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En el despacho del exgerente general de la Cooperativa Nacional de Productores de Leche (Conaprole), Ruben Núñez, abundan los cuadros y libros. Es un aficionado al arte, la filosofía, la arquitectura. Hace poco volvió de un viaje a Barcelona, ciudad que de forma automática identifica con el arquitecto Antoni Gaudí, creador de la Sagrada Familia, cuya construcción se inició en 1882 y aún no se ha terminado. El arquitecto comenzó una obra teniendo muy claro que nunca iba a poder verla terminada: dejó los planos, las instrucciones a seguir, pero con la justa flexibilidad para que cada nueva generación de arquitectos pudiera agregar su impronta. “Eso es lo que nosotros hemos querido hacer en Conaprole”, en algún caso con medidas que identifica como un “proceso de shock”, reflexiona.
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Al analizar las dificultades que atraviesa hoy el sector lechero, el ejecutivo se refiere a los altos costos, pero pretende mirar más allá de eso: “¿El problema de Uruguay es la inseguridad?, ¿es la educación?, ¿o el problema es la generación de valor? Para Núñez, el país debe ser “la Holanda de los puertos, la Italia del turismo, la Nueva Zelanda de la leche y la Australia de la carne. Hacia ahí hay que ir. Ese es el tema central: cómo multiplicar la capacidad de valor que genera el país”.
A continuación, un resumen de la entrevista que mantuvo conBúsqueda.
—¿Cuáles son los principales contrastes que destaca entre la Conaprole del 98 y la actual?
—Cuando entré, la empresa tenía 15 plantas, alrededor de 2.400 personas y una tecnología bastante atrasada para lo que era la industria láctea en su momento. Estaba muy claro lo que había que hacer, que era, fundamentalmente, un proceso de definiciones sobre concentración de plantas, inversión tecnológica, cambio del modelo de gestión, incorporación de talentos, un choque tecnológico con un software de primer nivel y una apertura mirando al mundo, a la competencia global. Todo eso lo hicimos casi que en un proceso de shock.
La remisión de leche en este período aumentó más de 82%, y en los últimos 10 años más de 50%. La facturación global aumentó más de 200%; llegamos a US$ 1.000 millones. De 1998 a 2005, la plantilla se redujo 33% por la inversión tecnológica. Las plantas se redujeron a ocho, y ahora van a ser siete por el cierre de una más.
Cuando entré a la cooperativa, no era la que mejor pagaba al productor y hoy sí lo es.
—La economía está estancada, con cierre de empresas y de tambos. ¿Cómo queda parada la cooperativa en este escenario?
—En esa combinación de ingresos por la leche que recibe Conaprole y su estructura de costos, está claro que en los últimos tres años venimos con dificultades.
Ahora, nosotros dependemos en un 75% del ingreso de exportaciones, fundamentalmente leche en polvo y quesos cuyos precios son fijados en un mercado internacional. El tema es cuál es la perspectiva del negocio lácteo en el mundo. Para producir leche se necesita tierra, agua, genética y, sobre todo, know how. Sí, la oferta va a ir creciendo, pero no necesariamente acompañará al mismo paso esa demanda. Uno debería pensar que, desde el punto de vista de los fundamentos económicos del modelo, se va a necesitar la leche. Y si se es eficiente en la producción, se va a estar colocando el 100%.
—¿Hay margen como para atender esa demanda creciente, con los costos actuales?
—Hoy hay problemas de costos en Uruguay que son complejos, pero son transversales, no solo del sector lácteo. Uruguay es un país caro. El combustible es caro, la energía eléctrica es cara, los salarios son caros en términos comparables. Los aportes a la seguridad social son altísimos. Entonces, tenemos toda una serie de costos que Uruguay va a tener que ver de qué manera ir adecuándolos o reduciéndolos para que todos sus sectores sean más competitivos.
Hay un tema que me parece central, que va mucho más allá de los costos. Nueva Zelanda tiene 500.000 personas más que nosotros y un Producto Bruto Interno de US$ 200.000 millones, cinco veces el de Uruguay.
Además, el gran derrame de generación de valor en Nueva Zelanda ha sido, históricamente, la lechería; es un tema de Estado. Entonces, ¿el problema de Uruguay es la inseguridad?, ¿es la educación?, ¿o el problema es la generación de valor? ¿Cómo hacemos para ir por los US$ 200.000 millones? Cuando se tienen US$ 200.000 millones de generación de valor del PBI para una población como esta, seguramente no se tengan problemas de inseguridad. La gente va a estar ocupada en buenos trabajos, con mayor nivel de educación y posibilidad de tener los mejores docentes posibles. La pregunta es: ¿cómo se hace esa transición a un país que genere mayor valor? Tenemos que ser la Holanda de los puertos, la Italia del turismo, la Nueva Zelanda de la leche y la Australia de la carne. Hacia ahí hay que ir. Ese es el tema central: cómo multiplicar la capacidad de valor que genera el país.
—¿Se ha hablado con el gobierno para buscar la manera de bajarle los costos al productor?
—Es un tema de diálogo permanente. El gobierno ha tenido la intención de tomar alguna medida en su momento, como fue la reducción de la tarifa de UTE, tanto para los productores como para la industria, y buscar algún mecanismo de financiamiento para los productores con niveles altos de deuda. Ahora se están produciendo mecanismos a través de la leche de consumo, de que pueda crear fondos para reducir los niveles de costo financiero de los productores.
Pero si bajamos a lo puntual, perdemos de vista el bosque. Hay que ser mucho más ambiciosos, hay que pensar en otros términos. El tema de la inserción internacional: ¿tenemos capacidades, más allá de Argentina y Brasil, de hacer algo? Se nos va la vida en inserción internacional: nuevos mercados, pero también mejores accesos a los mercados en los que ya estamos. Nueva Zelanda lo ha hecho muy bien.