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El joven interlocutor recién iniciado en la escucha de música clásica, se asombró cuando vio la cantidad de CDs que tenía en mi casa. Preocupado por algunas pilas fuera de lugar, le expliqué que eran las últimas compras aún sin un lugar físico de destino. Me dijo entonces que él no tenía este problema porque escuchaba música clásica en “la nube”. Pensando que estaba ante una solución definitiva al problema de espacio, le pedí que me explicara cómo funcionaba esta tecnología. Supe entonces que hay varias nubes de música, aunque la mayoría de ellas funcionan solo dentro de los límites de Europa o de EEUU. Dentro de nuestro país es posible acceder a la nube estadounidense Spotify que, según mi amigo, tiene absolutamente todo.
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Moderé el impulso de entrar de inmediato a Spotify. Pasaron varios días en los que, mirando las estanterías de CDs, me preguntaba si todo este afán de coleccionista durante años había sido inútil y ahora podría escuchar lo que quisiera y al mismo tiempo liberar paredes y espacios de la casa. Por otra parte era inevitable la comparación con lo que ya había ocurrido hace unos años con los libros. Yo mismo, poseedor de un libro electrónico, alterno la lectura en ese soporte con la lectura en papel y aunque prefiero todavía esta última, debo admitir la enorme utilidad del libro electrónico para almacenar y transportar lectura. ¿Cómo congeniar entonces la comodidad de la nube con el dolor del eventual desprendimiento material de aquello que ha sido objeto de trabajo y dedicación de una vida?
Las dudas se fueron disipando después de unas pocas incursiones en Spotify. La página web tiene una buena presentación. Dentro del género de música clásica se abren varios sub géneros. Cuando uno busca una obra o un artista, se despliegan las tapas de los discos cuya audición se ofrece, aunque esa imagen está recortada en los costados y muchas veces no se pueden leer los nombres completos de los intérpretes. En el caso de un intérprete muy conocido, se abren varias opciones con distintas grabaciones. Es evidente que se trata de una puerta de entrada importante para todos aquellos que quieran acercarse a la música clásica. Por una módica suma de seis dólares mensuales se puede acceder a una enorme discoteca y se pueden guardar en la computadora aquellas obras que el oyente prefiera.
Hay otras opciones de sitios. Musopen.org es solo de música clásica, pero con varias falencias: cuando se trata de música para piano dice quién es el intérprete, que por lo general no es de primera línea; cuando es sinfónica, se menciona el sello de grabación pero no se informa ni la orquesta ni el director; Gustav Mahler, por ejemplo, tiene solo cuatro obras; Ferruccio Busoni ni figura.
El sitio Musicovery.com tiene un motor de búsqueda que presenta alguna obra del compositor buscado, mezclada aleatoriamente con otras obras de otros compositores que nadie dio la orden de buscar. No hay información de orquestas ni de directores. En comparación, y siempre para música clásica, Spotify es mejor que cualquiera de estos.
Como es natural, para aquellos ya iniciados en el campo clásico con varios discos y conciertos encima, es probable que la nube, en las diferentes versiones aquí reseñadas, no satisfaga sus intereses. Hay una primera cuestión que es casi táctil: así como quien lee un libro electrónico puede extrañar el hecho de pasar las páginas con los dedos, quien selecciona y escucha música en la nube seguramente extrañará el hecho de tomar los CDs con las manos, leer el lomo de cada uno buscando un artista o determinada versión de una obra. Extrañará también la ausencia de información: mientras la gran mayoría de los CDs clásicos vienen con un librillo que aporta información interesante sobre las obras, el autor, el intérprete, la fecha de la grabación, etc., en la nube deberemos conformarnos con la fecha de edición del CD (que no es lo mismo que la fecha de grabación de la obra) y a veces, no siempre, con una brevísima nota biográfica del intérprete. Y si hablamos de ópera, en la nube la ausencia del libreto priva al oyente de un elemento sustancial de apreciación. También es bueno consignar que una ópera del calibre de Don Giovanni tiene en Spotify más de ochenta versiones diferentes y que por otro lado resulta curioso que no se haya podido encontrar más que una versión de la Novena Sinfonía de Beethoven, que además aparece con los surcos de los distintos movimientos en desorden.
En definitiva, el doble propósito de estas líneas es informar a todos aquellos que quieran comenzar a frecuentar la música clásica, que Spotify es una buena opción para ese comienzo; y a aquellos que tienen su casa tapizada de CDs, que no se alarmen y sigan disfrutando de su colección. Por ahora, las nubes pasan de largo y la tormenta se aleja.