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A lo largo de su carrera, el cineasta Pablo Larraín ha abordado de manera reiterada la dictadura chilena. Los efectos del golpe de 1973 se hacen palpables a través de la opresión latente que se percibe en películas como Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010). En No (2012), en tanto, se enfocó en el referéndum de 1988 que marcó el fin de la dictadura, mientras que en El club (2015) indagó en la complicidad de la Iglesia católica durante esos años.
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Fuera de las fronteras de su país, el director y guionista chileno ha dirigido su atención hacia mujeres destacadas (su próxima película biográfica será sobre María Callas, con Angelina Jolie como protagonista), pero en su interior ha construido un legado cinematográfico en torno a la memoria histórica de Chile y su pasado turbulento.
En su nueva y polarizante película, El Conde, estrenada por Netflix y ya disponible en la plataforma, el director continúa con su exploración. Esta vez asume un riesgo creativo mayor al presentar una revisión estremecedora y fantástica de la historia reciente de Chile.
En esta narrativa en blanco y negro, el tirano Augusto Pinochet es imaginado como un vampiro que habita en una mansión en ruinas en el extremo sur de América. Tras sobrevivir durante 250 años alimentándose de la humanidad y liderando uno de los episodios más aterradores de la región en el siglo XX, el Conde decide renunciar a su inmortalidad al dejar de consumir sangre y permitir que su sufrimiento llegue a su fin junto con su existencia. Acompañado por una pareja maliciosa, una descendencia oportunista y un sirviente profundamente aterrador, los planes de Pinochet se ven alterados por la llegada inesperada de una monja enviada para exorcizarlo.
“He pasado años imaginando a Pinochet como un vampiro, como un ser que nunca deja de circular a lo largo de la historia, tanto en nuestra imaginación como en nuestras pesadillas. Los vampiros no mueren, no desaparecen, ni tampoco los crímenes y robos de un dictador que nunca enfrentó una verdadera Justicia”, dijo Larraín al abrir parte de su proceso creativo en las notas de producción de la película. Anticipando las variadas reacciones que esta premisa podría provocar, el director también afirmó, con la intención de prepararse para las posibles críticas y controversias que surgieran, lo siguiente: “Creo que generará todo tipo de respuestas, y es bueno que el arte sea polarizante”.
Con esta visión en mente, es comprensible que la película se haya promocionado con énfasis bajo los géneros de la sátira, la farsa y el terror, que aquí se utilizan como dispositivos alegóricos efectivos, aunque imperfectos, para alertar sobre los peligros de los sistemas políticos y sociales que permiten el surgimiento de figuras como el general y dictador chileno.
Jaime Vadell es el actor encargado de personificar el papel de Pinochet en El Conde. Con una destacada trayectoria en cine y teatro, optó por no crear una mera imitación de Pinochet. En su interpretación se encuentra inicialmente con un arquetipo reconocible en la ficción: el del patriarca opresor. Este Pinochet, aún mezquino, mentiroso y manipulador, está abrumado, cansado de sí mismo y de su entorno, que aún intenta que sienta la gloria que alguna vez vivió.
Este padre, cuyos hijos saben que es un vampiro que jamás les otorgará la vida inmortal mediante una mordedura, se presenta como un anciano de aspecto senil. Golpea su andador al caminar y apenas recuerda las incontables riquezas que amasó al mantener al pueblo chileno bajo su yugo durante casi dos décadas. Su presencia en la pantalla se asemeja a la de un espectro cansado, perdido en los pliegues del tiempo, un recordatorio de los estragos que el poder puede infligir incluso a aquellos que lo ostentan.
En su crítica social y política, Larraín elige la contundencia y el impacto por encima de la sutileza, como si su cine fuera un vampiro saciado que busca ahora relajarse en un sórdido bar después de una noche de caza en la alta sociedad. La película presenta secuencias de violencia gráfica, con un énfasis especial en la destrucción y el desmembramiento de cabezas, así como bastantes chistes algo burdos. Reducirla a la categoría de comedia negra sería, de todas formas, una simplificación. Quizás la mejor manera de definirla sea como una “biofantasía grotesca”, un sentimiento acentuado por la música circense que la acompaña al inicio y al final de la historia.
Con una misteriosa narración en inglés, desolados espacios interiores y un viento implacable que amenaza con destruir todo a su paso, la película propone una narrativa inicialmente inquietante. Luego, se revela como el escenario de algo más desfachatado, en especial gracias a la representación de las interacciones entre la familia del dictador y su esposa, Lucía Hiriart, interpretada por Gloria Münchmeyer.
