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Liat Ben David dirige el Instituto Davidson, el brazo educativo del Instituto Weizmann de Ciencias de Israel, la sexta institución más importante en investigación científica del mundo. Un dato: de las 25 medicinas más vendidas en el planeta, siete fueron desarrolladas en el Instituto Weizmann, entre ellas un medicamento que detiene el avance de la esclerosis múltiple. La institución concentra en su campus de Rehovot, una ciudad 20 kilómetros al sur de Tel Aviv, 250 grupos de investigación en matemáticas, ciencias de la computación, física, química, biología y bioquímica con planes a 30 años, y recibe más de US$ 400 millones anuales para “convertir el dinero en conocimiento”. Y viceversa: las licencias de conocimiento transferido del Instituto Weizmann produjeron más de US$ 30.000 millones de ganancias.
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“La ciencia es la clave del éxito de un país, no es un lujo”, dijo a Búsqueda la experta israelí, quien visitó esta semana Uruguay, se entrevistó con el presidente de la República, Tabaré Vázquez, la ministra de Industria, Carolina Cosse, autoridades de la educación pública y de la Embajada de Israel.
Ben David brindó en Montevideo la conferencia magistral Educación en ciencias – el motor de nuestro futuro, y recorrió varios centros educativos. Autora de una veintena de libros sobre educación científica y tecnológica, con más de 25 años de experiencia en Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés), esta especialista nacida en Haifa se ocupa hoy de “acercar la ciencia a la población”, sobre todo la juvenil, y de capacitar docentes desde el buque insignia de la ciencia israelí, donde investigadores y educadores trabajan “con total libertad”.
Sigue un resumen de una entrevista de Ben David con Búsqueda.
—Israel destina a la investigación y desarrollo nada menos que el 4,2% de su PBI; por su parte, Uruguay se queda en el 0,38%, aunque aspira al 1% para el año 2020. ¿Como convencería a los políticos uruguayos sobre la importancia de invertir en I+D?
—En Israel la investigación científica siempre fue una prioridad. El país no cuenta con tantos recursos naturales como Uruguay, y por eso desde hace muchos años invierte en capital humano. Esa inversión en educación y en investigación científica ha generado mucha creatividad. Israel es ya la segunda potencia tecnológica del mundo, en franca competencia con Estados Unidos, y el exportador de varias de las grandes startups tecnológicas del planeta, como Waze (vendida a Google por US$ 1.000 millones) o Trusteer (a IBM por otros US$ 1.000 millones). Otro aporte israelí es el pendrive.
—No obstante, hay quienes dicen que la ciencia es un lujo en tiempos de “vacas flacas” o de debilidad económica. ¿Qué responde a eso?
—La ciencia puede parecer un lujo en determinado momento, pero en rigor es la clave del éxito de un país. Si un país no invierte en ciencia está en problemas, y no hay ciencia sin científicos. Los países que dejan de invertir en ciencia sufren fuga de cerebros e hipotecan su futuro. Hace 10 años las principales empresas pertenecían al mundo físico; hoy, las cinco marcas más importantes son de la industria de las TIC (tecnología de la información y de la comunicación).
—Muchas veces se ve a la ciencia como lejana de la vida diaria, como cosa de “genios de laboratorio”, sin un claro retorno comercial. ¿Por qué es importante educar en ciencia?
—En realidad, la ciencia es muy cercana. La tecnología nos rodea por todos lados todos los días. Conocerla nos ayuda como ciudadanos a tomar mejores decisiones, a procesar mejor los datos y a pensar mejor, sea para comer sano o para saber que un desodorante daña la atmósfera. Hoy mucho conocimiento está disponible en Internet, al alcance del celular, pero hay que saber procesar la información y para eso es necesario basarse en el conocimiento científico. Educar en ciencia es el motor del futuro de un país, y la formación académica representa un pilar esencial en la educación. También hay que ayudar a los investigadores a desarrollar comercialmente sus ideas para que la investigación no se quede en los laboratorios ni en las bibliotecas. Es necesario conectar la universidad con la empresa.
—Algunos analistas opinan que los contenidos educativos tradicionales no tienen nada que ver con los estudiantes actuales. Que hoy tenemos una educación del siglo XIX, con profesores del siglo XX y alumnos del siglo XXI… ¿Comparte ese diagnóstico?
—(Sonríe) ¡Es absolutamente cierto! Pienso que eso no solo pasa en Uruguay, sino en muchas otras partes del mundo, donde el sistema educativo es de otro siglo. La educación es uno de los sectores en los que se ha avanzado más lentamente en general. Un médico de hace 100 años hoy no va a reconocer un hospital, y ni siquiera muchas de las enfermedades. Sin embargo, un profesor verá que hoy en clase se hace más o menos lo mismo que hace un siglo. Y justamente eso es lo que intentamos cambiar en el Instituto Davidson: hay que buscar nuevas metodologías que quiebren con la tradición educativa, en nuestro caso aplicada a la ciencia, con actividades más participativas para que los alumnos exploren, inventen y experimenten con sus propias manos. Que se hagan muchas preguntas y descubran las respuestas junto con sus docentes. Eso implica cambiar el paradigma educativo.
—Usted creó varios centros de capacitación docente. ¿Qué capacidades y competencias debe tener el educador del siglo XXI?
—En este cambio de paradigma, el rol del educador pasa a ser otro: el docente deja de ser un mero transmisor de conocimientos para acompañar al alumno en su búsqueda. Hoy el profesor es más un guía que muestra el camino, que provoca la curiosidad en el estudiante, le ayuda a perder el miedo a fallar, le alienta a explorar y a buscar soluciones con la mayor libertad posible. No hay que ser tan protectores con el alumno ni pensar que son todos iguales; es fundamental no matar su curiosidad y dejar que use la imaginación. Así se generan niños más creativos.