“Si alguien se acuerda de mí, que sea con este disco”

Gonzalo Deniz describe Canciones de amor para el fin del mundo, el disco que Franny Glass, su proyecto solista, presenta el jueves 16 y el viernes 17

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Nº 2139 - 9 al 15 de Setiembre de 2021

entrevista de Javier Alfonso

Un lector desprevenido de esta entrevista puede llegar a pensar, con toda lógica, que su protagonista es un escritor hablando de su cuento o su novela. Personajes, frases disparadoras, envolver tramas. Por algo estamos hablando de un caballero que hace ya tres lustros eligió el nombre de un personaje de Salinger (Franny y Zooey) para bautizar su proyecto solista. Canciones de amor para el fin del mundo es el nombre del sexto disco de Franny Glass, sin contar las bandas sonoras de los filmes Rincón de Darwin (2013) y La teoría de los vidrios rotos, publicada días atrás.

Esta semana se convirtió en uno de los tres álbumes con más nominaciones para los premios Graffiti, junto con los de Florencia Núñez y Martín Buscaglia. Obtuvo siete nominaciones: Álbum del año, Compositor, Productor (Deniz), Solista masculino, Pop alternativo, Tema del año y Canción de música popular uruguaya (Tu nombre tatuado).

El nombre y el concepto del álbum, estrenado a fines de 2020 en el peculiar formato de una canción por semana durante casi dos meses, surgió del juego de pensarlo como si fuera el último de su carrera. Durante el proceso de edición se instaló la pandemia y, lógica e inevitablemente, el nombre se resignificó. Pero el cantautor se esmera en aclarar que la idea era previa. 

Deniz viene de una serie muy intensa de grabaciones, desde Mersey, su banda fundacional, su carrera solista como Franny Glass y el trío El Astillero, que integró durante los últimos años con Garo Arakelián y Diego Presa, proyecto que llegó a su fin. Un disco cada uno o dos años durante los últimos 15 años.

Con una formación de siete instrumentistas (guitarra, bajo, batería, piano, cuerdas y vientos), Franny Glass tocó las canciones de este disco durante ocho domingos consecutivos en La Cretina, en 2019. De inmediato, entraron al estudio, con los temas bien fogueados. Y eso se aprecia con nitidez en el disco, grabado con el mismo formato de banda que en esos toques, y que suena muy bien ensamblado, como si estuviese grabado en vivo. “Ese rodaje previo era algo que nunca había hecho antes, que quería darle a la banda y que es muy difícil de hacer en Uruguay. En los hechos fueron ensayos abiertos al público. Quería tener la chance de equivocarnos y corregir frente al público; creo que eso le dio mayor sustancia al proceso de trabajo”.

Cinco meses después de lo previsto originalmente (razones obvias), Franny Glass presenta su nuevo disco el jueves 16 y el viernes 17 en La Trastienda. Seis meses después de la entrevista que el músico mantuvo con Búsqueda, a continuación, va lo medular de la charla.

—En este disco asumís un rol vocal diferente, más de crooner; el sonido es más luminoso que el de tus discos anteriores, más austeros y minimales, y tu emisión vocal suena más expansiva, como la de un frontman. ¿Cómo trabajaste este nuevo concepto sonoro?

—Intenté crear un personaje en el disco, tanto sonoro como escénico. Mi idea es la figura del frontman. Con el tiempo me acostumbré a cambiar cosas de un disco al otro, en los arreglos, en el sonido, en la composición, en la manera de cantar. Y cuando empecé a pensar en el siguiente a Desastres naturales me di cuenta de que la música que estaba haciendo estaba bastante alejada de la música a la que recurría como escucha. Lo que cantaba era muy distinto a esa música que iba a buscar como un motor, la que me reconfortaba, la música que era mi refugio. La música tiene para mí una función sanadora en la vida de las personas y me propuse hacer un disco que se pareciera a lo que yo quería escuchar en ese momento. Sin pensar en lo que debería hacer sino en qué música quería y necesitaba hacer. Empecé con un juego: si este fuera mi último disco, ¿cómo sería? De ahí surgió el título, Canciones de amor para el fin del mundo. Si quiero que alguien se acuerde de mí, que sea con este disco. Sin ser dramático, quise jugar a eso. Y entonces me permití hacer cosas que nunca había hecho, como no tocar la guitarra y dedicarme solo a cantar, con una banda atrás, en un plan pop de cámara, con vientos y arreglos de cuerdas además de la base tradicional.

