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Se estrena ‘Fue solo un accidente’, la película clandestina que le dio a Jafar Panahi la Palma de Oro en Cannes y una nueva condena
Mientras el director es sentenciado a un año de prisión por propaganda contra el régimen iraní, su película, favorita para los Oscar, consagra su cine de denuncia
Mohammad Ali Elyasmehr, Majid Panahi y Hadis Pakbaten en Fue solo un accidente.
El lunes 1° de diciembre, mientras el cineasta iraní Jafar Panahi estaba en Nueva York para recibir tres nuevos reconocimientos en el inicio de la temporada de premios al cine, el Tribunal Revolucionario Islámico de Teherán lo sentenció, en ausencia, a un año de prisión y a una prohibición de viaje de dos años.
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El cargo fue el de “actividades de propaganda contra el Estado”, un clásico en el expediente del director. La condena, confirmada por su abogado Mustafa Nili, quien ya anunció una apelación, es el castigo resultante de la explosiva salida que la última película de Panahi, Fue solo un accidente, tuvo en el mundo.
Tras 15 años de prohibiciones, cárcel y cine filmado a escondidas, en mayo Panahi recibió en persona el máximo galardón del Festival de Cannes: la Palma de Oro. Pudo asistir porque las autoridades iraníes levantaron una prohibición de viaje que lo había mantenido alejado del festival. Conteniendo la emoción, agradeció a su familia por haber soportado las dificultades de su ausencia y a su equipo por acompañarlo en condiciones clandestinas del rodaje; además, llamó a la unidad de todos los iraníes para alcanzar una libertad donde nadie les diga “qué hacer ni qué filmar”.
Minutos antes, la actriz francesa Juliette Binoche, presidenta del jurado, fundamentó el premio a Fue solo un accidente como una elección hecha con “el corazón, la compasión y la ternura”, y subrayó cómo la película transforma “las tinieblas en perdón, esperanza y vida nueva” al narrar el encuentro entre víctimas y verdugos del régimen iraní.
Siete meses después, la nueva sentencia a Panahi lo encuentra en plena carrera, y campaña, hacia los Premios Oscar. La película es la candidata oficial de Francia a Mejor película internacional, un movimiento táctico posible gracias a que el país costeó parte de la financiación y permitió su posproducción ahí, ya que director no pudo completar esta etapa en Irán.
Con tres premios Gotham ya en su poder (Mejor director, guion y película internacional), la obra ya se posiciona como una contendiente difícil de vencer. Mientras Teherán sentencia a su director en ausencia, Hollywood podría coronar a Panahi el próximo marzo, ofreciéndole el escenario y la audiencia más grandes de su carrera para la amplificación definitiva de su arte de denuncia.
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El cineasta iraní Jafar Panahi ganó la Palma de Oro en el 78º Festival de Cannes.
AFP
Fue solo un accidente es un acto de resistencia en sí misma. Filmada en secreto en Irán después de que Panahi se negara a presentar el guion a los censores estatales, la película es un drama social vestido de suspenso y teñido con un humor negro corrosivo. Su protagonista inicial es Vahid (Vahid Mobasseri), un mecánico que cree reconocer a Eghbal (Ebrahim Azizi), un hombre que asiste a su taller junto a su esposa e hija en busca de auxilio, como el oficial de inteligencia que lo torturó años atrás en prisión.
Tras secuestrarlo, Vahid se topa con la duda que vertebra todo lo que sigue: ¿tiene, atado y vendado, al hombre correcto? Esa incertidumbre lo lleva a convocar, casi sin pretenderlo, a otros cuatro exreclusos, todos condenados por protestar contra el régimen, con quienes emprende un viaje dentro de una camioneta blanca por Teherán.
Sobre esa investigación colectiva y desesperada se construye el dilema moral de la película, que Panahi despliega como un debate a viva voz entre víctimas que buscan, ante todo, confirmar si pueden ponerle un rostro a su sufrimiento. Y si lo logran, deberán enfrentar una disyuntiva más brutal. Ejecutar al cautivo para saldar cuentas con el pasado o no rebajarse al nivel de su torturador.
Fue solo un accidente adelanta su irresistible claustrofobia desde la primera escena, que no es en la camioneta de los captores, sino en el auto familiar del capturado. Un hombre parco va manejando en la oscuridad plena de la noche con su esposa embarazada y su hija pequeña. Es allí, tras atropellar a un perro, donde la madre dice la frase que da título y tono a la película, tratando de calmar a la niña que llama asesino a su padre. Su silencio, en cambio, lo dice todo.
