Óscar arañó cierto reconocimiento en su juventud, cuando publicó dos libros y ganó un premio, y desde entonces no parece haber vuelto a escribir nada que valga la pena. Comparte la casa con su madre anciana, que lo mantiene; está separado, apenas ve a su hija adolescente, es alcohólico y suele embriagarse para despotricar contra los cánones de la poesía colombiana en monólogos fervientes que solo escuchan otros pobres diablos como él. Venera a José Asunción Silva, el poeta que se pegó un tiro en el corazón a los 30 años, y desprecia a García Márquez porque, dice, buscó siempre la fama.
Estamos ante un personaje bastante insoportable, un hombre aferrado a un ideal de artista maldito que ya no existe y que acaso nunca le correspondió del todo. Y sin embargo, a medida que se avanza en la película, el rechazo inicial —el desdén, la incomodidad, hasta cierto asco— va cediendo, y uno termina tolerándolo y hasta queriéndolo. Ese es uno de los primeros logros a revelar de la película.
Y es que por anacrónico y vano que sea, Óscar defiende un ideal de la poesía frente a un mundo que hace rato dejó de creer en eso. Su convicción es que la poesía importa por sí misma, no como moneda de cambio. Sus fracasos, vistos así, adquieren una dignidad que a los otros personajes que lo rodean intelectualmente, más funcionales y más cínicos, les falta. Ellos saben cómo moverse en el circuito literario, cómo hablar en los paneles y cómo llenar formularios, pero han perdido aquello que Óscar, con todas sus miserias, todavía conserva.
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Buena parte de que eso funcione es mérito de Ubeimar Ríos, un profesor de Filosofía sin experiencia previa en cine que Mesa Soto encontró casi por azar. El director había concebido a Óscar como un personaje más sobrio y más oscuro, pero fue Ríos quien le aportó la empatía y esa humanidad que hace que uno se ponga de su lado incluso cuando toma, una tras otra, todas las decisiones equivocadas que un hombre puede tomar.
El propulsor de esta odisea desafortunada aparece cuando la hermana de Óscar lo obliga a aceptar un puesto de profesor en un colegio de barrio popular. Allí conoce a Yurlady, una alumna joven y de origen humilde con un talento genuino para escribir. Decide guiarla, presentarla en el círculo literario de la ciudad, convertirla en la gran poeta que él no fue y con ese gesto encontrar, finalmente, su redención.
Afortunadamente, la película es más lúcida que su protagonista. De a poco deja ver que la verdadera poeta del título quizás sea ella, Yurlady. Interpretada por Rebeca Andrade, la joven estudiante no solo encuentra belleza en lo mundano, sino que tiene una entereza y una claridad sobre lo que quiere que Óscar, atrapado en su obsesión por el reconocimiento, perdió hace tiempo.
Un poeta sigue a Óscar de cerca. Mesa Soto filmó con películas de rollos de 16 milímetros, un formato antiguo, con una imagen granulada y tosca, de bordes visibles, que busca recordar más a los documentales de los setenta que a la nitidez del cine actual. Es una decisión que parece querer negarle al espectador cualquier belleza que lo distraiga. No hay tomas panorámicas de Medellín ni planos abiertos que ofrezcan respiro. La ciudad se ve de pasada, en lomas y escaleras empinadas y bajo una fealdad que descarta cualquier intención turística que se le pueda atribuir.
En ese paisaje, la cámara busca a Óscar con zooms bruscos y siempre un instante tarde, como si reaccionara a los hechos en vez de anticiparlos. El montaje, nervioso y fragmentado, sostiene ese mismo pulso de urgencia. Nos obliga a estar con él, dentro de su torpeza, que es precisamente la condición para que terminemos queriéndolo.
Ordenada en cuatro capítulos, esta comedia de infortunios recorre el mundillo cultural sin perdonar a nadie. Los gestores, los editores, la mecenas extranjera, los propios colegas docentes instalados en la tranquilidad monótona del sueldo, todos van construyendo una fauna que administra el capital cultural y que, bajo una retórica intelectual impecable, esconde una miseria moral bastante más fea que la de Óscar.
En algún momento intentarán moldear el talento de Yurlady para volverlo producto, pidiéndole que escriba sobre lo que el mercado de afuera espera de una joven pobre de Colombia. Ahí asoma una de las críticas más filosas de la película, una que a cualquiera que orbite el mundo del arte, en Uruguay incluso, le va a resultar reconocible. Lo que esos mediadores le piden a Yurlady no es su voz, sino su barrio, y la pobreza se vuelve un asunto comerciable, con la certeza de que afuera hay quien paga mejor por la miseria latinoamericana cuando viene bien empaquetada.
El cine que satiriza al artista fracasado suele hacerlo desde arriba, disparándole con una superioridad que se ríe de la caída. Mesa Soto propone lo contrario, mira a Óscar y a Yurlady desde adentro, con una piedad que nunca es condescendencia y que encuentra en su ridículo una nobleza algo terca, como su protagonista.
Contra lo que su premisa haría temer, la película no condena a Óscar al destino de su ídolo. Mesa Soto lo lleva hacia otro lugar, hacia la posibilidad de un poeta triste que, por una vez, logra escribir un poema feliz, libre de la obsesión que lo consumió siempre. El director ha dicho que buscaba “matar” la idea de que el arte requiere sufrimiento, y que la melancolía que Óscar cultiva al inicio es una pose que se vuelve insostenible ante las presiones reales de la vida adulta.
En una escena, Óscar se dibuja un corazón en el pecho con un marcador, imitando el suicidio de Silva, el poeta que venera. El gesto, inspirado en una anécdota real de la biografía de Silva, parece al principio una pose, una manera de hacerse el maldito. Pero la película lo va desmontando. El corazón, que empieza como una emulación de la muerte, termina siendo superado por la conexión con la vida que las mujeres que lo rodean le imponen a través de lo cotidiano.
Es una película profundamente humana, luminosa incluso en su fealdad buscada, y latina en un sentido que va más allá del acento. Pone en cuestión lo que damos por sentado sobre qué vale en la cultura y qué no, y termina preguntándose dónde ocurre de verdad el encuentro con el arte, si en un premio de Cannes o en unos pocos leyendo; si en una conferencia solemne o en el cuaderno de una chica de barrio que después, con toda la lucidez del mundo, elige otra vida.
Hay una ironía reciente que la película no podía prever. Un poeta, que se burla de la maquinaria que absorbe el talento del sur para el consumo del norte, triunfó en Cannes, existe como coproducción con Alemania y Suecia, y apenas un año después ya tiene en marcha un remake estadounidense ambientado en Nueva York, dirigido por Nathan Silver. El director explicó que quería trasladar la historia a un país que, dijo, valora todavía menos la poesía que Colombia. Algunos rumores y afiches realizados por fanáticos han puesto a Bill Murray como posible candidato para el protagónico.
La noticia generó cierta polémica en la cinefilia de América Latina, con acusaciones de falta de respeto y de que Hollywood solo consume lo que produce él mismo. Mesa Soto, lejos de la indignación, defendió la operación con el mismo argumento que late en su película: no ve nada malo en ganar dinero con su trabajo y le entristece tener que justificarse, como si intentar vivir del arte estuviera mal. El reconocimiento, aun cuando llega, no se traduce particularmente en paz. Se puede seguir cargando con los mismos fantasmas.