—Eso le dio un aire más orquestal al disco…

—Sí. Son canciones quizá menos cerebrales, que buscan más directamente la emoción. Sentí que me estaba poniendo muy cerebral y necesitaba buscar algo más urgente. Por un lado quería ese sonido más barroco, con vientos y cuerdas, pero al mismo tiempo buscaba un espíritu más punk, en proponer tocar mucho las canciones y después ir a un estudio y grabarlas del mismo modo, como nos estaban saliendo. No quería estar en el estudio como en un laboratorio. Quise ser menos minucioso y más enérgico. Cuando tenía las canciones elegidas me di cuenta de que casi todas giraban en torno a la idea del amor, y por eso llevé esa idea al título.

—No te querías guardar nada…

—Tal cual. Más temprano en mi carrera podía pensar en arreglos como estos, pero no tenía cómo plasmarlos. Ahora, por primera vez en mi carrera dispuse de la banda para hacerlos.

—Tuviste dos hijos en los últimos cinco años. ¿En qué medida influyó la paternidad en tus últimos discos?

—Es imposible que un cambio como ese no me transforme. Pero lo cierto es que los dos discos que hice ya con hijos son muy distintos. Desastres naturales es más frío y new wave y este tiene un sonido más natural. Tener hijos te cambia toda la rutina y eso te cambia, quieras o no. No estoy hablando de hacerle una canción a mis hijos, sino del valor del tiempo. De todos modos yo tengo un “tiempo de oficina” para componer, sentado frente a la computadora. Pero el 70 u 80% del tiempo estoy haciendo cosas como trasladándome entre lugares, lavando los platos, ordenando cosas o tendiendo la cama. Entonces, tener hijos chicos te lleva a pasar más tiempo durmiendo un bebé o calmándolo, con la luz baja, y en esos momentos, a veces, también aparece la música (ríe). 

—Entonces la crianza puede estimular al compositor…

—¡Sí, claro! Como el proceso de este disco empezó en 2019 yo pensaba que iba a estar un buen tiempo sin componer nada nuevo, pero este año, durante enero y febrero compuse un disco nuevo, y lo hice todo con la guitarra, en casa, frente a mi hija chica, que estaba en su sillita. Todo lo que sonaba le llamaba la atención, así que fue una creación muy particular. Así que por más que no sea algo consciente y no le cante a “ser papá”, porque nadie querría escuchar un disco así ni yo querría hacerlo (ríe), sin dudas que eso forma parte de lo que uno es.

—Decís que tenés trabajo “de oficina”. ¿En qué consiste eso que parece lo opuesto a la tarea de un creador?

—Consiste en sentarme frente a la computadora a ordenar racionalmente cosas que surgieron de manera más espontánea. Está lo que se puede parecer a la inspiración y después está la bajada al papel, o a la pantalla. Ese trabajo “administrativo” comienza por empezar a visualizar qué tipo de disco tengo ganas de hacer. Porque desde hace un buen tiempo ya compongo pensando en el conjunto del álbum; me cuesta mucho hacer canciones sueltas. No puedo separar la canción del contexto. En este último disco que hice este verano, quise que fuera muy vocal, que tuviera menos instrumentos y que fuera más rítmico. Después empecé a pensar melodías, a tirar toques de guitarra y a probar cosas sueltas, cómo queda esta frase acá o allá. Cuando tengo una cantidad de ideas musicales acumuladas empiezo a cruzarlas con las frases sueltas que tengo anotadas y veo cómo combinan. Ahí la canción empieza a cobrar forma y carácter. Pasa del tarareo a las palabras, la cosa más concreta. A todo eso le llamo “trabajo de oficina”. Pero antes está todo lo otro, lo más importante, cuando pienso las ideas; puede suceder andando en bicicleta o lavando los platos.

