado que inmensamente horroroso sería el efecto de cualquier intento humano por imitar el extraordinario mecanismo del Creador del mundo”. Había nacido el monstruo de la mano macabra de su creador, Víctor Frankenstein. Así lo explicó la propia autora en el prefacio que escribió para su novela en 1831. “¡La he encontrado!”, pensó cuando por fin se le ocurrió la historia. “Lo que me ha aterrorizado a mí aterrorizará a todos”. Y tuvo razón.

    A pesar del éxito de la novela, el monstruo persiguió como una sombría culpa a Mary Shelley. La obra de Massera aborda muy bien este tema y reflexiona sobre el derecho a crear una criatura deforme y horrorosa, destinada a la soledad y el rechazo. El monstruo habla en la obra y también su creador, el doctor Frankenstein, la única voz masculina que se escucha a través de una grabación. Es la voz de Fabricio Galbarini que suena grave, como si viniera desde el más allá. Y un poco sobresalta.

    Con su dosis de reflexión, literatura y humanidad, Las madres del monstruo se mira con el estremecimiento que provoca la admiración. Porque son admirables las dos Mary representadas en escena, porque es admirable la actuación de Campo y el texto de Massera. Porque dan ganas de buscar en el fondo de la biblioteca el Frankenstein de hojas amarillas y también la edición de bolsillo del ensayo de Wollstonecraft reeditado hace pocos años (Penguin Clásicos, 2020). Hay que leer a las dos Mary, pero antes hay que ir al Teatro Alianza, disfrutar, aplaudir, pensar.