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Con 204 años de vida, la Biblioteca Nacional (BN) es una de las instituciones más antiguas del país. Desde su fundación el 26 de mayo de 1816 fue atesorando un valioso acervo, integrado por colecciones, mapas y ejemplares antiquísimos, raros y únicos en América Latina. Pero también en su historia ha sufrido largos períodos de olvido presupuestal, de problemas edilicios, de inundaciones, de pérdida y robo de libros y de conflictos gremiales. Sin embargo, en los últimos años la situación de la Biblioteca Nacional fue mejorando. A comienzos de marzo asumió su nuevo director, el escritor Valentín Trujillo (Maldonado, 1976), y encontró una institución más saludable de lo que esperaba. Profesor de Lengua y Literatura, Trujillo fue durante 10 años periodista cultural en el diario El Observador. Después regresó a su departamento para asumir como director de programación cultural de la Intendencia de Maldonado durante la última administración de Enrique Antía. Ha publicado cuentos, novelas y ensayos. Su libro Real de Azúa. Una biografía intelectual (Ediciones B, 2017) ganó el premio Bartolomé Hidalgo en su categoría, y su última novela, Revolución en sepia (2019), es un homenaje y al mismo tiempo una parodia de los años 60. “En esta silla se sentaba José Enrique Rodó. Y este era su escritorio. Me tiemblan las piernas cuando me doy cuenta”, dice Trujillo en su despacho amplio, luminoso y con una agradable vista al patio lindero con la Escuela Nacional de Bellas Artes. Allí, Trujillo mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda, en vísperas del Día Nacional del Libro y de la entrega oficial del Archivo Tomás de Mattos, un conjunto de miles de manuscritos, documentos, cartas y libros especializados de todos los géneros.
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—La encontré mejor de lo que me imaginaba. El edificio está muy bien mantenido, salvo algún detalle. Durante décadas se había generado como una bola de nieve y la Biblioteca Nacional era un lugar de problemas que sufrieron varios directores. Había quejas de usuarios y de funcionarios, y se había instalado la idea de que era una especie de reservorio de trabajadores de otros lugares. Eso ahora no es así. Yo siempre fui usuario como docente, investigador y escritor, pero conocía a la biblioteca del mostrador hacia fuera. Ahora estoy tras bambalinas y veo la complejidad del funcionamiento de este edificio enorme de 4.000 metros cuadrados que abarca desde 18 de Julio a Guayabos. La primera sensación fue muy positiva, pero quedé en las gateras porque apenas asumí tuvimos que cerrar al público por la pandemia. De todas formas, el trabajo interno ha sido intenso. Aunque aún tenemos funcionarios trabajando a distancia, el miércoles 20 se reintegró el 70 %. No tenemos fecha de reapertura, pero sí un protocolo para hacerlo.
—Durante mucho tiempo se dijo que a la Biblioteca Nacional le faltaban profesionales y una renovación generacional del funcionariado. ¿Eso ha cambiado?
—La biblioteca tiene unos 100 funcionarios. Es cierto que algunos están en edad de jubilarse, pero hay mucha gente joven trabajando. En febrero de 2019 entró una camada nueva que está muy entusiasmada, le gusta lo que hace y tiene la camiseta puesta. No hay falta de personal técnico especializado.
—Hubo varias visiones sobre la función de la biblioteca. Tomás de Mattos tenía la idea de que el edificio central quedara como centro de investigación y que hubiera mayores prestaciones hacia el interior del país. ¿Qué debe ser hoy la Biblioteca Nacional?
—Voy a empezar por lo que no debería ser, y creo desde hace tiempo no es: un lugar de consulta de libros. Sí debería ser un centro de investigación de punta porque tiene todas las condiciones para serlo. Es un juego entre lo nuevo y lo viejo porque hay que producir nuevo conocimiento con material que puede tener 180 años. También tiene que ser un lugar de referencia de todas las humanidades, que se vincule con otras instituciones como las universidades privadas que tienen carreras humanísticas, con el IPA, con la Facultad de Humanidades. Me gustaría impulsar a nuevos investigadores para que se integren al equipo con los más veteranos, también que además del archivo literario haya un archivo histórico. Y por supuesto que tenga carácter nacional, que establezca vínculos con las intendencias, que salga al territorio. Tomás de Mattos lo veía muy bien porque era de Tacuarembó, yo soy de Maldonado. No es la biblioteca de 18 de Julio y Tristán Narvaja, y no tiene que ser solo un centro de referencia. Al mismo tiempo, hay que seguir apostando a los avances tecnológicos. Por ejemplo, ahora continuamos una idea que venía de la administración anterior: la compra de un escáner planetario, un aparato de última generación que permite escanear en 360 grados muy rápido y con alta fidelidad, casi sin tocar los documentos originales. Por lo tanto, la Biblioteca Nacional tiene que apostar a lo más vanguardista con tesoros antiguos.
—En estos meses han difundido material desconocido a través de las redes sociales ¿Qué rarezas encontraron?
