—Apurate, nos tenemos que ir.
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Estas son frases que hoy los padres utilizan con frecuencia al dirigirse a sus hijos. “Es una represión afectiva excesiva”, dijo la psiquiatra y psicoanalista Gladys Tato.
Los padres ya no tienen tiempo para sentarse con tranquilidad y compartir distintos momentos con sus hijos. Aún más, tampoco tienen tiempo para sentarse y tratar de entender por qué un niño llora.
El “no tengo tiempo” es un reclamo habitual en los adultos.
“Lamentablemente le lleva un tiempo que no puede dedicar entonces le dice ‘vamos, ya está, dejá de llorar’ y lo consuela con algo. Así los afectos del niño se van reprimiendo y reprimiendo”, dijo Tato.
“El día tiene 24 horas para todos, y cada uno lo divide según sus importancias. Si la persona está en paz y en equilibrio con sus importancias entonces tiene tiempo. Debe preguntarse qué es lo que realmente quiere y acomodar el tiempo en función de eso”, comentó Tato.
La vida moderna “les comprime demasiado” los afectos a los niños. Pero los procesos afectivos llevan tiempo, y no se pueden apurar.
Algo similar ocurre en adultos cuando fallece un ser querido. Hoy hay quienes pretenden superarlo en pocos días o semanas, pero son procesos que llevan meses y no son automáticos.