La tensión en el aire es palpable, como el viento que impulsa a Pinochet en cada uno de sus vuelos por el Chile contemporáneo, pero detrás de las apariencias Larraín busca explorar la psicología de los personajes y las profundidades ocultas en sus relaciones familiares, tejiendo una red de emociones y traumas que quiere mofarse de aquellos que permitieron a Pinochet alzarse con el poder.
Los hijos y el mayordomo y torturador de Pinochet que interpreta Alfredo Castro representan entonces roles cruciales en la trama de El Conde. Personifican a las figuras que rodearon al dictador y no dudaron en aprovecharse de su poder. Su presencia agrega más entretenimiento que profundidad a la narrativa y sus lealtades cambiantes influyen de manera directa en el destino del protagonista.
La monotonía existencial que aqueja al dictador frente a su familia se ve interrumpida por la llegada de Carmen, interpretada por Paula Luchsinger. En la película, Carmen es una monja que sorprende con su presentación y que, al principio, parece ser una devota seguidora del general Pinochet dispuesta a colaborar en la recuperación de su fortuna. Sin embargo, su verdadera misión es liberar al dictador de la influencia demoníaca que lo atormenta y que también afecta a su descendencia, tan chupasangre como él.
En El Conde, Carmen asume el papel más intrigante y versátil de la película, estupendamente representada por Luchsinger. Su personaje encarna la esperanza y la redención en un mundo oscuro y corrupto, o al menos eso es lo que Larraín quiere hacernos creer. Su llegada a la mansión del dictador vampiro desencadena a su vez un conflicto moral y espiritual que simboliza la lucha entre el bien y el mal en la historia de Chile, y aunque la idea de la Iglesia como el interés romántico de un gobierno de facto puede parecer superficial, la posterior transformación que el personaje de Luchsinger atraviesa se destaca como la escena más conmovedora y visualmente memorable de la película.
La acrtiz Paula Luchsinger
La propuesta audiovisual de El Conde se destaca como una de sus mayores fortalezas, pero lamentablemente no tiene la oportunidad de lucirse por completo debido a su lanzamiento en una plataforma que excluyó su estreno en salas fuera de Chile, donde verdaderamente merecía ser proyectada en pantalla grande. La puesta en escena, junto con la fotografía a cargo de Ed Lachman y el trabajo de arte, logra crear una atmósfera oscura que refuerza la idea de Pinochet como el epicentro de la decadencia más sombría. Este mundo gótico e inquietante provoca una incomodidad palpable en el espectador y la elección de la Patagonia como escenario principal que busca transmitir la inmensidad y el aislamiento característicos de la vida de un vampiro es muy eficaz.
Pero a pesar de sus numerosas fortalezas El Conde muestra algunas debilidades en su guion, en especial en la construcción del clímax. La película parece apartarse de su camino hacia el final, reduciendo la intensidad que con antelación había establecido para dar paso a un giro intrigante, aunque carece de un fundamento sólido más allá de la búsqueda de un final impactante que supere todo lo visto hasta ese momento.
Por ejemplo, la trama relacionada con Carmen no se desarrolla de manera satisfactoria en su totalidad, al igual que el conflicto de los hijos que buscan de forma desesperada los fondos de su padre, dejando algunas incógnitas sin respuesta y convirtiendo a los personajes secundarios en simples accesorios en lugar de convertirlos en individuos con sus propias historias desarrolladas con éxito. Esta falta de profundidad en la exploración de los personajes secundarios es una de las áreas donde El Conde podría haber mejorado significativamente.
De todas formas, la elección de utilizar el humor y el terror como enfoque en esta revisión cinematográfica de El Conde se revela como una estrategia imaginativa para explorar la figura de Pinochet. La película recibió el premio al Mejor guion —para Larraín y Guillermo Calderón— en el último Festival de Cine de Venecia, un reconocimiento que sin duda celebra la aguda representación de un individuo que olvida y evade sus pecados, culpando a otros por sus crímenes y atrocidades. Esta combinación de géneros, a pesar de algunas fallas en la ejecución, demuestra la habilidad del director para abordar temas complejos de un modo cautivante.
El Conde de Larraín nos recuerda que el director sigue siendo una figura clave en el cine latinoamericano, incluso cuando sus riesgos no causan el mismo clamor popular que películas como El club. Eligió retratar a un monstruo bajo la forma de otro monstruo para mostrar cómo la maldad se aferra a los más débiles en busca de una inmerecida inmortalidad, y lo logró de forma visceral y entretenida. Larraín vuelve a enfrentarse a su pasado con audacia y evita que la condecoración al dolor lo frene en su afán artístico. Con heridas históricas aún sin cicatrizar, no es difícil entender por qué El Conde resulta en una experiencia difícil de tragar, pese a que sea más que satisfactoria en su posterior digestión.