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    “Una tumba me tranquiliza”

    La periodista y escritora argentina Mariana Enriquez presentó Las cosas que perdimos en el fuego en la Feria del Libro

    Todavía se viste de negro y tiene una mirada penetrante, como cuando tenía 21 años, era una muchacha medio punk y medio gótica y había escrito en un cuaderno su primera novela, Bajar es lo peor. Aquella historia de jóvenes de sexualidad ambigua, que deambulaban en la noche bonaerense en busca de drogas y sexo, tenía algo más que una aventura juvenil de tono vampiresco: estaba escrita con buenos personajes, buenas imágenes y con un clima inquietante que derivaba en momentos de terror. El libro fue un éxito y Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) siguió escribiendo y a la vez estudiando periodismo. Hoy es subeditora de la revista Radar del diario Página/12 y una de las escritoras más renovadoras de su generación. Ha escrito tres novelas y dos libros de cuentos, además de un perfil periodístico sobre Silvina Ocampo y un libro de crónicas sobre cementerios: Alguien camina sobre tu tumba. Su último título es Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), un conjunto de cuentos que ella define como de “terror urbano”. Enriquez lo presentó en la Feria del Libro y explicó cómo se originaron estos relatos que primero se publicaron en revistas o en antologías: “Quería traducir el género de terror que tiene una abrumadora y poderosa tradición anglosajona. Quería saber con qué cosas trabaja esa literatura y cómo podían funcionar en nuestro idioma. Descubrí que hace 40 años que los escritores anglosajones están haciendo literatura con los miedos de la sociedad y lo mezclan con la tradición del horror”. Lo otro que quería hacer Enriquez era cambiar la figura de la mujer para que no fuera siempre el personaje “al que hay que salvar”. En sus cuentos casi no hay hombres: el protagonismo y la voz la tienen las mujeres, que son góticas, brujas o adolescentes autodestructivas. Es un libro que transmite los miedos que se sienten hoy, pero que vienen de muy lejos. Es un libro que huele a Riachuelo y a carne quemada. Es un libro difícil de olvidar. El año que viene, Enriquez publicará con Penguin Random House su próxima novela, que, según ella, “tiene otra onda, es más fantástica y un poco más juvenil”, explica antes de empezar la entrevista.

    —Han calificado tu literatura como fantástica, gótica, de realismo sucio o de terror moderno. ¿Cómo la definirías?

    —Hago un terror poco tradicional, de alguna manera un terror realista. En otras literaturas le dicen horror fiction, que es el cuento raro, dislocado. Lo que yo hago es un cuento urbano con elementos de horror. Es en lo que estoy ahora, pero lo hice desde mi primera novela, Bajar es lo peor. Uno de los protagonistas recibe visitas de seres horribles y muchos lectores lo vieron como alucinaciones, aunque en realidad yo no pensé que estaba alucinando, sino que realmente se le aparecían esos seres horribles. Por otro lado, creo que mezclo géneros. Para mí, el cuento Las cosas que perdimos en el fuego es de ciencia ficción, algo que la gente no me entiende. No hay naves espaciales ni tecnología, pero con esas mujeres que se prenden fuego, pienso en el cuerpo del futuro, en un nuevo cuerpo. La chica que aparece al comienzo toda quemada surgió de una chica real que pide en el subte, aunque no sé por qué está quemada. Le inventé la historia de maltrato de un hombre, que después derivó en una epidemia de mujeres quemadas. 

    —El Riachuelo aparece como una presencia nauseabunda. ¿Por qué te atrajo como escenario?

    —Es el Riachuelo de mi infancia, más que el de ahora, que está un poco más limpio. Lo recuerdo como un pozo negro total. Los ríos en las ciudades no tienen por qué estar tan contaminados como estaba el Riachuelo. Era como un descuido casi  voluntario, como si hubiera un deseo de hacerlo. Yo no vivía en la capital, sino en Lanús y en La Plata. Para mí, cruzar el Riachuelo tenía algo simbólico. Era como llegar al castillo rodeado de un río que forzosamente escondía al monstruo. Uno de los cuentos está inspirado en un caso real: una noche, un policía detuvo a dos adolescentes que vivían en una villa, cerca del Riachuelo, y los hizo nadar en el agua mugrienta, espesa, aceitosa, sabiendo que se iban a morir. Ese tipo es el horror puro. No sé si entiendo cuando los policías maltratan en las comisarías, pero sé que las fuerzas de seguridad en todo el mundo entran en el camino del abuso, en un tipo de violencia que tiene que ver con la superioridad racial, como en Estados Unidos, o de clase, como se da acá. Pero lo que no puedo entender es que un policía los haya hecho sumergir en el Riachuelo. Es de una oscuridad realmente terrorífica. El tipo que hizo eso está poseso, casi que no tuve que agregarle la pátina sobrenatural para crear al monstruo. 

