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    Nuevos poemas de Ana Lissardy: 'Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada'

    La definición más precisa podría se la de “poema-libro”, porque se trata de un tejido híbrido donde el poema y el ensayo, el fragmento de guion y el boceto teatral conviven y se tensan entre citas, canciones, noticias policiales, avisos clasificados, notas fúnebres y hasta anotaciones en la boleta de un supermercado

    Colaborador en la sección de Cultura

    La imagen del título es incómoda. Y también exacta. Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada pasa, página a página, ensayando un gesto, intentando una acción que parece imposible. Porque, en definitiva, de eso se trata: de sobrevivir a una herida y de encontrar una forma de nombrarla sin destruir a quien la padeció.

    Licenciada en Letras por la Università degli Studi di Udine, Italia, y máster en Escritura y Producción para Ficción y Cine por la Università Cattolica di Milano, Lissardy es también editora y periodista, ha escrito para medios como El Observador, El País de Madrid, The Guardian, la Repubblica, Gatopardo y Etiqueta Negra, entre otros. Fue editora del sello Santillana y autora de los libros Vamos que vamos. Un equipo, un país, Contra viento & marea. Historias de conquistas imposibles y Ser Luis, sobre Luis Suárez, además de la novela Amarillo, publicada en México en 2006. Cómo se quita el anzuelo del ojo de un pez sin romperle la mirada (editado por un sello chileno-español, RIL, en 2025, y solo disponible en la librería Escaramuza) es el segundo poemario de Ana Lissardy (Uruguay, 1975), después de Agua (2023).

    Aunque llamarlo poemario quizá no sea lo más acertado. Una definición más precisa podría ser “poema-libro”. Y es que se trata de una sola composición hecha de materiales dispares, un tejido híbrido donde el poema y el ensayo, el fragmento de guion y el boceto teatral conviven y se tensan entre citas, canciones, noticias policiales, avisos clasificados, notas fúnebres y hasta anotaciones en la boleta de un supermercado.

    Ana Lissardy.

    Ana Lissardy.

    Cómo se quita el anzuelo... alterna entre estos distintos registros y, aunque el montaje puede desconcertar al principio e incluso puede interpretarse como un despliegue arbitrario de recursos, esta alternancia responde a una lógica bastante precisa: lo que parece caótico está, en realidad, rigurosamente organizado.

    Hay una niña, hay una chica, hay una mujer. Hay escenas dispersas, rotas, escenas que se replican, se reflejan. Hay un automóvil. Un Fiat 600 que funciona como el núcleo gravitacional de todo. Alrededor de ese asiento trasero orbitan los fragmentos de fragmentos de recuerdos, y desde ahí se reorganiza todo. La identidad nunca es la misma dos veces, fluye, se transforma: la voz es la de la narradora, la de la niña, la de la chica, la de la mujer; los poemas, las narraciones se corrigen y se complementan. Hay una película, un poema que también tiene su versión documental. Hay poemas que se parecen entre sí, básicamente porque en realidad dialogan entre sí: cada aparición conserva astillas de la anterior y descubre o agrega una nueva capa, un nuevo intento de quitar el anzuelo.

    Hay algo muy cinematográfico en la arquitectura de este libro extraño y mutante, que además de poemas contiene elementos propios de los guiones de cine, como el encabezado de escenas, las indicaciones de voces en off, los valores de plano, las instrucciones de montaje y transición. Y hay algo lyncheano en ese montaje, en las atmósferas, en lo que late en esas páginas, escenas que resuenan con Inland Empire, Eraserhead y Rabbits, de David Lynch, que además es citado en la obra.

    Al principio, todo parece metáfora: la montaña, el bosque, las cascadas, los glaciares, el viento, los animales. Poco a poco se genera la sensación de que el propio libro desconfía de la misma poesía que necesita para existir. Por eso el documental, por eso la obra de teatro, por eso esas anotaciones. Luego llega la certeza de que esas imágenes, esa montaña, ese bosque son, más bien, extensiones de un cuerpo. Un cuerpo violentado, fragmentado, medicado, incapaz de reconocerse, convertido “en una cosa más entre las cosas”. Un cuerpo que escucha el dolor de ese paisaje y busca una voz para nombrar, sin apartar la mirada, lo que durante años permaneció sin ser nombrado.