—Marco Maggi escribió un texto para la muestra en el que vincula la obra con las matemáticas. ¿Cuál es ese vínculo?
—Si yo, por ejemplo, ahora tirara partículas al aire, y tuviera los instrumentos adecuados, podríamos ver su recorrido y que dibujan ciertas formas que también son las de los vientos y otros fenómenos atmosféricos. A esos movimientos se les pueden adaptar ciertas funciones matemáticas que se llaman ecuaciones diferenciales. La obra toma entonces elementos de la naturaleza y de las matemáticas. Para Bertrand Russell las matemáticas tenían una belleza fría y austera, como una escultura.
—¿Qué lo apasionó primero, las matemáticas o las artes plásticas?
—Las artes plásticas, desde niño. A los 13 años mi madre me llevó a profesoras que en aquella época eran vanguardistas. No encasillaban a sus alumnos, orientaban. Me enseñaron a ser libre. Después seguí con otros maestros y cuando entré al ámbito universitario, iba alternando las artes plásticas con mis estudios en Ciencias Económicas.
—Uno de sus maestros fue Nelson Ramos. ¿Qué recuerda de él?
—En 1989 estaba muy cansado en mi cargo del Banco Central y el arte ya quería su espacio. Empecé a ir al taller de Nelson Ramos. Fue un gran maestro y amigo, igual que Espínola Gómez. Con Nelson aprendí casi todo. Era un hombre fino, siempre me impulsó. El año pasado hubo una retrospectiva en el Museo Nacional de Artes Visuales que se merecía. Espínola Gómez me aconsejaba muy bien, sobre todo me infundió coraje, no tenerle miedo al espacio. También aprendí con Alfredo Testoni, quien, como todo fotógrafo, me transmitió la importancia de la luz.
—¿Y cuándo apareció la escultura?
—Empecé haciendo dibujo, collage, crayolas, pero en determinado momento, Ramos me dijo: “Te estoy observando y veo que te estás saliendo del plano. Pero seguí para donde quieras”. Entonces yo seguí y me fui saliendo del plano hacia el espacio. Me siento cómodo en el espacio. También aprendí de Marco Maggi, otro gran amigo a pesar de ser de otra generación menor que yo, con quien hablamos mucho. Y los viajes me han hecho cambiar. Fui algunas veces a Egipto y ahí le perdí miedo a la altura, al tamaño. Frente a la escultura de Ramsés II de 50 metros, pensé por qué me iba a temblar el pulso por una escultura de pocos metros. Me fui empapando de muchas influencias, pero siempre pensando que estoy en el camino. Porque el día que pensás que llegaste, probablemente empieza tu caída. Por eso siempre estoy escuchando y aprendiendo. Y eso lo aplico a todo. En mis clases siempre digo que sigo siendo un estudiante y los muchachos se ríen.
—Economía y arte parecen mundos muy distantes. ¿Cómo se vinculan?
—El común denominador es la creatividad, más allá de que cada disciplina tiene su método. En economía se está creando permanentemente, investigando cómo dar nuevas explicaciones a nuevos problemas. Hay que ubicarse en la situación, en el momento. Es como cuando entré a este espacio del Gurvich y tuve que pensar en la obra y también en el espacio. Hoy estamos muy preocupados, en particular en economía y ciencias sociales, por los cambios vertiginosos del mundo. Y nos preguntamos cómo introducir el arte, en el sentido de la creatividad, en la enseñanza. Hace 60 años el mundo era previsible. Hoy te levantás y no sabés qué va a pasar. Cuando enseño finanzas tengo la sensación de que estoy enseñando historia, porque cuando vayan a aplicar lo que enseño, el mundo será otro. Más que repetir lo que ya se sabe hay que enseñar a tener un compromiso con el conocimiento y a pensar creativamente. Entonces parecen disciplinas muy lejanas en métodos y en sensibilidad, pero no lo son. Siempre recuerdo lo que decía Charles Darwin, que las especies que van a sobrevivir no son ni las más veloces, ni las más fuertes ni las más inteligentes. Van a sobrevivir las que tengan capacidad de adaptarse al cambio.
—Su obra está en edificios oficiales en Uruguay y en ciudades del mundo. ¿Se imaginó llegar tan lejos cuando comenzó en el taller de Ramos?
