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—Usted ha dicho que hasta la pandemia ha existido “una suerte de invisibilidad” del científico uruguayo y en particular de la mujer científica en temas relacionados con la igualdad salarial, la conciliación de la vida laboral y familiar, la salud y la seguridad en el trabajo. ¿De qué forma ha cambiado esta situación en la investigación y la innovación local?
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—Justamente estaba leyendo una publicación de la Unión Europea (UE) titulada She Figures (2018), un análisis de la situación de la mujer en el mundo académico a partir de una serie de indicadores sobre la igualdad de género en la investigación y la innovación en la UE. Y se refiere básicamente a lo que se llama “el efecto tijera”. Hay una mayoría de mujeres estudiantes universitarias, hay una mayoría de mujeres estudiantes de maestrías, las mujeres empiezan a igualar los hombres a nivel de doctorados, y el número de mujeres es igual al de los hombres en los niveles más bajos de la jerarquía académica. Pero a partir de ahí… ¡Páfate! Aparece el efecto tijera. La cantidad de hombres rápidamente crece en los rangos más altos y las mujeres bajan. Ese es un dato de la realidad mundial. Pasa en la UE y pasa estrictamente igual en Uruguay. En los últimos 10 o 15 años ha habido avances tanto en Europa como en Uruguay, pero esos avances han sido muy lentos.
—Así y todo, si uno observa la integración del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República se encuentra con más decanas que nunca. Sumando todos los servicios universitarios existe una paridad de género, algo inédito...
—Es absolutamente inédito. Pero ojo. Porque la estructura de los grados más altos de la universidad sigue estando masculinizada. ¿Un poco menos masculinizada? Sí, es cierto. Pero en la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) hemos observado desde 1992 que los responsables de los proyectos de investigación y desarrollo eran mayoritariamente hombres en todas las áreas del conocimiento. Hoy hay ligeramente más mujeres en casi todas las áreas. De eso no cabe ninguna duda, pero ese avance lento está lejísimo de revertir la tendencia o de alcanzar siquiera la paridad en los grados más altos. Las explicaciones son otra cosa y los remedios son mucho más complicados todavía.
—¿Cuáles son los remedios?
—Yo tengo una posición, aunque no estoy segura de ser representativa en lo que pienso. En la literatura internacional sobre este tema está claro que ser muy competitivo en ciencia y alcanzar los grados más altos exige una tensión entre la vida y la ciencia que es malsana. Es simplemente vivir para producir y producir y producir, porque hay que tener otro paper y otro más, porque el sistema de evaluación te mide así, porque si no los tenés te sacan de acá o de allá, y eso genera una especie de máquinas que efectivamente tensiona las opciones de vida. ¿Es eso lo que yo quiero como mujer? ¿Es esa vida la que quiero para poder competir con los hombres? ¡No! Yo no quiero eso para las mujeres, ¡y tampoco lo quiero para los hombres! No quiero que las mujeres lleguen a la igualdad con los hombres en la forma actual de hacer ciencia. Quiero que la ciencia se haga de tal forma que les permita a hombres y mujeres crear conocimiento valioso en armonía con opciones de vida también valiosas.