—Para mí fue sorprendente encontrar un cantoral gregoriano del siglo XIV hecho con pergamino, probablemente con piel de animal. Son cánticos religiosos en latín. Pensamos que sería muy bueno conocer la historia de ese libro, quién lo habrá hecho, cómo llegó a Montevideo y a la biblioteca. Se nos ocurrió que podía ser interesante abrir una investigación, fotografiar el libro, subir todo a la web y buscar a alguien que pudiera interpretar ese canto gregoriano después de más de 600 años. Pero lo que descubrimos es que ya estaban las fotos y la investigación. En 2017 un uruguayo que vivió en Francia, especialista en canto religioso, hizo su tesis sobre ese libro. La fotógrafa de la biblioteca le había sacado las fotos, pero todo quedó desperdigado. La biblioteca posee un acervo importante que hay que organizar y difundir. Porque hay que mostrarlo para que la gente, que es la propietaria de todo esto, lo conozca. A propósito de este libro encontramos un monasterio con monjas que conocen estos cantos gregorianos. Claro que como son monjas de clausura no será sencillo traerlas a la Sala Vaz Ferreira para que canten.
—¿Se sigue manteniendo el fichero de cartoncitos? ¿Cuánto material hay allí registrado?
—El fichero sigue en su lugar y se va a mantener porque es parte de la identidad de la biblioteca. Es un fichero muy completo y se continúa haciendo un buen trabajo de digitalización de lo que contiene. Una de las preguntas que hice cuando llegué fue cuántos documentos tiene la biblioteca. Una bibliotecóloga me dijo que era una cifra secreta entre tres y cuatro millones de documentos, que incluye todo: libros, revistas, afiches, fotos, mapas, etc. Libros tenemos un millón. Por ley hay que registrar todos los que se editan en el país, sean de autores uruguayos o no. Por supuesto que la biblioteca registra muchos más.
—Estás teniendo reuniones con otros directores del área cultural del gobierno. ¿Hay algún proyecto en común?
—Tenemos muy buena relación personal entre todos los que estamos en unidades ejecutoras. Me siento muy a gusto con este equipo que integro. Nos hemos reunido muchas veces con Andrés Azpiroz, director del Museo Histórico Nacional, que viene de la administración anterior, es muy entusiasta, con muy buenas ideas y se insertó al equipo, igual que Alberto Umpiérrez, que dirige el Archivo General de la Nación. Las tres instituciones estamos colaborando y sacamos la colección Clásicos uruguayos. También me reuní con el presidente del Sodre, Martín Inthamoussu, para coordinar, entre otras cosas, actividades con la Sala Vaz Ferreira, que naturalmente pertenece a la BN, pero que pasó a la órbita del Sodre. Todos somos muy conscientes de la maravillosa suerte que tenemos de estar dirigiendo estos lugares. Yo me siento privilegiado de tener cerca el vestido de bodas de Delmira Agustini o los escritos de puño y letra de Quiroga o los poemas inéditos de Acuña de Figueroa, sobre quien estoy pensando un posible ensayo.
—El Archivo Tomás de Mattos tuvo un periplo de tres años en los que no se sabía dónde ubicarlo. ¿Cómo llegó a la Biblioteca Nacional?
—No estoy muy al tanto de los detalles de ese periplo. Cuando me enteré de la existencia de este archivo me comuniqué con el hijo, Ignacio de Mattos, y le dije que había voluntad de esta administración para que el archivo estuviera en la Biblioteca Nacional. Hasta el momento estaba en Tacuarembó en custodia de Matilde Vera, amiga de la familia, en un centro cultural privado, pero ella necesitaba sacarlo de allí. El hijo de Tomás de Mattos estuvo de acuerdo con que el lugar natural fuera la Biblioteca Nacional, que su padre dirigió entre 2005 y 2010. Entonces enviamos cajas desde acá para Tacuarembó y llegaron con todo el archivo en la madrugada del miércoles 20. Se descargaron y se puso todo en cuarentena en un lugar aislado con un producto para desinfectarlo. Los objetos que llegan del exterior pasan por ese proceso. Es lo que vamos a hacer cuando volvamos a abrir al público. Los libros de sala, tanto de la Sala Uruguay como de la Sala Artigas, van a tener una cuarentena.
—¿Cuál es el valor de este archivo?
—Cuando esté ordenado, va a ser un lujo para los investigadores de Uruguay y del exterior que quieran estudiar el proceso creativo y formativo de Tomás de Mattos. Por ejemplo, incluye una biblioteca religiosa donde están todos los libros en los que se basó para escribir Las puertas de la Misericordia, que él consideraba su mejor obra. Además, se agrega un material que involucra a la editorial Penguin Random House, en la que publicó De Mattos. El editor Julián Ubiría recibió de él una caja con una serie de escritos inéditos, un montón de papeles originales. Son trabajos que escribió en diferentes épocas. Cuando De Mattos murió en 2016, esos papeles quedaron en la editorial en custodia, pero no lo tienen inventariado y no saben aún qué harán con él. Entonces le ofrecí a Ubiría enviarle una bibliotecóloga de la biblioteca a la editorial para que evalúe los papeles, los ordene y los indexe. A cambio recibiremos una copia para incluir en la colección que irá al archivo literario de la biblioteca. A Ubiría le pareció una buena idea, y en ese trabajo estamos. Para mí, De Mattos es uno de los pocos escritores uruguayos que asumió la tarea literaria con grandeza. Hay algo de tamaño y no solo de calidad en su obra. Hay pocos autores uruguayos que hayan tenido ese alcance y dimensión. Admiro mucho a alguien que se animó a reflotar la épica y a volver a escribir novela histórica. Es indudablemente uno de los mejores escritores uruguayos de los últimos 50 años. No se entiende cómo su archivo demoró tanto en estar en la Biblioteca Nacional.