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    jueves 20 de junio de 2024

    “Waco: el apocalipsis texano”, documental en Netflix

    El 28 de febrero de 1993, un grupo de agentes federales de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) de los Estados Unidos intentó penetrar en la sede del culto religioso (o secta) de los Davidianos de la Rama. El ataque iba a ser por sorpresa, en la madrugada de ese día, ya que la ATF tenía la certeza de que los religiosos venían acumulando armas en su sede del monte Carmelo, ubicada en el medio del campo, a unos 20 kilómetros de la ciudad de Waco, en Texas.

    Sin embargo, las intenciones de los federales se filtraron cuando un reportero local comentó el operativo con un cartero de la zona, quien resultó ser cuñado de David Koresh, líder supremo del culto. En vez de realizar un operativo sigiloso, los federales fueron recibidos a tiros y murieron cuatro de ellos y varios davidianos, además de un número indeterminado de heridos en el interior del edificio. Allí daría comienzo uno de los asedios más largos y bizarros jamás protagonizados por las autoridades federales de Estados Unidos, uno que terminaría de la peor manera posible.

    Coincidiendo con el 30 aniversario de la Masacre de Waco (ese es el otro nombre con el que fue conocido el caso), Netflix lanzó Waco: el apocalipsis texano, un documental en tres capítulos en los que, además de juguetear con escenarios de animación digital (llamativos pero poco relevantes), el director Tiller Russell reúne un montón de material periodístico de la época nunca antes exhibido y lo junta con un puñado de interesantes entrevistas con periodistas de la zona, autoridades, familiares de los davidianos fallecidos, sobrevivientes de la tragedia, agentes involucrados en el caso y las que acaso son las mejores piezas periodísticas del programa: entrevistas con el líder de los francotiradores y el jefe del equipo de negociación de rehenes, ambos miembros del FBI pero con perspectivas muy distintas del caso.

    Lo primero que salta a la vista para cualquiera que no sea texano o estadounidense en general: a pesar de su vocación de denuncia periodística, a pesar de contener un montón de material de archivo de distintas épocas y una docena de entrevistas, no hay en el documental una sola mención a la demencia absoluta que implica que un grupo de pirados religiosos más o menos random pueda hacer acopio de armas de guerra durante meses sin que a nadie se le mueva un pelo. Estamos hablando de armas que, adaptadas (y se sabe que los davidianos las estaban adaptando), pueden perforar el blindaje de un tanque ligero.

    Lo que sí recoge el documental son las sospechas del cartero (otro, no el cuñado de Koresh), quien en sus sucesivas entregas de material percibió los indicios del acopio de armas y municiones en el que la secta estaba involucrada desde comienzos de 1992. Habría de pasar un año entero antes de que el gobierno federal decidiera tomar cartas en el asunto y solicitara una orden de registro, la misma que provocó el fallido asalto y la muerte de los cuatro agentes de la ATF. Koresh y los suyos podían estar desquiciados, pero no les faltaba ni puntería ni conocimiento de las armas que estaban usando.

    Fallido el asalto (des)organizado por la ATF, le toca el turno al FBI, que de inmediato comienza una estrategia doble: por un lado, rodea el edificio de vehículos blindados, “limpia” el terreno alrededor con esos vehículos y pone varios francotiradores apuntando a los civiles que están en la casa. Por otro, pone a trabajar a su equipo de negociadores, con un talante muy distinto. Al mismo tiempo que desarrolla estas dos estrategias, intenta controlar la información que, inevitablemente, se va colando a la prensa.

    Muy pronto se monta un circo alrededor del sitio con medios, curiosos y fanáticos como Timothy McVeigh, quien dos años más tarde sería responsable de la voladura del edificio federal Alfred P. Murrah en Oklahoma, que causó la muerte de 168 personas, el atentado doméstico con más fatalidades en la historia del país. En el documental se puede ver a McVeigh argumentando a favor de la tenencia de armas de todo tipo, diciendo cosas tan sofisticadas como “el gobierno tiene miedo a las armas que la gente tiene porque quieren controlarlos todo el tiempo”.

    Sin embargo, lo que mejor retrata el documental es la distancia que hubo en todo momento entre las dos estrategias que el FBI conducía de manera simultánea y cómo esa distancia terminó siendo clave en la carnicería en la que concluyó el sitio. Lo primero: en la extensa entrevista que le hacen al francotirador a cargo, son evidentes algunos rasgos de su carácter. Por momentos, megalómano (“podía haber matado a Koresh de un tiro y ahí terminaba todo”), por momentos, narcisista (parece creer que el operativo era una especie de combate personal entre él y Koresh), queda claro que jamás estuvo en su agenda de entonces apoyar la tarea que estaban llevando a cabo los negociadores.

    Del otro lado y a la luz de la catástrofe final, es evidente la frustración del líder del equipo de negociadores, quien recuerda que su misión era impedir más muertes y lograr que la gente de la secta fuera abandonando el edificio, aunque sea de manera muy paulatina. Esa estrategia, que a lo largo de los días fue logrando que los davidianos, sobre todo los niños, salieran lentamente del edificio, en cierto momento fue descartada de facto por el FBI. Hoy en día, lo dice en la entrevista, el negociador sigue sin saber quién fue el que tomó esa decisión tan profundamente equivocada y por qué.

    Mención aparte merecen los sobrevivientes de la tragedia, quienes a 30 años de los hechos siguen siendo fieles a Koresh y sus delirios mesiánicos y siguen creyendo que es perfectamente aceptable resistir a los balazos una visita de la autoridad. Un David Koresh que no era hijo de Dios, sino Dios mismo, según su discurso, pero que sin embargo aparece con relativa lucidez a lo largo de todos los días que duró el sitio. Por supuesto, sin ceder jamás un milímetro en su demencia religiosa, pero por momentos con un discurso más razonable que la violencia apenas contenida del francotirador entrevistado.

    Como todos los buenos documentales, Waco: el apocalipsis texano no ofrece un cierre didáctico, eso corre por cuenta del espectador. Lo que sí revela es que, más allá de que Koresh fuera un loco, un manipulador oportunista o las dos cosas, el gran problema del sitio fue la idea, muy gringa, de que esa clase de conflictos se resuelven arrasando los derechos civiles y sumando más tiros a los tiros.

    Tristemente, la historia reciente de EE.UU. muestra que los 80 muertos de Waco (4 agentes de la AFT y 76 davidianos, entre ellos, 28 niños) no han servido para que el país revise mínimamente su perversa relación con las armas ni con el uso de la más pura violencia para resolver conflictos ya muy violentos de por sí. Un documental duro, pero recomendable.

    Vida Cultural
    2023-05-03T18:22:00