Uno de estos jóvenes, que ya asoma en el universo de la pintura y que se ha hecho conocido por sus obras, firma como Joaquín Lalanne, vive en Cadaqués, es uruguayo y tiene 24 años. En el año 2009 ganó la beca de la Fundación Antonio Gala, donde antes había estado otro joven de nota, Santiago Paulós, y desde entonces ha participado de muestras colectivas en Montevideo (Taller Clever Lara), en Córdoba (Andalucía), en Ciudad Real y en Cadaqués (Cataluña); más las exposiciones individuales (2011 y 2012) en la Galería Espai D’ Art (Cadaqués), con un éxito de público y de la crítica especializada que lo catapultó fuera de Cataluña, como en el artículo que le dedica en la prestigiosa revista “Tendencias” —diciembre 2012, Nº 58— el presidente de la asociación de críticos de arte de España, Tomás Paredes. Por si todo esto fuera poco, ha vendido todo lo expuesto y puede vivir de la pintura; dicho de otra manera, puede disfrutar su pasión, su modo de ser, su realidad cotidiana.
—¿Cómo nace su interés por la pintura?
—Siempre me gustó dibujar, pero lo hacía realmente muy mal. A los catorce años empecé a estudiar orfebrería. Desde chico quise evitar un trabajo estándar, de oficina o qué sé yo; y esto de ser orfebre cumplía mis expectativas de un trabajo “libre”. Así fui a dar con Francisco Solari, que es un orfebre muy bueno y da clases; con él comencé a ver arte primitivo africano y a sacar algunos diseños para hacer piezas. Un día cayó en mis manos un libro de Gauguin y quedé como loco. Después fue uno de Picasso y así, cada vez más, empecé a interesarme por la pintura como un espacio de libertad; se puede decir que soy pintor para ser libre; lo que no significa levantarse todos los días a las once de la mañana, al contrario, hay que trabajar y estudiar mucho, y cuando no lo hacés, el único que pierde sos vos. La etapa con Solari fue decisiva, sin duda. Allí comencé a hacer cuadros con maderas caladas. La sierra de calar se usa mucho en orfebrería y Francisco me había enseñado a usarla. Yo sacaba figuras de la iconografía de Torres Garcia, las calaba en madera y me armaba mis propias composiciones: hombres, mujeres, botellas, anclas, relojes; todo era para expresar mi historia, todo tenía un significado (el que yo le asignaba, por supuesto). Y en esa época, cuando recién arrancaba a hacer estos cuadritos, mis viejos me llevaron a pintar con Miguel Herrera y entonces recién me compré las primeras pinturas y los primeros pinceles. Mi vieja me armó un tallercito en un altillo en el garaje de la casa, donde me pasaba todas las horas que podía después de ir al liceo.
De todo el proceso de aprendizaje y de realizaciones concretas, ¿qué rescataría de cada uno de sus maestros y orientadores?
Cada uno de los artistas con los que estuve me enseñó algo distinto. Con Miguel, por ejemplo, viví directamente lo que es la dinámica del pintor: estar solo en el taller y enfrentarme al trabajo fue muy importante, porque después, cuando tenés tu propio taller, no es fácil pasarte todo el día solo aunque sea parte del oficio. Además, Miguel es un tipo muy divertido para crear, tiene humor, igual que Iturria; son tipos divertidos pintando; y yo creo haber heredado un poco eso de ellos dos. Con Miguel compartí el taller en Cadaqués hace dos años: fueron 5 meses de pintar todos los días, mano a mano, él y yo. Ahí realmente aprendí muchísimo, porque el contacto diario muy cercano, los consejos y los “truquitos” que uno va integrando, enriquecen todo lo que vas haciendo. Después estuve con Álvaro Amengual, el “Pelado”. Era un tipo que me escuchaba mucho. Creo que lo más importante fue poder hablar todo el tiempo de pintura y de pintores clásicos, como Velázquez o Vermeer; me parece que me educó en lo que es la historia del arte o, por lo menos, me dio buenas bases. Y con Clever pasó algo parecido a la experiencia con Amengual, aunque el primero se preocupaba más por las composiciones y los aspectos más formales de la pintura, y, sobre todo, leí algunos libros que recomendó en el taller. Esto ha sido clave para ahora poder construir imágenes. Por otra parte, Oscar Larroca fue para mí un tipo totalmente decisivo, lo considero un gran docente; fue quien me enseñó a dibujar; yo ya dibujaba antes, claro, pero con Oscar hubo un cambio radical. Él da clases muy personalizadas. Lo que avancé en dos meses me habría llevado años. Además, cuando gané la beca de la Fundación Antonio Gala, Oscar me ayudó a escribir un proyecto de trabajo donde, a grandes rasgos, estaba la esencia de lo que sigo haciendo ahora. Y otro pintor muy importante para mí es Antonio Pitxot, un catalán que fue muy amigo de Dalí y que lo acompañó los últimos 15 años de su vida. Además de ser un gran pintor y reconocido por su oficio, es una persona muy culta. Estando acá tuve la fortuna de conocerlo; lo visito todas las semanas y hablamos de pintura o me cuenta anécdotas con Dalí, o me presta libros para que lea y después los comentamos. Creo que es un gran privilegio poder contar con su amistad.
