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    Montevideo es una ciudad más grande pero menos sustentable, que perdió población y consolidó guetos de ricos y de pobres

    Al menos en el imaginario colectivo Montevideo tiene un pasado de ciudad igualitaria, integrada, donde en los mismos barrios convivían ciudadanos con diferentes ingresos y los hijos de patrones y obreros compartían el pupitre en la escuela.

    Aunque el paso del tiempo pueda idealizar la imagen del Montevideo de antaño, lo cierto es que arquitectos, urbanistas y sociólogos coinciden en diagnosticar que en las últimas cuatro décadas ocurrió un proceso de profunda segregación social en la capital, que se manifiesta en la consolidación de barrios “ricos para ricos” y barrios “pobres para pobres”, cada vez más homogéneos entre sí y diferentes del resto.

    El fenómeno comenzó a hacerse latente en la década de los 70, pero se profundizó a partir de 1990 y hoy es una “realidad manifiesta”. Junto a esto ocurrió un “formidable” desplazamiento interno de la población: sectores pobres, medios y ricos abandonaron las zonas centrales de la ciudad y se mudaron a las periferias, lo que provocó una gran expansión territorial de la ciudad. Eso trajo como consecuencia el encarecimiento de los servicios públicos y la expansión de códigos culturales de la ciudad al área metropolitana.

    Aun cuando creció en su territorio, la capital tiene menos habitantes. De hecho, es de las pocas capitales de América Latina que pierde población. Sucede que muchos montevideanos han optado por salir de la ciudad e instalarse en zonas aledañas, como Ciudad de la Costa, en Canelones, aunque en general mantienen sus vínculos con la capital.

    Montevideo metropolitana.

    A partir de la década de los 70 comenzó a consolidarse en Montevideo un proceso que ya venía insinuándose desde principios de siglo: la expansión territorial de la ciudad, incluso más allá de los límites del departamento. Eso transformó una ciudad de barrios, con una avenida 18 de Julio centralizadora, en un área metropolitana “que desdibuja los barrios y crea nuevas centralidades”, explicó el profesor e investigador del Instituto de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República Edgardo Martínez.

    Dos fenómenos explican esa expansión: por un lado la elección de sectores medios y altos de instalarse en la costa —gracias en parte a las facilidades de movilidad que permite el uso cada vez más extendido del automóvil—, que generó un gran crecimiento urbano en toda la zona este del departamento y desdibujó los límites con Canelones. Los habitantes convirtieron lo que solían ser casas de balneario y fin de semana en sus viviendas permanentes. Hoy Ciudad de la Costa es un claro resultado de ese fenómeno metropolitano, ya que muchos de sus residentes realizan sus actividades laborales y de esparcimiento en Montevideo, y de hecho “se sienten montevideanos”, señaló el sociólogo Gustavo Leal. “Hoy no se puede entender a Montevideo despegado del área metropolitana”, precisó.

    “Desde el punto de vista demográfico, productivo y social Montevideo amplió su territorio: ese es un fenómeno clave porque los que viven en la periferia se sienten montevideanos viviendo en un territorio que no es la ciudad”, sostuvo Leal. La conquista de territorios vecinos provoca además “una expansión cultural de los códigos de la ciudad al área metropolitana”.

    No solo los sectores más pudientes decidieron abandonar los barrios tradicionales de la ciudad: también lo hicieron las personas con pocos ingresos, aunque motivadas por otras razones. Aquí hay un hecho que parece haber sido clave: la liberalización del mercado de alquileres en 1974, que disparó los precios y obligó a muchas familias a abandonar sus viviendas porque no podían afrontar los nuevos costos. “Mucha gente de sectores populares con alquileres congelados se tuvo que ir” y eso “provocó un impacto que empieza a evidenciarse sobre todo a comienzos de los 80 en la formación de asentamientos”, explicó el arquitecto Salvador Schelotto, coordinador del Programa de Desarrollo y Gestión Subnacional de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y ex director de Planificación de la Intendencia de Montevideo (IMM).

    “Involución urbana”.

