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    ¿Nunca un Milei?

    Nº 2238 - 17 al 23 de Agosto de 2023

    La sorpresiva votación en las PASO de Argentina por el derechista Javier Milei parece reflejar al menos tres fenómenos políticos que les vienen ocurriendo a las democracias occidentales: el descrédito de los partidos históricos, el surgimiento de outsiders y la pérdida o el debilitamiento del centro político.

    Según el Latinobarómetro, en la región hay un “bajo apoyo a la democracia”, un “aumento de la indiferencia al tipo de régimen, preferencia y actitudes a favor del autoritarismo, desplome del desempeño de los gobiernos y de la imagen de los partidos políticos”.

    “Varios países están en estado crítico de su democracia, otros ya pasaron a no tener democracia”, indica en el informe.

    En aquellos gobiernos en los que se constata una “baja satisfacción con la democracia” hubo un “colapso” y un debilitamiento “de las élites”, lo que se representa en la figura de más de 20 presidentes condenados por corrupción y otros que no terminaron sus mandatos y “fuerzan su estadía en el poder rompiendo las reglas de la reelección”.

    Los resultados muestran que en Uruguay se registra el mayor porcentaje de adhesiones a la democracia (69%), seguido de Argentina (62%), Chile (58%) y Venezuela (57%).

    Sin embargo, a la hora de medir la confianza en los partidos políticos, estos tienen en Uruguay el 34% a favor, por debajo de otras instituciones como la Policía y las Fuerzas Armadas.

    En Uruguay no parece haber espacio para los outsiders; sin embargo, un nuevo partido, Cabildo Abierto, fue la sorpresa de las últimas elecciones con un fuerte liderazgo de su conductor, el general Guido Manini Ríos. Además, irrumpieron en escena candidatos ajenos a la política como Edgardo Novick, Juan Sartori y César Vega. Incluso el candidato colorado Ernesto Talvi no era un dirigente político en el sentido tradicional.

    Sí se constata en el país una cierta debilidad del centro político.

    En la coalición de gobierno, el desplome de Alianza Nacional tras la muerte de su líder Jorge Larrañaga y su fusión con sectores afines al Herrerismo fue un golpe al imaginario del centro. A eso se suma el debilitamiento del Partido Colorado y sus aspiraciones de representar el pensamiento socialdemócrata dentro del oficialismo y la siempre magra votación del Partido Independiente.

    En el Frente Amplio, los dos principales candidatos tienen tras de sí a los sectores de la izquierda tradicional: el Partido Comunista apoya a Carolina Cosse y el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros respalda a Yamandú Orsi. El astorismo aparece por ahora muy menguado.

    A esto hay que agregar que ninguno de los candidatos es, ni aparentemente lo será, líder de su partido.

    La suma de todos estos factores no necesariamente impide lograr políticas de Estado, pero al menos no juega en favor de estas, que hace años brillan por su ausencia en un sistema político dividido en mitades.

    Las posibilidades de consensos parecen estar más depositadas en la personalidad y el perfil de los candidatos, incluso para que algún eventual acuerdo sea avalado dentro de sus propias filas.

    En seguridad pública venimos de fracaso en fracaso y cualquier intento de hacer algo distinto choca con actitudes que tienden a ver el tema como un posible botín electoral, siempre sobre la base de lo mal que hizo las cosas el otro más que sobre los logros propios.

    En educación, donde el gobierno al menos se animó a recorrer el camino de una reforma, es una vergüenza que el sistema de partidos no logre acordar dos o tres puntos para que esa reforma tenga un poco más de fuerza y no sea impulsada solo por una de las mitades en que está dividida la ciudadanía a la hora de votar.

    En política exterior, un asunto que históricamente fue política de Estado, las diferencias son de énfasis y matices, pero diferencias al fin. La política exterior en su calidad de política de Estado se vio afectada, además, por la afinidad de los partidos locales con gobiernos regionales, según sean de uno u otro signo ideológico.

    En torno al régimen de la seguridad social, en un país con tasa negativa de natalidad y pobres resultados educativos, que atentarán contra los índices de productividad de aquellos trabajadores que tendrán que sostener cada vez con más esfuerzo a los pasivos, parece haber un consenso en que el sistema se encamina a una crisis, pero ya vimos en qué quedan los intentos por hacer una reforma de fondo, otro camino que este gobierno también se animó a transitar. Los intentos de una reforma más o menos profunda quedaron por el camino y el resultado solo asegura que en el futuro habrá que volver a meter mano si se quiere evitar una fractura del sistema previsional.

    En cada uno de los temas mencionados para que alguien gane otro tendrá que perder, al menos transitoriamente, pero nadie quiere pagar ese precio político. Pensar en medidas que fructifiquen con las décadas parece una quimera. Salvo algunas medidas adoptadas en la era posdictadura (CAIF, Ceibal), las consecuencias de la ineficiencia en políticas públicas se siguen sosteniendo en políticas sociales que tienen un siglo. ¿Quién logra ver hoy decisiones que en 100 años podamos seguir aplicando? ¿Quién visualiza un Batlle y Ordóñez, cuyas políticas públicas trasciendan a los partidos y se conviertan en un signo no solo de su tiempo sino que se mantengan activas con el pasar de los años? ¿Es que la dirigencia política no se da cuenta de la urgencia que reclaman algunos cambios y del penoso espectáculo que dan un día sí y otro también con enfrentamientos menores?

    Esta miopía política se da incluso en aquellos asuntos que no admiten dos visiones, en los que la ciencia ha demostrado que radica buena parte de nuestros males, como las carencias en la primera infancia. Lograr un consenso para darle prioridad y ordenar el gasto en esa área le llevó a la diputada frenteamplista Cristina Lustemberg seis años de negociaciones dentro y fuera de su partido. El tema, clave para el futuro de cualquier nación que aspire a reducir la pobreza, mejorar sus índices educativos y con ello la productividad que nos encamine al desarrollo, tiene tras de sí una escasa masa crítica, ya que no hay corporaciones o grupos de poder que lo impulsen. Los niños no votan.

    En los sectores sociales más deprimidos, donde más niños nacen, se ha constatado una gran labilidad en las preferencias electorales: del pachequismo al MPP y del MPP a Cabildo Abierto. Por un lado eso refleja un aspecto positivo de la democracia, que es la alternancia de partidos en puestos de poder, pero por otro debería ser un llamado de alerta sobre el cambio de cultura política de una parte del electorado, obligado por ley a votar, que ya no se siente representado por las corrientes histórica y parece dispuesto a dar su voto a candidaturas de corte individual o caudillista.

    Tras la recuperación democrática en 1985, se propalaba a los cuatro vientos que Uruguay era distinto a sus vecinos y que aquí no había corrupción; se negaban o relativizaban desde el sistema político los problemas vinculados al lavado de dinero proveniente del crimen organizado; de hecho, no se admitía tampoco la existencia del crimen organizado, o de sicarios, o de grandes narcos.

    Aun se sigue diciendo que aquí, con uno de los sistemas de partidos más antiguos del mundo, nunca surgirá un Milei. Pero nunca es mucho tiempo, y algunos de los que niegan esa posibilidad parecen trabajar todos los días para que sí ocurra.