—¿Qué significó, más tarde, arribar a Cadaqués y poder pintar en el taller de Ignacio Iturria?
—Con Iturria estuve un mes en el año 2008. Fue una experiencia extraordinaria porque para mí Ignacio era —y es— un ídolo. Recuerdo que cuando llegué me saludó y me dijo: “Bueno, ponete a pintar; después capaz que hablamos…”. Por cinco días no me habló… Hasta que vio que yo iba en serio y que me pasaba todo el día pintando igual que él; a partir de ahí me abrió las puertas y comenzó a mostrarme cómo armaba los cuadros, cómo surgían las ideas. Realmente fue algo único. Por otra parte, la obra de Ignacio es, por lejos, la que más me marcó. El mundo que él se armó siempre me resultó fascinante, sobre todo porque tiene reglas internas, y eso yo lo he aplicado a mi obra: para ser libre tiene que haber reglas. Dalí decía que la libertad solo podía existir bajo un régimen monárquico. En el año 2010, después de concluir la beca en la ciudad de Córdoba, me vine nuevamente a Cadaqués (Iturria ya no estaba) y, gracias a la generosidad de Miguel Herrera y del galerista Juan Risso, pude incorporarme a la galería Espai d´Art que armaron ambos y que ahora dirige Juan. Y eso también se lo debo a Ignacio Iturria y a su entorno, porque confiaron en mi y me dieron la oportunidad de exponer.
—Yendo a su obra resultan evidentes los elementos pictóricos del surrealismo y del arte pop; sin embargo, el resultado marca otras tendencias, otros conflictos y otras soluciones. Visto así ¿se animaría a definir su estilo con un “…ismo”?
—En cuanto a la obra creo que el resultado es imposible encasillarlo en un “ismo”; no, no me la juego. Me resultaría imposible. Hay elementos pop (surrealistas menos), pero también hay del arte povera, sobre todo en los aspectos arquitectónicos de la obra: las construcciones son de cartón, de maderitas, se sujetan con cintas, clavos, todos son elementos pobres, no son nobles ni de calidad. Esto lo hago siempre como metáfora de la fragilidad de nuestras vidas; y los personajes son ajenos a eso, como nosotros; como decía Unamuno, hay una ignorancia necesaria para poder vivir. También hay muchas referencias a la pintura clásica en mi obra: Rubens, Tiziano, Vermeer, Velázquez, Courbet, en fin, todo eso mezclado soy yo, digamos. Lamentablemente, no con la calidad de Tiziano, pero bueno… compenso mi falta de talento con un gran empeño.
—La aparición de la perspectiva como técnica representativa del volumen y de la realidad marcó un hito en la historia del arte; pues bien, en su obra ¿qué papel cumple?
—En cuanto al uso de la perspectiva, creo que es una herramienta más. En mi caso la utilizo para que los cuadros sean más creíbles; la sensación de cuadro-ventana me gusta, además, el espacio que genera me resulta muy atrayente para que allí se desarrollen las “historias” de los personajes. En definitiva, la perspectiva únicamente es un elemento de construcción más.
—El uso del espacio, de la luz y de las texturas de los pisos y de las paredes también está tratado adrede para crear un clima, para representar una situación e, incluso, para contar una historia. ¿Cómo se vive ese proceso y cómo decide usar usted cada elemento?
—Los cuadros surgen luego de un estudio previo muy intenso, voy probando distintas disposiciones de “paredes”, lo ilumino de distintas maneras, pruebo con distintos elementos hasta llegar a una composición que me guste y se adapte a lo que quiero pintar. A veces, el “escenario” está condicionado por lo que previamente quiero pintar y, otras veces, me sugiere una historia que a la hora de armarlo no tenía clara.
—¿Cómo es un día de trabajo artístico en Cadaqués?
—Mis días son todos parecidos: me levanto siempre antes de las ocho de la mañana, pinto hasta las 13:30, cocino para mi novia Verónica y para mí, comemos y a las 15:30 estoy pintando de vuelta hasta la noche. Más o menos siempre es así.
—¿Cuáles son sus metas a corto y a mediano plazo?
—No sé qué decir. En realidad, la única meta que tengo es seguir trabajando cada vez con mayor rigor y responsabilidad; creo que lo demás viene solo. La meta es poder pintar todos los días. Si esto pasa no hay que preocuparse de nada más.
—¿Un desafío?
—Ser siempre lo más exigente posible conmigo mismo y con mi trabajo.
—¿Un logro?
—No sé a futuro qué puede ser. Pero el hecho de tener veinticuatro años y vivir desde hace tres de la pintura es un paso muy importante.
—¿Una preocupación?
—Como sé que mi campo de acción es reducido, diré que me preocupa que las personas de mi entorno estén lo mejor posible.
—¿Sus pintores preferidos?
—Tiziano, Vermeer, Dalí.
—En otras artes nómbreme a un escritor, a un cineasta, a un escultor y a un músico.
—Hemingway, las primeras obras de Woody Allen, el divino Miguel Ángel y, entre los músicos, están Beethoven, Schubert y el Canario Luna.
—¿Un ídolo fuera de las artes?
—El Chengue Morales: juro que era mi sueño que me hicieran esta pregunta.