    Aunque la ciudad se expandió aceleradamente en las últimas décadas, eso no fue acompañado de un crecimiento de la población. Al contrario, Montevideo tuvo un crecimiento demográfico menor incluso al promedio nacional, y desde 1996 redujo su población. Eso la convierte en una de las pocas capitales de América Latina que pierde, habitantes, dijo Leal. Sin embargo, y mientras en el resto del país los nacimientos disminuyeron, en la capital se mantuvieron. ¿Qué explica entonces la reducción de la población? Las migraciones hacia Canelones.

    El área metropolitana (Montevideo urbano más 71 localidades adyacentes) tenía en 2004 cerca de 1.676.600 pobladores, con una tasa de crecimiento anual muy baja: 0,28% entre 1996 y 2004. Sin embargo, en ese período el territorio urbanizado se expandió más de 2.191 hectáreas, según un estudio realizado por Edgardo Martínez a pedido de la OPP, titulado “Transformaciones urbanas/suburbanas y sus pobladores metropolitanos”.

    Entonces, mientras la población creció 2,3%, el territorio creció casi un 9%. “El territorio urbanizado crece, a pesar de que su demografía no lo justifica”. La única explicación es “un fenomenal proceso de migración interna”, explicó Martínez

    Una ciudad que agranda su territorio pero que no crece en habitantes pierde densidad, algo que para los especialistas representa un gran problema. Mientras territorios que cuentan con todos los servicios básicos se vacían, se pueblan territorios vírgenes, que carecen de infraestructura urbana y que comienzan a demandar inversiones.

    El director de Planificación de la IMM, el arquitecto Juan Pedro Urruzola, lo describió como un “proceso de involución urbana”: territorios con infraestructura y servicios como electricidad, agua potable, saneamiento y transporte se vacían y “empiezan a degradarse, pierden sus calidades, sufren situaciones de tugurización, de abandono”.

    A su vez se genera otro problema, porque una vez que la población se instala “comienzan las demandas de los servicios que no tienen y se da una ecuación un poco irracional, con territorios adecuados que se vacían y otros inadecuados con un empuje demográfico importante”.

    “Cuarenta años después nos da Ciudad de la Costa y Ciudad del Plata, con todos los problemas que conocemos”, señaló Urruzola.

    Al perder densidad la ciudad se hace más cara, porque son menos habitantes por cuadra para pagar por los servicios. Con una densidad promedio de 70 habitantes por hectárea “el costo por habitante es radicalmente distinto” al de una ciudad con el doble de habitantes por hectárea, explicó Urruzola. “Tenemos un problema en ese sentido, sin duda”, afirmó.

    Como ejemplo de esto, el profesor e investigador del Instituto de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura Pablo Ligrone señaló que mientras el área metropolitana de Montevideo es muy similar a la de París y Buenos Aires, en ella habitan menos de 2 millones de personas, cuando en el área metropolitana de París hay 10 millones de habitantes y en la de Buenos aires más de 13 millones. “Tenemos un área metropolitana muy extendida, con muy baja densidad y una gran cantidad de huecos y baldíos gigantescos”, añadió.

    Para Salvador Schelotto “una estructura urbana que debe ser costeada cada vez por menos gente y que además se extiende en su superficie genera un riesgo de insustentabilidad”.

    Pero ligado a la expansión territorial ocurre otro problema que agrava las perspectivas económicas. Es lo que Edgardo Martínez califica como “proceso urbano a la latinoamericana”, que se instaló sobre todo en estos últimos 40 años. ¿En qué consiste? En que se instalan los servicios básicos, como agua potable, saneamiento, pavimento de calles, recolección de basura y alumbrado, “a posteriori de que el espacio esté ocupado”.

    El problema radica en que la instalación de la infraestructura y los servicios luego de que el terreno es ocupado cuesta mucho más caro. “Cuando planificas pasar de suelo rural a urbano, planificas primero la infraestructura y luego los edificios arriba”. Eso cuesta entre 180.000 y 240.000 dólares por manzana. Pero cuando se instalan después, cuesta más de 500.000 dólares, señaló Martínez, quien presentó esas conclusiones en el estudio realizado para la OPP.

