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    El escritor Gustavo Alzugaray publicó ‘Frecuencias desiguales’, su primer libro de poesía

    “Para mí, escribir un poema es como si estuviera resolviendo una ecuación”, dice el escritor a propósito de este libro ilustrado por Fidel Sclavo y César Troncoso, que está atravesado por una concepción filosófica, y poética, de la ciencia

    De Treinta y Tres a Bruselas, pasando por Montevideo, y de regreso a Montevideo. Más o menos así se podría resumir en trazos gruesos la travesía de Gustavo Alzugaray (Treinta y Tres, 1961). En su itinerario fue estudiante fugaz de Administración de Empresas y después de Humanidades, trabajó en el Instituto del Tercer Mundo, colaboró con suplementos culturales, tuvo hijos, se divorció y emprendió un viaje a Bruselas con un nuevo amor en 2010. Allí trabajó como traductor, una profesión que aún mantiene. Además, escribió sus propias novelas: Cien agujeros de gusano (Fin de Siglo, 2019), en la que narró sobre la generación de fines de la dictadura y su deambular por Montevideo, y Después de todo (Ginkgo, 2024), una historia posapocalíptica con sabor uruguayo. En 2023 publicó en la revista Lento el primer capítulo de Oriental, una historieta que él ilustró y que Gustavo Espinosa escribió. Espinosa es el otro Gustavo olimareño y escritor que siempre anda por sus libros. Ahora Alzugaray dio otro salto literario y publicó un libro de poemas, ilustrado por Fidel Sclavo y César Troncoso, que está atravesado por una concepción filosófica y poética de la ciencia, por su admiración hacia Jorge Luis Borges y por algo tan alejado de la poesía como las funciones matemáticas. Publicado por Fin de Siglo, se llama Frecuencias desiguales.

    —¿Eras buen lector cuando joven?

    —Leía mucho porque en mi casa se leía mucho. Mi madre era profesora de francés y compraba clásicos de literatura. Mi padre había hecho el liceo y, si bien vivía parte de su semana en el campo, había leído mucho, incluso largas novelas rusas. Me recuerdo desde la primera adolescencia leyendo todas las noches porque no había televisión en casa. Pero no sé si tenía mucho discernimiento de qué era literatura y qué era lectura liviana.

    —Tu juventud montevideana la dejaste registrada en Cien agujeros de gusano, en la que retratás a esa generación bisagra entre la dictadura y el retorno a la democracia. Hay mucha música y cine en esa novela, ¿tu educación cultural empezó por ahí?

    —Entramos al liceo con el comienzo de la dictadura y salimos de la Universidad cuando terminó. Todo el período de nuestra educación formal fue en dictadura. Entramos en el 74 y salimos entre el 84 y el 86. A mí me pasó, tal vez por mi forma de ser, que no terminé Humanidades porque me resultaba más interesante lo que pasaba en la calle y en la noche que en la Facultad. Nunca milité de forma orgánica, pero estaba donde había que estar. En Treinta y Tres, a pesar de la dictadura, había dos disquerías y una era enorme, y allí encontrábamos todo el rock argentino, y comprábamos la revista Pelo. Cuando llegué a Montevideo lo que más me sorprendió fue Cinemateca, fue el gran cambio cultural después de leer a Borges. Teníamos una tarjeta de cien películas por mes y algunos meses teníamos marcadas 60 o 70 vistas. No sé cómo hacía para ir a Facultad, trabajar en Pando y consumir tanto cine.

    ¿Por qué te fuiste a Bruselas?

    —Trabajaba en el Instituto del Tercer Mundo con Amir Hamed, que dirigía la Guía del Mundo y después Social Watch. Yo estaba con él en el equipo de edición. En el instituto conocí a quien es hoy mi esposa. No hacía mucho que estábamos saliendo cuando le ofrecieron a ella un trabajo en el exterior. Yo tenía un contrato temporal, tenía hijos grandes y me había divorciado. Entonces, me planteó por qué no me iba con ella. Lo tomamos como un desafío que, por suerte, salió muy bien. Ahora tenemos un hijo que nació en Bruselas.

    —¿En Bruselas trabajaste como traductor?

    —Sí, y lo sigo haciendo. Estando en el Instituto del Tercer Mundo, se había formado un grupo de traductores que trabajaba para un cubano que vive en Estados Unidos. Él tenía un proyecto de traducción y adaptación de textos infantiles para los estados de Texas y California, que se mantiene hasta ahora. Me uní a ese proyecto que no es solo de traducción, a veces hay que adaptar ejercicios, escribir pequeños poemas para libros infantiles. Es un muy buen proyecto.

    —De la nostalgia de Cien agujeros de gusano pasaste a una distopía filosófica en Después de todo. ¿Sos lector de filosofía?

    —Leí lo que lee alguien a quien le interesan las letras en general, pero para esta novela, en la que hay un profesor de Filosofía que es importante para la historia, me puse a buscar y leer más. Quizás mi intención no era que ese personaje fuera tan importante. Lo que sucede es que, a mí, los personajes se me van de las manos. Mientras van creciendo yo los dejo y los sigo después como con una cámara. También se desarrolló la Tana, que fue inspirado por un contacto de Facebook a quien no conozco personalmente. Encontré unas publicaciones y reflexiones que había hecho y que me interesaron.

    Ahora diste un salto hacia la poesía con Frecuencias desiguales, quién iba a decir que Zitarrosa compartiría página con Charles Bukowski en las citas del inicio. ¿Por qué las elegiste?

