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    “Es una gran mentira separar al arte del mercado”

    Para acceder a la oficina del director y productor uruguayo Luis Ara, ubicada dentro de su productora Trailer Films, en el barrio Palermo, hay que esquivar más de una valija con equipos de filmación desperdigada por el piso. Puede que estén por partir o recién llegados, pero los maletines responden a la naturaleza aventurera que Ara le ha otorgado a su cine en la última década

    En términos de producción, Ara es el cineasta más prolífico del país. Y no parece querer detenerse. Tras estrenar en octubre Togo, película de Adrián Caetano que produjo y que batió récords de audiencia en Netflix a escala global, Ara ya se encuentra con otras películas bajo el brazo. La más reciente es Atchugarry monumental, documental que retrata la vida y obra del artista Pablo Atchugarry. La película, codirigida entre Ara y Alejandro Berger, puede verse a través de la plataforma de streaming Star+.

    Criado dentro de una familia dedicada al cine —su abuelo fundó la distribuidora Dispel, responsable de estrenar las películas del estudio Warner Bros—, Ara comenzó a virar su atención hacia la realización cinematográfica 10 años atrás, con el estreno de su primera película, 12 horas 2 minutos. En entrevista con Búsqueda, manifestó su interés por seguir filmando documentales destinados a las plataformas, adelantó su desembarco en la ficción y reflexionó sobre el costo personal que una vida arriba de un avión, y con una cámara bajo el brazo, conlleva.

    Entre otros récords, Togo estuvo en el Top 10 Global de Netflix de películas de habla no inglesa durante varias semanas. ¿Qué refleja esa clase de números?

    —Son muy amplias las apreciaciones que se desprenden de eso. La película tenía como expectativas satisfacer al mercado rioplatense. Apuntaba a ese mercado y luego al latinoamericano y, en un caso excepcional, a uno fuera de la región. Tuvo un alcance global. Estuvo en 39 países en el Top 10. En Argentina y Uruguay estuvo varias semanas, y fue vista por entre 15 y 20 millones de personas. Esa es la parte cuantitativa. En la cualitativa, es una película particular que había que hacer de una manera especial. La marginalidad y la pobreza se muestran de una manera digna que permite que sea muy digerible, a pesar del tema, sin dejar de ser cruda con algunos aspectos. Eso la vuelve más digerible para una audiencia global. Por lo general, el consumidor local suele criticar la producción de su país. Eso no te tiene que importar. Es una expresión más futbolera, algo que se puede encontrar en Twitter. La realidad y los números marcan que la película fue tremendamente aceptada.

    —¿Cómo resumís hoy tu experiencia como productor en Togo?

    —Fue muy buena. Y acompaña otra etapa en la historia de Trailer Films como una productora que ha ido creciendo de forma sostenida. En la primera etapa, como dueño, estaba involucrado en muchos otros negocios. Entre 2003 y hasta 2012 estaba involucrado con la distribuidora, la publicación de revistas, llegué a tener restoranes, viajaba todo el tiempo...

    —Pero seguís viajando todo el tiempo…

    Ahora estoy enfocado en otra cosa. Eso es lo que cambió. En 2012 hago un quiebre cuando estreno 12 horas 2 minutos, mi primera película. No estudié Comunicación, estudié Administración de Empresas. Sí me crie en un mundo de cine, desde que tengo cuatro años, con la distribuidora de mi abuelo. Me pedía, con 6 años, que le comentara películas como Rambo. Me hacía hacer ese ejercicio e íbamos hablando de cine en su auto o cuando íbamos al estadio. Yo amaba el cine. Siempre lo amé. Pero estudié otra cosa. Cuando armé la productora, me quedé con la distribuidora y me tomé muchos años para entender de producción. Produje televisión, comerciales y un día decidí hacer mi propia película. Obviamente yo era el outsider, pero a partir de ahí me puse en la cabeza una idea: “Yo quiero contar historias”. Pero tenía que hacer que eso fuera rentable y viable.