—Nunca hay que creerse nada. La vida me ha llevado hasta aquí y me ha sorprendido. Me llamaron un día de Egipto para que una obra mía estuviera en la Biblioteca de Alejandría. Otra en la puerta de las Naciones Unidas, en Nueva York. Es una escultura que se llama Amaneciendo verticalmente. Un día un amigo me llamó para decirme que en la película La intérprete, con Nicole Kidman, enfocaban mi escultura. Kidman pasaba varias veces frente a la escultura y el fotógrafo hacía foco en ella. Yo no había visto la película y me sorprendió bastante.
—Tiene varias obras con madera en lugares al aire libre. ¿Les hace algún tratamiento para que no se deterioren?
—No le hago ningún tratamiento a la madera. La dejo allí y respeto su historia. Hay obras que las he vuelto a ver y siguen lo más bien a la intemperie. En Venecia tengo una y a pesar de ser una ciudad muy húmeda, no le pasa nada. En ese momento trabajaba con maderas texturadas. Hay otra en Potsdam, Alemania, que se cubre de nieve y cuando la fui a ver la última vez estaba igual que siempre. Es increíble.
—En el Parque de las Esculturas las obras están abandonadas. Usted le quitó una parte a una de sus piezas. ¿Por qué lo hizo?
—La saqué porque tenía miedo, sinceramente, de que por algún acto de vandalismo alguien la tirara y ocurriera un accidente. La tengo en el taller y pesa 600 kilos. Es una obra en hierro y madera que remata con esa parte, también de madera, que saqué. Dejé el resto y cuando el parque esté en condiciones de seguridad, con mucho gusto la voy a devolver. Frente a la mía hay una obra de María Freire, muy deteriorada. También en la de Ramos hicieron cualquier cosa. Sé que la situación del parque está en la agenda para hacer algo, y ojalá que sea pronto.
—¿Fue difícil para usted aceptar la presidencia del Banco Central?
—La llegada de la democracia fue difícil: deuda externa, empresas quebradas, déficit impresionante, 100% de inflación… Siempre me interesó la política como manifestación social y cultural, pero el ejercicio de un cargo no era lo que me hacía sentir más cómodo. Me llamó Sanguinetti en un momento especial y para mí fue un halago. Y hay veces en la vida en las que no se puede decir que no. Pero cuando terminó el período me quería ir, quería volver a la facultad y a mis obras, a mis pasiones.
—Sin embargo, regresó en el segundo gobierno de Sanguinetti, aunque por un año. ¿Por qué abandonó?
—Cuando me fui del banco en 1990, no daba más. Entonces cuando me llamó Sanguinetti de nuevo le dije que entraba solo por un año. Él me quería convencer, me decía que los mercados me tenían confianza y que me apreciaban todos los partidos, que la venia me la habían dado siempre con muy buena votación. Él debe de haber pensado: “Después de que entra, este se queda”. Pero yo ya tenía un compromiso para exponer en la Alianza Uruguay Estados Unidos. Nelson Ramos me había dicho en 1994: “Sos el que tendrías que exponer y nunca me has dicho si lo querés hacer. Te aclaro que ya te conseguí el lugar y la muestra va a ser en mayo de 1995”. Además, tenía un compromiso con mi familia y con mi mujer. Había sido amenazado de muerte en mi primer período en el banco. A los 20 días de haber asumido se cayó el Banco de Italia en Buenos Aires y nosotros teníamos una sucursal acá. Al mes y medio o dos meses me empezaron a amenazar a mí por teléfono. Luego se extendió a mi esposa y a mis hijos.
—¿Por el quiebre del Banco de Italia?
—Sí, yo me imaginé que era alguien afectado y efectivamente lo era. Duró unos seis meses. En ese momento vivíamos en un apartamento y teníamos custodios todo el día, 24 horas. Mis hijos, dos mujeres y un varón, iban al colegio y, como todo niño, no querían que los llevara ni que entrara con ellos. Imaginate que de golpe tenían que ir con custodia. Hasta que el juez autorizó “pinchar” el teléfono. Cuando llamaba la persona había que dejarlo descolgado. Quien atendió la vez que lo pincharon me contó que sentía el recorrido de la llamada en las subestaciones de Antel, hasta que llegaron al teléfono desde el que hacían las amenazas. Era un depositante del banco que no estaba bien mentalmente.
—¿Su primera exposición fue decisiva para dejar el cargo?