    —“La gente triste no tiene piedad”, escribiste en un cuento sobre un muchacho que no sale de su cuarto. Es curioso cómo se invierte quién es la víctima…

    —En ese cuento trabajo con la depresión y la enfermedad mental del personaje. La enfermedad mental hace que el enfermo sea muy impiadoso con el otro, aunque sea involuntario. Es muy cruel que parte de la enfermedad sea que quien la padece no quiera mejorar y que, por una solidaridad básica, quien lo cuida no pueda abandonarlo. Se crea como un círculo vicioso.

    —Otra presencia son los santuarios en algunos rincones de la ciudad. ¿Son tan siniestros como en tus cuentos?

    —El Gauchito Gil tiene varios santuarios enormes. Hay uno impresionante frente al cementerio de La Chacarita. En el Gran Buenos Aires, que es donde yo crecí, hay muchos migrantes del norte de la Argentina que tienen muchos santos paganos, o los que vienen de la frontera con religiones afro. Cuando es el día del Gauchito Gil en Corrientes, en pleno verano, con un calor atroz, hay peregrinaciones de millones de personas, y no es una forma de decirlo, van realmente millones de personas. Es un culto muy popular y con gran despliegue visual. Lo tengo muy arraigado porque mi abuela es correntina, entonces no me resultan especialmente siniestros esos santuarios. Los usé en el libro con una mirada diferente a la mía. Porque Buenos Aires es una ciudad en mutación y hay personas que ven estas manifestaciones con extrañeza. Literariamente me interesa ese cruce, ese choque que tiene que ver con los migrantes internos que en general en la ciudad se ven con cierto recelo. Me parece que es una marca que deja el que llega a la ciudad, a veces muy prepotente, como plantar bandera. Y es muy difícil para el porteño clásico aceptar esa hibridación. 

    —¿Te parece que influyó en tu literatura el horror de la dictadura? 

    —Era muy chica, pero es probable que se me pegara el clima de miedo. Lo que sí influyó es que cuando terminó en 1983 hubo una avalancha de textos a los que yo tenía acceso porque mi familia creía que no había nada que ocultarme. Eran muy explícitos de lo que había ocurrido. Recuerdo que me llevaba a la cama revistas con descripciones de los secuestros, de las torturas, de los chicos robados. Y después llegó el informe Nunca más, con textos que yo sabía que no eran ficción, pero que consumía con la avidez de la ficción. Los leía con la inquietud que provocan los relatos de terror, porque eso eran, relatos de terror real. Recuerdo en forma muy vívida las fotos que acompañaban los textos, algo que no me pasa casi con ninguna otra cosa. 

    —En tu libro Los peligros de fumar en la cama  unas adolescentes se reúnen para jugar al juego de la copa y terminan preguntando por desaparecidos. ¿Viviste esa situación?

    —Partió de un hecho real, incluso más extremo que el cuento. No lo viví yo ni mis amigas, sino unas conocidas hijas de desaparecidos. En un momento en el que todavía no estaban abiertos los procesos de los juicios ni se estaban investigando genéticamente los huesos, ellas jugaban a la copa para, literalmente, encontrar a sus padres. Yo no me animé a escribir esa historia, pero me inquietaba. Hubo algo terrorífico de la dictadura argentina que fue desaparecer los cuerpos, lo que hizo que el horror fuera continuo, porque sin el ritual del duelo se perpetúa en el tiempo la ausencia y el fantasma. Me interesa mucho la política y es importante el testimonio, pero no me parece interesante literariamente, es decir, escribir un relato realista sobre la dictadura. Me interesa tratarlo mediante el género del terror, es una forma de abordarlo que me satisface estéticamente. 