    —¿Eso lo dice el Luis productor, el director o sentís que ya son uno solo?

    Las ganas de contar historias desde el género documental las digo inicialmente como realizador. Lo que hizo “el Luis productor” fue hacer que esto sea un negocio. Me enfoqué en eso. En principio fue por sponsors, luego con una estrategia de distribución alternativa y al final con cosas de una mayor escala para empezar a volverme más mainstream, sin que eso sea una mala palabra sino al revés. Tengo que ser relevante a nivel global para que mis contenidos sean interesantes para las plataformas globales.

    —¿Con Perú: tesoro escondido y Por siempre Chape, sobre la tragedia del Chapecoense, se empieza a definir tu perfil de realizador trotamundos?

    Es que a partir de ahí empecé a buscar de forma muy consciente eso. También hice Alexis Viera: una historia de superación, que es una historia uruguaya pero que transcurre en Colombia; El poder de los centennials, una serie en Colombia; Andes mágicos I y II; Guatemala: corazón del mundo maya, y recientemente hice Vicuña Salvation para Estados Unidos, una película que transcurre entre Oregon y Perú. También estrené Brasil 2002, una película sobre el equipo campeón del Mundial, que no hice por atrevido sino que contó con Roberto Carlos y Juliano Belletti como productores de la película.

    —¿Cómo te asesorás para que estos proyectos extranjeros tengan una aceptación cultural garantizada dentro de los países que se retratan?

    Siempre busco conversar, en la previa, con referentes locales. He intentado ser bastante abierto y aprender mucho. No me pasa de estar en una reunión y que se me escape un “ta”. Le escapo al lunfardo y trato de ser respetuoso. No me pongo en primer lugar en las películas.

    —¿Cómo te llevás con el aluvión de proyectos?

    Usualmente no hablo de esto porque es más personal. Te genera como una dualidad. Es hermoso y es lo que te gusta. Es mucho más demandante de lo que nadie se puede imaginar. En varios sentidos: en un sentido físico y mental que nunca parás y en un sentido que no hay una comparación. Trato de mantenerme en un volumen y en una rosca de poder estar vigente todo el tiempo. Esa es otra carrera, la de tratar de estar siempre que estás haciendo lo último.

    —Los hoteles pueden ser muy solitarios…

    Es bastante complejo. Personalmente no me pasaba y en los últimos dos años lo empecé a padecer un poco. El dormir mal, el comer mal. Querés tu cama, tu comida, tus hijas. Lo que hacemos son películas que tienen una demanda física grande. Es sacrificado. Pero estoy agradecido. Hoy elijo eso.

    —Llegaste a decir que si una película tiene gente interesada que la vea, sí o sí puede ser distribuida. ¿Es así?

    Conceptualmente lo que entiendo es que si hay una audiencia interesada en ver una historia, probablemente haya una plataforma o medio de distribución interesado en ponérsela a esa audiencia.

    —¿Creés que eso se cumple siempre, independiente del tipo de proyecto?

    —Sin duda. Es como funciona el mundo del cine y es lo que la gente a veces no quiere ver del negocio. Es como que un artista haga cuadros para guardar en su casa. Ningún artista guarda en el placard los cuadros que pinta. Todo artista cuando logra vender una obra se pone feliz. Es una gran mentira separar al arte del mercado. Es la peor mentira del arte.

    —En un momento se te definió como un interesado en las historias de superación y resiliencia.

    Una clave en las historias, al menos en lo que yo hago, es conectar con la audiencia. Y para conectar con la audiencia tenés que conectar a través de emociones. En las historias de superación y de resiliencia hay mucha emoción encerrada, entonces son historias que particularmente me gustan. Pablo Atchugarry, en el documental, en un momento dice: “Cuando vos reconocés a un artista por su obra es que el artista dejó una parte de sí”.

    —¿Cómo terminaste filmando un documental sobre Atchugarry?