—Cuando recibí la llamada de la Alianza Uruguay Estados Unidos para decirme que en un mes tenía la muestra, fui a hablar con Sanguinetti. Tenía temor de que pasara algo porque era el presidente del Banco en ejercicio. Era mi primera muestra y Ramos me había dicho que era como sacar la cédula de identidad. Sanguinetti me impulsó y no hubo ningún problema. Al contrario, tuve muy buenas críticas. Además, para octubre había acordado otra muestra en Buenos Aires. Entonces, cada 15 días le recordaba a Sanguinetti que me iba. “Ni me hables”, me decía. Después lo fui convenciendo hasta que me dijo: “Traeme nombres”. Ya tenía una lista, pero a todos les ponía un “pero”. En un momento le dije: “Sinceramente, presidente, no le sirvo más”. Igual me puse a disposición como lo hice con todos los gobiernos de otros partidos. El sucesor fue Humberto Capote, que en ese momento era el vicepresidente. En casa gané puntos como loco, dije que iba a estar un año y al año dejé el cargo.
—¿Le han pedido consejo funcionarios de otros partidos?
—Siempre, hasta el día de hoy me piden consejo. Después de tantos años uno termina siendo como parte del mobiliario (se ríe). Hay una cultura en el Banco que es la de la discreción. Yo me puedo sentar con el presidente para hablar y la cosa termina ahí, nadie lo sabe, nadie se entera. Esos cargos te dan mucha soledad, más allá de afectos y lealtades y de todo el manejo técnico que tengas alrededor, a la hora de tomar la decisión estás solo. Sabés que si te equivocaste, no solo afectaste la vida y el bienestar de una cantidad de gente, sino que fuiste el único responsable.
—¿Es militante del Partido Colorado?
—No, nunca milité en nada, solo votaba. Siempre fui batllista, del batllismo con sensibilidad social. Eso me mantuvo cercano a otros partidos. Nunca hice nada para tener un cargo, me fueron a buscar.
—¿Fue docente o compañero de quienes hoy tienen a cargo la economía del país?
—Con Danilo Astori trabajamos en la Facultad de Ciencias Económicas y él fue quien me impulsó para que integrara el Consejo de la Facultad, aunque yo no quería. Eso fue en mayo de 1973, un mes antes del golpe militar. Después llegaron las Fuerzas Armadas y hasta hoy recuerdo cuando hicimos salir a los estudiantes del salón para que no los detuvieran. Vivimos muchos momentos que afianzaron el vínculo. Con los más jóvenes del equipo fui docente porque todos tenían que pasar por Finanzas en la Facultad.
—¿Cree que es más fácil dirigir el Ministerio de Economía ahora que en su época?
—Siempre son cargos muy exigentes y estresantes porque se tienen que manejar recursos escasos y las necesidades son muchas. Hay que tener un gran temple, sobre todo en el momento del Presupuesto, cuando se reciben las llamadas desde los ministerios con sus prioridades.
—Uno de sus libros se llama En busca de la confianza perdida. ¿Sigue vigente?
—Sí, claro. Lo escribí con mi hijo Pablo, que es psicólogo, después de la crisis en Estados Unidos de 2007-2008. Ahí planteamos cómo influye el aspecto psicológico en la confianza. Por ejemplo, hacer política económica hoy en Argentina es muy difícil porque no se sabe cómo va a reaccionar la gente que está afectada en forma muy sustantiva a nivel psicológico. Por eso hay un área que se llama Economía Comportamental. Es una materia que dicto con mi hija Gabriela en la facultad. Tratamos cómo la gente toma decisiones en un mundo donde la confianza está “toqueteada” y las políticas económicas son difíciles de llevar adelante. A la confianza se llega subiendo por escalera, pero se baja por ascensor.
—¿Y cómo ve la economía del país?
—La economía depende de ciclos, y este no es el mejor ciclo. Pero la economía está bajo control en manos de gente competente y honesta, tanto en el ministerio como en el Banco Central. Claro que lo que ocurre en el barrio, en Brasil y Argentina, no ayuda nada. En comparación, Uruguay es una maravilla. Yo me siento orgulloso, sé que hay mucho para arreglar y mejorar, pero tener una institucionalidad fuerte es una garantía. Siempre digo que Uruguay fue un invento inglés, del mismo embajador, Lord Ponsomby, que inventó los Países Bajos. Pero no es lo mismo estar entre Alemania y Francia que entre Argentina y Brasil.