—¿La escritura de las letras siempre está por separado a las músicas o pueden surgir juntas?

—Casi siempre vienen por separado. Antes era un esclavo de la melodía: la letra tenía que respetar sí o sí esta melodía, incluso si tenía que forzar el acento de una palabra. Ahora busco un punto medio y la melodía también se adapta, puedo transformarla de acuerdo a las palabras que elegí previamente. Las palabras también pueden moldear la melodía e incluso modificarla. Ahora entiendo la melodía como una referencia, hasta que lleguen las palabras. Esto lo he reflexionado bastante en los talleres de creación de canciones que empecé a dar hace un tiempo. Hacemos ejercicios en los que jugamos a trabajar sobre andamios. Elementos que te ayudan a construir la canción, y sucede que muchas veces, cuando la canción está terminada, podés prescindir de ellos. Una frase me puede llevar a escribir toda una canción porque quiero llegar a esa frase y al final me puedo dar cuenta que esa frase concreta ya no funciona. Es muy curioso, y me pasa muy seguido.

—¿Te viene a la mente un ejemplo?

—La otra vez tenía una idea musical y me gustaba mucho una frase que se usaba mucho cuando se estrenaba una película: “Solo en cines”. Me gustaba jugar con la idea de alguien que pasaba las noches solo, en cines. Siempre me gustó la ambigüedad entre lo metafórico y lo literal, entre lo cotidiano y al mismo tiempo muy trascendente. Y ahora que la RAE le sacó el tilde a solo, mejor aún.

—Eso recuerda a tu canción Libertad y Obligado, que juega con los conceptos de esas dos palabras y las junta con esa esquina de Pocitos…

—Es un ejemplo de lo que me gusta cuando confluyen dos mundos muy diferentes en torno a las mismas palabras. Lo más simple y las grandes preguntas de la existencia.

A cualquier parte, por favor, título de una de las canciones del disco, parece una frase dirigida a un taxista, surgida de una película...

—Sí, puede ser. Es una canción-escena, muy visual. En esa canción está el origen de la idea de hacer un video clip para cada tema del disco con un rostro diferente (Inés Bortagaray, Noelia Campo, entre otras). En esa canción pensé en personas en autos, o en ómnibus o en la parte de atrás de un taxi. Por más que no está explícita en la letra, esa imagen que mencionás es la que uno se imagina con esa frase. Alguien que quiere ir a cualquier lado menos a su casa.

—Tu obra tiene una fuerte impronta literaria, con los títulos de tus letras y tus discos bien simples, llanos, llenos de imágenes concretas y reconocibles como Bailar lentas o Tu nombre tatuado. Si bien hay riqueza poética y misterio en tus letras, da la sensación de que no te interesa ser críptico o ultradifícil en un plan Indio Solari…

(Hace un silencio). La canción cobra vida cuando la estoy haciendo. Nunca me sucede eso de tener claro de qué voy a hablar y después encuentro la mejor manera de decirlo. Me cuesta mucho proponerme hacer una canción a algo concreto y hacerlo, sino que el tema me surge cuando me pongo a escribir. Muchas veces lo que queda terminado es muy distinto a lo que me imaginaba al inicio. En A cualquier parte, por favor estaba todo claro. El personaje apareció claramente y también cómo se siente. Y tenía que llevarlo adonde este río se convierte en el mar o donde la vía abandona el matorral. Me divierte lo lúdico de escribir, encontrar la situación. También me gusta ver la canción desde afuera y hacer un comentario sobre la canción misma. Como en Bailar lentas: encontrar el disparador y después darle vueltas con imágenes que me resultan humorísticas. Trato de encontrarle el humor a situaciones comunes de la vida.

Vida Cultural
2021-09-08T23:47:00