    —Cuando empezó la pandemia en 2020 no me resignaba a que tuviéramos que quedarnos sentados en nuestras casas. Venía de un 2019 de estrenar varias películas y pasando el año entero arriba de un avión. Volví a trabajar y me puse a editar, producir, dirigir de forma remota y en 2020 me mantuve con trabajo. Al final me llamó Alejandro Berger y me invitó a hacer la película juntos. Y a Pablo Atchugarry lo admiro mucho desde siempre, desde lo artístico hasta su vínculo con el mercado. Me parecía espectacular entender su historia.

    —¿Cómo fue el proceso de rodaje del proyecto?

    —En enero de 2021 nos reunimos, en febrero filmamos y planificamos un viaje, que es el corazón de la película, para ir a Italia en mayo con Pablo. Nos encontramos en el lago de Como y nos fuimos manejando hasta Carrara, de ahí a Venecia y luego a un pueblito llamado Cortina d’Ampezzo. Hicimos un roadtrip de 10 días con Pablo charlando, escuchando música y cenando. Le gusta comer rico y tomar buen vino. Además de eso, poder filmar todos los días en la Fundación Atchugarry le dio a la película un toque especial, porque la película muestra la intimidad del artista y te lleva de viaje por varios lados. Fue un proyecto que fluyó muy bien. Y ahora ya lo doy por terminado.

    —¿Sentís que vas a ser encasillado por los documentales que has hecho en torno a la naturaleza, historias deportivas o figuras reconocidas?

    El mundo intenta y necesita encasillar a la gente. A mí no me vas a encasillar nunca. Hay directores y productores que han hecho muy bien en autodefinirse en un rol, entonces todos los buscan para eso y explotan. A mí me aburre. Hoy estoy haciendo muchos documentales pero en breve voy a hacer una ficción.

    —¿Te picó el bichito de la ficción?

    Sí. Estoy en un proceso bastante avanzado en una historia que no es autobiográfica pero tiene cosas de mi niñez, y algunos temas complejos que quiero tratar en una película. El guion está escrito, estoy avanzándolo y quiero filmar. No lo quiero hacer porque sea ficción, sino porque quiero contar esa historia y esa historia solo se puede contar con ficción.

    —Encontraste la respuesta en lo prolífico.

    —A mí me gusta hacer. No quiero perder el tiempo. Cuando uno tiene pérdidas en la vida, que todos tenemos, aprende a valorar ciertas cosas. Mi padre se fue de casa bastante joven, mi madre se murió cuando yo era bastante joven y a partir de ahí fue que me dije que esto era muy efímero. Esto es hoy y se va rápido. No soy un romántico, de que cuanto más duro y sacrificado el camino mejor. Tiene que ser algo placentero y redituable. Mi hora vale y quiero que valga.

    —¿Qué opinás sobre la creación de la Agencia del Cine y el Audiovisual del Uruguay?

    —Siempre es bueno que cualquier organismo estatal se modernice y se adapte. Es muy difícil satisfacer todas las voces en lugares donde lo cualitativo e ideológico pesan porque hay cosas que exceden a la práctica. Creo que es muy importante que la nueva agencia defina su objetivo. Si es difundir el cine nacional, si es fomentar la producción nacional o fomentar una industria nacional que sea relevante a nivel internacional. Son todas cosas muy diferentes.

    —¿Te imaginás ocupando un rol de liderazgo dentro del sector de las políticas audiovisuales?

    —Formalmente y políticamente, no. Pero sí, y hace 10 años lo hago, voy a seguir ayudando al que me pida ayuda. Hasta con gente que me ha decepcionado. Entonces, no me veo en un cargo al menos hoy, pero sí ayudando. Con Facundo Ponce de León hablamos muchas veces y hace poco Lucía Gaviglio, presidenta de Asoprod (Asociación de Productores y Realizadores de Cine del Uruguay), estuvo reunida aquí también y estuve encantado en dar mi visión. Hay que tener apertura para escuchar.

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