    —A los 21 años escribiste Bajar es lo peor. ¿Qué te inspiró en aquel momento?

    —Varias cosas; por un lado, el escenario del rock, David Bowie, Iggy Pop, todo lo que era ambiguo. En esa época me influyó mucho la música y el cine, como la película Mi mundo privado. Y tenía una mezcla de autores, me gustaba mucho Bret Easton Ellis, pero también el libro Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato. Para mí, Facundo, uno de los protagonistas, es como la Alejandra de Sábato. Un chico que no se sabe bien de dónde viene, que encanta a todos, que es de una familia rica. Sábato no es un escritor que especialmente me guste, pero esa es una gran novela y claramente me influyó, igual que Cumbres borrascosas o las novelas románticas o de vampirismo. Todo eso lo mezclaba con escritores norteamericanos de lo urbano, como Capote o Kerouac. Hice un híbrido de esas dos tradiciones que no tienen nada que ver. Le fue bien a la novela y le tengo cariño. Era una fantasía sexual incorrecta, ahora no tengo problema en decir que fantaseo con hombres que tienen relaciones sexuales, pero me llama la atención que no haya tenido problema a los 20. En la novela no hay nada de mi experiencia: no conocía a jóvenes así y tampoco tenía amigos ni nadie que fantaseara con tríos. Lo único cercano era la droga, pero los personajes son bastante más extremos de lo que yo fui.  

    —Das clases de periodismo narrativo a universitarios. ¿Qué es lo más difícil de enseñar?

    —En la Universidad de La Plata enseño a chicos de primer año, por lo tanto lo de periodismo narrativo es entre comillas. También doy talleres a periodistas en La Fundación Tomás Eloy Martínez. No creo que sea pedagógicamente posible enseñar lo narrativo. Se puede explicar cómo describir una escena o presentar un personaje, qué es una analogía o una metáfora, cuándo se está adjetivando mucho. Pero lo que sí cuesta transmitir a los estudiantes es que esos mecanismos se adquieren con la lectura, casi por contagio: te das cuenta de que hay momentos para crear tensión, otros para bajar el tono, que no es bueno dar una avalancha de datos. Se puede explicar la técnica, pero no se puede decir, “bueno, ahora voy a poner una metáfora”, “ahora viene una descripción”. El texto se escribe con una especie de entramado que te da la práctica y la lectura. Es como quien juega al tenis y tiene que hacer un montón de voleas para hacerlas bien y además tiene que ver 80 partidos, uno atrás del otro, de los grandes tenistas para ver cómo le pegan. A veces los estudiantes tienen ansiedad de querer que todo les salga de una, pero hay que empezar de muy atrás.

    —¿Cómo surgieron tus crónicas de cementerios?

    Siempre que viajo a una ciudad visito cementerios. Tal vez porque en mi pasado más que punk era medio gótica y me quedó ese placer estético. Además fui descubriendo con los viajes que son todos distintos, son lugares a los que va muy poca gente y suele haber un gran abandono. Ocurrió que cuando ya tenía las crónicas, aparecieron los huesos de la mamá de mi amiga Marta, que estaba desaparecida desde 1976. Escribí una crónica sobre lo que fue el entierro de esos huesos en el cementerio de Moreno y ahí me di cuenta de que el libro tenía algo personal: íntimamente, una tumba me tranquiliza, hay un lugar de miedo de mi niñez que una tumba me aplaca. El entierro de la mamá de Marta fue como un cierre para el libro inesperadamente político, significativo, mezclado con mi historia, además de con mi obsesión morbosa por los rituales de la muerte. Ese día fue muy caótico en el cementerio, todo el mundo estaba encimado, era algo antinatural.

    —¿Escribís escuchando música?

    Soy muy rockera, aunque últimamente escucho pop, incluso música country. Siempre me gustó más la música que la literatura, aunque no tengo ninguna habilidad musical. Para mí, la narración perfecta es la de una canción, porque es abstracta, porque es evocativa, porque es corta. Escribo escuchando música, me resulta muy inspiradora, me pone en clima. Todo lo que escribo tiene banda de sonido.

    Vida Cultural
    2016-10-13T00:00:00