    —La cita de Bukowski (de Bluebird) transmite un poco mi forma de escribir de noche mientras todos dormían. Los versos de Zitarrosa pertenecen a un disco que no terminó de grabar con Numa Moraes. Se iba a llamar Almas y pájaros, y es un poco una declaración materialista. En una parte dice eso: Si el alma duele / el alma es la materia. En muchos casos, es lo que intenté decir en algunos de los poemas que escribí.

    ¿Ya habías escrito poesía?

    —Había escrito algunos poemas, pero más como una práctica. Algunos sonetos los hice en broma para amigos por sus cumpleaños. Escribí un primer poema, Una tarde, y medio que lo olvidé. Cuando empecé a escribir el libro lo encontré y lo reescribí, pero nunca me terminaba de convencer. Después escuché decir a mi amigo Gustavo Espinosa que era uno de los que más le había gustado. Entonces, dije: “Opa, puede funcionar”.

    Muchos consideran a la poesía el género más difícil. ¿Te costó el trabajo con las palabras, pulir las palabras?

    —Me resulta mucho más difícil que la narración. Capaz porque yo no me considero un poeta. En mi caso, se fueron juntando poemas, y pensé que podía ser una posibilidad y que lo próximo que escribiera tenía que apuntarlo hacia un volumen de poesía. Mi trabajo es muy intelectual, conozco gente que escribe más desde la inspiración. No es mi caso. Para mí, escribir un poema es como si estuviera resolviendo una ecuación. No tanto en el caso de los poemas rimados, pero al verso libre le dedico mucho esfuerzo.

    Al parecer te atrae la ciencia, tanto que la convertiste en poemas a veces filosóficos...

    —Tuve formación científica en secundaria y me atrae mucho; leo bastante divulgación. Creo que muchas veces la física teórica se acerca bastante a la filosofía. Los divulgadores trataron de despertar amor por la ciencia, que en principio son conocimientos duros, fríos. Como lo hizo Carl Sagan. La idea de este libro fue escribir poesía a las cosas que no son muy poetizables.

    —Le dedicaste tres poemas a Borges. ¿Qué importancia ha tenido en tu literatura?

    —En un momento pensaba que solo se podía escribir como Borges. Cuando entré al liceo y tuve Literatura, el amor por la lectura se me fue un poco. Las clases me resultaban tediosas, hasta que apareció Borges. Cuando leímos un par de relatos quedé deslumbrado. Hasta ese momento, para mí, Borges era la tapa de Siete Días. Una de las conversaciones de nuestra barra de amigos era si Borges era mejor poeta o mejor cuentista. Cuando estuvo acá en Montevideo dando unas conferencias en los años 80 nos plantamos las dos veces en la salida. Hablamos de cine, además de literatura. Fue increíble. Hay dos fotos que lo atestiguan que las conseguí de casualidad. Se las pedí a un fotógrafo que estaba allí y que no conocía. Me las dio a los pocos días. Estamos todos los que éramos del mismo círculo. Muy flacos, muy jóvenes. Borges jugaba mucho con el humor. En un poema hago una caricatura muy atrevida de El golem. Él mismo en ese poema utiliza el humor con el golem barriendo bien o mal la sinagoga, es maravilloso. Cuando escribí ese poema, pensaba en qué lindo hubiera sido poder leérselo.

    —¿Cómo llegaron Sclavo y Troncoso a ilustrar el libro?

    —Con Fidel habíamos estado en reuniones de amigos en común, pero seguramente él no me registraba totalmente. Yo ilustro y dibujo, pero quise que el libro lo ilustrara otra persona. Había tenido un contacto indirecto con Fidel por Eduardo Darnauchans. Una vez le pregunté dónde podía conseguir discos de Leonard Cohen y me dijo que era difícil, que él los traía de Buenos Aires, pero que, si le daba unos casetes, un amigo tenía cómo grabarlos. Ese amigo era Fidel Sclavo. Cuando me dio los casetes tenían los títulos de las canciones escritas con una letra preciosa; era la letra de Fidel. Cuando le conté esto ahora se alegró de que aún los conservara. “Si habré grabado para Eduardo”, me dijo. Tengo dos de esos casetes, son una reliquia que rescató mi hija mayor de una caja. Cuando le propuse a Fidel que ilustrara el libro me dijo que sí. Lo que hizo con el dibujo me parece genial. Lo había pensado para el interior del libro, pero le dije que iba para la portada. Captó el desfasaje, las cosas que son diferentes pero iguales. Eso extraño de las frecuencias desiguales que se extiende a todo el libro. Troncoso dibuja desde hace mucho y publica en Facebook sus trabajos. Yo le comenté unos cuantos, siempre me recordaban al músico Daniel Johnston, que también era dibujante. Le dije que sus dibujos podían calzar con mis poemas. Me contestó después de un tiempo con entusiasmo. “Pruebo y después vemos”. Sus dibujos son todos los del interior.

    —¿Cómo fue tu inserción cultural en Bruselas?

    —Creo que sobre todo fue a través del cómic. Tengo un amigo que es un famoso dibujante de historietas, Philippe Xavier. Es francés, pero vive en Bélgica, que es la meca de la historieta. Cuando le dije que dibujaba, me pidió que le mostrara algo y me dio muy buenos consejos. Con Gustavo Espinosa publicamos en Lento un capítulo de Oriental, una historieta que quedó en ese primer capítulo. Philippe me pregunta cada tanto cuándo sigue, que él no sabía quiénes eran los charrúas. La historieta no está terminada. Me cuesta más dibujar que a Gustavo Espinosa escribir.