Panahi se adentra en el thriller a través de un sonido. Vahid escucha en su taller los pasos de una pierna artificial, mientras habla por teléfono. El mecánico, con la espalda literalmente quebrada por los tormentos, cree reconocer en ese ruido al “Cojo”, “El pata de palo”, el torturador cuya cara nunca vio. ¿O lo es realmente? Vahid, un perdedor autoproclamado, lo secuestra de todas formas y cava su tumba antes de confirmar su identidad. Los encuadres descubren la desolación del desierto, un paisaje que viste las imágenes promocionales de la película y que aquí se vuelve el escenario moral definitivo, el lugar donde toda línea puede finalmente cruzarse.
Filmando desde el riesgo y la urgencia, Panahi logra que la duda no sea un obstáculo, sino la sustancia misma de su película. Lo magistral es cómo construye el suspenso con los recursos de su cine encubierto, con la cámara siempre alerta, planos largos que le otorgan a su elenco una efervescencia más natural de sus emociones, y el vehículo que como locación rodante es una cárcel y una corte de justicia a la vez. Incluso hay lugar para que el humor se haga un lugarcito en el viaje, como con la presencia de una pareja de novios que una fotógrafa callejera intenta inmortalizar y que, sin quererlo, terminará también como raptora.
Embed - Fue solo un accidente - Trailer
El rodaje fue, como casi todo en la carrera reciente del iraní, una operación de guerrilla cinematográfica. Duró cuatro semanas, se movieron entre zonas desiertas y barrios tranquilos, con la camioneta de Vahid funcionando tanto como locación narrativa como escondite logístico. Dos días antes de finalizar, el set fue allanado por agentes. Según Panahi, en Irán la mitad de la creatividad de un director se agota en la batalla cotidiana por sortear la censura y hallar, contra todo, la forma de filmar.
Este método de trabajo no nació con Fue solo un accidente. Su película anterior, Los osos no existen (2022), también fue un dolor de cabeza. Estrenada en el Festival de Venecia mientras Panahi cumplía condena en la prisión por protestar por la detención de otros colegas, Los osos no existen era un ejercicio de metaficción desesperada. En ella, Panahi, interpretándose a sí mismo, intenta dirigir a distancia, desde un pueblo fronterizo iraní, una película que se filma en Turquía, mientras se ve enredado en un conflicto local algo absurdo pero también peligroso. La película tenía una doble declaración: era una fábula sobre las fronteras físicas y creativas que asfixian a los artistas en Irán y una prueba técnica de que, aún prohibido de viajar, Panahí podía “salir del país” para hacer cine.
Su perfil de “cineasta fantasma” se forjó, sin embargo, en los años posteriores a su condena inicial de 2010, cuando le dieron seis años de prisión y una prohibición de 20 años para filmar, escribir guiones o salir de Irán. Aquel veredicto no lo silenció, sino que lo forzó a reinventar el cine desde el encierro. Su respuesta inmediata fue Esto no es una película (2010), un documental grabado en su apartamento cuyo título desafiaba directamente la prohibición y que salió de Irán en un USB escondido dentro de una torta y llegó a Cannes. Más tarde estrenó Taxi Teherán (2015), rodada con una cámara dentro de un auto, que le valió el Oso de Oro en Berlín y consolidó su ojo como el testigo de una vida bajo el régimen. Su arresto en 2022 y su liberación en 2023 tras una huelga de hambre fueron otros episodios de una biografía que ha convertido la persecución en materia prima narrativa para su carrera.
Frente a la nueva sentencia y al hostigamiento constante, que incluyó citaciones a interrogatorio para varios miembros de su último reparto, la postura de Panahi es de un desafío existencial. “¿Qué van a hacer que no hayan hecho ya?”, se preguntó en noviembre durante una entrevista con el British Film Institute. “Si quieren volver a encarcelarme, saldré con otra película”.
Para el cineasta, culminar Fue solo un accidente y llegar a Cannes fue un acto de catarsis y desafío político. “Estoy vivo mientras haga películas”, dijo a AFP en mayo. Su triunfo, que lo ubica entre los pocos directores en ganar los máximos premios de Cannes, Venecia y Berlín, fue sentido como un deber moral con los compañeros que dejó en prisión, cuya esperanza lo llevó a exhalar un suspiro de alivio al recibir la Palma. Más que un reconocimiento, el premio consagra la resistencia como forma de cine. Por eso, al recibir el Premio Gotham al Mejor guion en Nueva York, dedicó el galardón a “los cineastas privados del derecho a ver y ser vistos”, a aquellos que “mantienen la cámara rodando en silencio (…) arriesgando todo lo que tienen, solo con su fe en la verdad y la humanidad”.
Esa fe es la que ahora el régimen vuelve a poner a prueba. La sentencia es un mensaje que evidencia que la visibilidad internacional tiene un costo. Un costo que Panahi, al insistir en que su batalla está en Irán, parece dispuesto a seguir pagando con más y cada vez mejores películas.