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    ‘Proyecto Fin del Mundo’: Ryan Gosling y su carisma, estropeado, en el espacio

    La nueva película del protagonista de Barbie y La La Land se siente como un pastiche de obras recientes de ciencia ficción

    Un profesor de ciencias despierta en una nave, a 11 años luz de distancia, sin recordar cómo y por qué llegó allí. El Sol se está apagando porque unos microorganismos se lo están devorando, y en la vastedad oscura del espacio puede que haya una respuesta, misión suicida mediante. Así comienza Proyecto Fin del Mundo, una ciencia ficción en clave de comedia de 156 minutos e insegura de casi todo lo que presenta.

    Sorprende viniendo de sus responsables. Los cineastas Phil Lord y Christopher Miller suelen tomar premisas que prometen poco y encontrarles un sentido del espectáculo y emoción que no abunda en las producciones de Hollywood. Sus dos Comando Especial (2012 y 2014), La gran aventura Lego (2014) y su trabajo como productores de la trilogía Spider-Man: un nuevo universo (2018 en adelante) demuestran que hasta un encargo corporativo puede derrochar creatividad. Por eso desconcierta que en su última película hagan el movimiento inverso.

    Proyecto Fin del Mundo navega por aguas conocidas y se siente como un pastiche de obras recientes de ciencia ficción, desde Misión rescate (2015) a Interestelar (2014). El humor, que en las historias de Lord y Miller funciona al servicio del relato, aquí se convierte en un parásito.

    Embed - Proyecto Fin Del Mundo | Tráiler Oficial

    Y para una apuesta apocalíptica pero descontracturada, nada mejor que Ryan Gosling. Con Barbie (2023) dejó claro que puede tomar personajes arquetípicos y filtrar emociones genuinas a través de ellos. Su carisma y dominio del humor son indiscutibles, pero también su creciente tendencia a depender casi exclusivamente de ellos. En el papel de Grace, un tipo común que despierta en medio de una crisis cósmica, hay una idea de fragilidad con la que la película no sabe qué hacer. Ante la duda, le pide que sea gracioso, se tropiece, que no deje nunca de hacer chistes mientras la trama avanza. Tampoco ayuda empezar a notar un rostro cuyos microgestos comienzan a despedirse a medida que la estética antienvejecimiento, como sucede con muchas estrellas estadounidenses, se va cobrando una nueva víctima.

    Y así, con un Gosling que no termina de desgarrarse, Lord y Miller proponen ir al terreno de la imaginación que el género exige, pero eluden los riesgos. Proyecto Fin del Mundo pone a su personaje frente a vida extraterrestre y esa vida resulta tan comprensible, tan simpática, tan inmediatamente nuestra que no hay allí nada por hacer. Sin fricción no hay asombro, y sin asombro esta ciencia ficción hace de su épica una aventura pasajera.

    El montaje termina de revelar lo que la película no se anima a ser. Un plano que dura más que una historia de Instagram implicaría sostener la mirada, correr el riesgo de que algo incomode. Es una película que hizo el esfuerzo cada vez más raro de construir efectos prácticos, de poner volumen real a las cosas, pero no confía en sus propias imágenes. Tenía todo para ser memorable y decidió, en cada encrucijada, tomar la salida más cómoda. Es esa familiaridad, justamente, lo que la condena.

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