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Un vendaval de canciones: Rubén Blades y su orquesta de 20 músicos arrasaron el Sodre
A los 78 años, el trovador salsero panameño dio un notable concierto en el Auditorio Adela Reta; durante más de dos horas y media, recorrió su obra completa, y dedicó el concierto a Jaime Roos y Ruben Rada
Rubén Blades y su banda en el Auditorio Adela Reta.
Hay conciertos malos, mediocres, buenos y muy buenos. Con el paso de los años la enorme mayoría van quedando guardados en los casilleros de la memoria. Para rememorarlos y reconstruir sus detalles es preciso afinar la retrospectiva, hacer un esfuerzo, e incluso ir al archivo. Y hay conciertos extraordinarios, indelebles, definitivos, auténticamente memorables. Como el que dio Rubén Blades ayer martes 11 en el Auditorio Adela Reta.
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A los 78 años, y acompañado por una formidable orquesta salsera de 20 músicos, el panameño dio un soberbio recital de dos horas y 40 minutos que no decayó nunca. Exhibió una excepcional condición vocal y física: sigue siendo el estupendo frontman que siempre fue, y que Montevideo conoce hace más de 40 años.
Con la música de raíz caribeña marcando el pulso de la escena global en el siglo XXI, con la mezcla de reguetón, rap, trap, hip hop y ese cóctel de géneros que dio lugar a esa entidad llamada “música urbana”, este trovador se mantiene firme como uno de los máximos exponentes de la canción centroamericana. La plataforma musical de Blades, cimentada en la tradición salsera que acuñaron los latinos en Nueva York, es una fortaleza a prueba de modas.
A lo largo del concierto, Blades recordó a estrellas como Willie Colón (fallecido este año), Héctor Lavoe y otros de sus compadres, con quienes dio forma a ese cúmulo rítmico que conocemos como salsa, un universo musical en sí mismo, con sus astros, sus leyes y sus códigos propios.
La banda de Blades fue una aplanadora sónica que arrasó el Sodre. Una verdadera big band de 13 vientos, cuatro percusionistas, pianista, tecladista y un bajista monumental, Roberto Delgado, quien es además el director musical y principal arreglador de este combo. Cuando la sección de metales ataca a pleno se precipita sobre la platea un vendaval de música. La orquesta derrocha swing en cada tema, en el plano colectivo y también en el individual, porque casi todos los músicos tienen su solo y varios dúos, tríos y cuartetos, que generan un gran dinamismo en la orquestación.
Otro hecho saliente: todos cantan. El característico coro salsero subraya los leitmotivs vocales como el de Todos vuelven. Son líneas breves, que se cantan de un modo percutivo, seco y contundente, que causan un alto impacto expresivo, con todo el punch. Así se producen innumerables momentos donde todo el teatro corea con los cantantes. Incluso por momentos la cuerda se divide en dos: mientras la mitad sopla trompetas, trombones y saxofones, la otra mitad canta. Y todos disfrutan, arriba y abajo del escenario.
Rubén Blades.
Martín Guione
El repertorio abarcó una veintena de canciones de los casi 60 años de trayectoria del trovador salsero, con foco en obras maestras de su discografía como Siembra, Buscando América, Maestra vida y La tormenta, su disco a dúo con Colón.
Combinó clásicos fundamentales como Plástico, El padre Antonio y su monaguillo Andrés, Prohibido olvidar, Amor y control, Todos vuelven, Ligia Elena, El cantante y, por supuesto Pedro Navaja, que cerró la noche con la orquesta en su máxima expresión. Faltaron joyas como Decisiones, Desapariciones y Buscando Guayaba, pero después de 160 minutos de música superlativa nadie puede quejarse. Entre otros temazos, también sonaron Pablo pueblo, Emigrantes, Las calles, Cuentas del alma y la tremenda Ojos de perro azul, una canción que, sin necesidad de una guitarra eléctrica, destila rock en cada acorde.
Rubén Blades cantó con una orquesta salsera de 20 músicos.
Martín Guione
Con su gran carisma y su rica oratoria, Blades cautivó al público con un breve y elocuente relato previo a las canciones. Le dedicó el concierto, más de una vez, a Jaime Roos, presente en la sala, y a Rubén Rada, a quien le deseó pronta recuperación de su dolencia de salud. También adelantó la canción que da nombre a su próximo disco, País portátil, de tono eminentemente político. Blades sigue siendo un artista plenamente político y filosófico.
Casi todos sus mensajes son en tono existencial o en clave política, con el equilibrio justo de no entrar en partidarismos ni en panfletos ni bajar línea. Sus críticas a los imperialismos y a los totalitarismos también incluyeron a Venezuela, y en ese momento se produjo un breve pero significativo silencio en la platea. Rubén Blades sigue defendiendo la utopía de intentar mejorar el mundo con una canción. Así lo dijo.
“Vimos un show para la historia”, comentó Jaime Roos al terminar el concierto. Y lo cierto es que, al salir del Sodre, muchos tuvimos la sensación de que el mundo era un sitio un poquito menos feo.