    “La forma de hacer ciudad a la latinoamericana no solo acarrea mas costos sino que acarrea una serie de vínculos indeseados entre una población que necesita servicios en una urbanización que no los previó. Este proceso da pie al clientelismo político, porque te doy el agua, después el pavimento… Son inversiones del Estado que de alguna forma saca rédito de eso”.

    Según el estudio de Martínez, un 55% del territorio urbanizado carece de algún servicio básico. “Al costo que estamos hablando tenemos un desafío muy grande de cómo atender el tema de la infraestructura urbana en una ciudad metropolitana”.

    Fragmentación social.

    Esta pronunciada migración interna trae como resultado un fenómeno que se profundiza sobre todo a partir de los años 90: la fragmentación social de la ciudad. Al vaciarse las zonas centrales, donde convivían habitantes de distintos estratos sociales, los montevideanos cambiaron esos barrios con “mixtura social” por barrios más homogéneos. Los más humildes se agruparon en la zona oeste de Montevideo y al norte de Avenida Italia y Avenida Giannattasio. Los más adinerados en la zona este, colonizando toda la costa de Montevideo y Canelones. Y los barrios tradicionales de la ciudad, donde antes había diversidad e integración, hoy están vacíos.

    “Hay una fragmentación territorial y social que empieza a desarrollarse en aquellos años y que hoy es muy evidente” —afirmó Urruzola— cuando “comienza a generarse ‘espontáneamente’ una lógica de ocupación que ya no condice más con aquella vieja tradición del barrio montevideano, donde estaba el pobre, el medio y el rico”.

    “En todos los barrios había una integración social, que con la escuela pública hacía que esas diferencias sociales convivieran con una cultura de integración y de vinculación social muy fuerte”, sostuvo Urruzola. Pero eso empieza a cambiar y “empiezan a generarse territorios pobres para pobres y territorios ricos para ricos. El territorio se desintegra según la capacidad de pago y consumo de cada ciudadano”.

    “El corolario final de ese proceso es la ciudad privada en sus dos expresiones: la de los ricos y los pobres”, afirmó.

    Para Schelotto es la “consolidación de una ciudad dual”. El desplazamiento de la población hacia las periferias y la “pérdida de población y vitalidad de las áreas centrales” provocó una “crisis de la relación vecinal y la cotidianidad” y condujo a una “guetización” de la ciudad: “guetos de ricos y guetos de pobres”.

    “Si bien no podemos decir que en los 70 vivíamos en el mejor mundo posible donde el hijo del profesional y del obrero vivían en la misma cuadra e iban a la misma escuela, de todas maneras se parecía más a eso que lo que hay ahora”, afirmó.

    El sociólogo Leal coincidió en el análisis: “En Montevideo el territorio ha consolidado sólidamente los niveles de desigualdad”. La ciudad “ha dejado de ser una ciudad de trama policlasista y es cada vez más una ciudad donde hay mayor homogeneidad territorial y más desigualdad interterritorial”.

    Cuarenta años después los indicadores son contundentes. Tomando en cuenta la población de 0 a 14 años, en el municipio CH (Punta Carretas, Villa Biarritz, Pocitos) el 2,7 % son pobres. En el D (Manga, Piedras Blancas, Marconi, Casavalle, Borro, Unión y Aires Puros), el 64% es pobre. Mientras que los municipios B (Ciudad Vieja, Centro, Barrio Sur, Aguada, Parque Rodó), E (Buceo, Malvín, Punta Gorda, Carrasco) y C (Goes, Jacinto Vera, Reducto, Cerrito, Prado) no superan el 20%, los barrios de los municipios G (Colón, Lezica, Sayago, Peñarol), A (Casabó, Pajas Blancas, Cerro, Belvedere, Paso Molino, Nuevo París), F (Piedras Blancas, Curva de Maroñas, Villa Española, Cruz de Carrasco) y D tienen entre 40% y 65% de niños pobres. “Esto es la ciudad partida a la mitad”, sostuvo Leal.

    Para el sociólogo, “una ciudad con estos cambios de composición barrial tan importante, es una sociedad que se vuelve más difícil de gobernar”. Además “los conflictos en la ciudad, fruto de la desigualdad, persistente, son cada vez más agudos”.

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