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    A 40 años del debut de Los Estómagos, sus integrantes recuerdan su primer concierto en Montevideo

    Gustavo Parodi, Gabriel Peluffo y Fabián Hueso Hernández se reunieron en el sótano del ex Templo del Gato

    Mercedes 1131. Desde hace 30 años allí está enclavado un edificio de cinco plantas construido a comienzos de los años 90 para albergar la revista Tres. Desde fines de 2011 hasta el mes de junio albergó la redacción de Búsqueda y Galería. En los años 80 era una típica casa montevideana de dos plantas con un sótano donde funcionaba un club de blues llamado El Templo del Gato. El dueño de casa era Eduardo Oviedo, un cantante, compositor y guitarrista cultor del blues, conocido hasta hoy como Gato Eduardo. Fue uno de los responsables de la recuperación del sonido eléctrico y del rock en la transición hacia la democracia. Un domingo de invierno, la noche blusera terminó con una banda que tocaba punk rock, un género que hasta ese momento era casi inexistente en Uruguay. Un cuarteto cuyos músicos rondaban los 20 años y cuyo cantante estaba a dos meses de alcanzar la mayoría de edad. El domingo 7 de agosto de 1983 Los Estómagos tocaron por primera vez en Montevideo, en El Templo del Gato. El debut había sido la noche anterior, el sábado 6, en el Centro Protección de Choferes de Pando, en un baile de estudiantes del Liceo Brause. Aquella formación fundacional reunía a Gustavo Parodi en guitarra y coros, Fabián Hueso Hernández en bajo y teclados, Gustavo Mariott en batería y Gabriel Peluffo como voz líder y en sus primeros pasos como el mejor frontman de la historia del rock uruguayo.

    A 40 años del fin de semana fundacional de la banda fundamental de aquel movimiento rockero, Búsqueda reunió a Gabriel Peluffo, Gustavo Parodi y el Hueso Hernández en el sótano de su redacción, el sitio donde tocaron por primera vez en Montevideo. La presencia del Hueso fue muy significativa, pues se trató de la primera vez que el bajista participó de una actividad pública, junto con sus dos compañeros de banda. Desde 1989 Peluffo y Parodi son, con José Rambao, los tres pilares de Buitres. Hernández, un músico con inclinaciones e influencias experimentales, tangueras y performáticas, armó a inicios de los años 90 el grupo Los Gallos Humanos, de corta trayectoria, y desde hace más de 20 años se mantiene fuera de la escena. Vive en Empalme Olmos, su ciudad natal, muy cercana a Pando, donde tiene una papelería.

    Fotos: José Frugoni

    El encuentro es en la tarde del jueves 29 de junio, el día previo a la mudanza de Búsqueda y Galería a su nueva sede, en Parque Rodó. Peluffo llega primero. Cinco minutos después llegan Parodi y Hernández. Peluffo y Hernández se saludan con un abrazo de esos que suceden después de un buen tiempo. Los tres músicos bajan la escalera y comienzan a reconocer el terreno. Debido a las reformas que tuvo el local, la vieja escalera está tapada y ahora hay una construida en otro sitio. En el lugar funcionó durante los últimos 12 años el archivo de Búsqueda y Galería. Como en una gran biblioteca, el espacio está surcado por grandes estanterías de piso a techo repletas de colecciones de todos los medios de prensa publicados en Uruguay durante los últimos 45 años. Entre los pasillos de este laberinto de papel, tuvo lugar la charla.

    “Esta pared divisoria no estaba, la sala era más ancha”, señala el Hueso. Lo primero que hace Parodi al entrar al sótano es señalar el sitio donde estaba el escenario: ese lugar, contra una pared lateral, está ocupado por un gran modular, ahora vacío. Un rato después, tras la entrevista, los tres posarán tal cual se pararon aquella noche, y durante los seis años de vida de la banda: Peluffo al medio, flanqueado por Parodi a su izquierda y el Hueso a su derecha. “Ahí estaba el señor que nos apagaba los equipos”, comenta Parodi y desata la risa cómplice de Peluffo y Hernández, que recuerdan de inmediato la anécdota que trae el Gordo. De a poco, y en forma caótica, fluyen los recuerdos de las varias noches en ese subsuelo (volvieron a tocar varios domingos de ese invierno). Hablan los tres a la vez. “El Cabeza Mariott y yo éramos menores. Acá no podíamos entrar. Pero el Gato sabía cuándo venía la razzia, entonces nos guardaba en una habitación que era como un aguantadero, y cuando estaba todo tranquilo, entrábamos a la sala”, cuenta Peluffo y agrega que una de esas noches llevó a su hermano Guillermo, tres años menor. “Me querían matar por haber traído un niño a un boliche. Lo tuve que esconder detrás de una silla (ríe). Pero el Gato era un bolichero con experiencia, sabía manejarse, manejar a las bandas y al público”, asegura Peluffo. Parodi ve las grandes columnas de granito, de forma circular y recuerda una filmación: “La gente bailaba y hacía pogo entre esas columnas de piedra. Se ven claritas en las filmaciones”. Ese documento permanece inédito. Sobre la posibilidad de que ese archivo forme parte de un documental, Parodi asiente: “Claro que habría que hacer un documental de Los Estómagos. Tengo abundante material. Filmaciones, grabaciones, fotos. El tema es hacerlo”.

    Entre los amigos de la banda estaban Orlando Fernández, hoy bajista de Buitres, y su hermano Marcelo Fernández (Pedro Dalton), quien en su faceta de dibujante ilustró la portada del disco debut de Los Estómagos, Tango que me hiciste mal.

    Foto: Rodolfo Fuentes

    Bluseros enojados

    Los tres coinciden en que esa primera noche no había mucha gente. Unas 30 o 40 personas. Al domingo siguiente había bastante más, y en la tercera estaba lleno, cerca de 200. La clave fue el boca a boca en el público rockero. “La primera vez no sabíamos si íbamos a tocar o no, era una especie de sesión de varios músicos. La onda era más tranqui, más blusera, como una jam session de jazz. No tocaban rock”, apunta Peluffo. Hernández recuerda que en los conciertos posteriores el público era más pesado: “Había unos cuantos punks, los que se vestían con ropa rota y los pelos parados y también estaban nuestros amigos y conocidos de Pando y de Empalme Olmos, donde vivíamos, que no eran punkies, pero venían todos. Hermanos, primos, amigos. Cuando empezamos a tocar se armó pogo en seguida, algunos se paraban arriba de las mesas y llegaron a patear botellas”. Sigue Parodi: “Era una peña musical, ideal para escuchar sentado. Había blues, jazz, jazz-rock, rock progresivo, guitarristas virtuosos que tocaban punteos de dos horas. Había de todo.  El Gato quería que tocaran bandas de blues, que era su género predilecto, y también que se sumara todo movimiento musical nuevo que hubiera. Había mesas con sillas, vino, cerveza y empanadas. En medio de toda esa movida pedimos para tocar. ¡Pero no nos conocían! Por eso el Gato nos puso últimos, al cierre de la noche. Imaginate cómo nos empezaron a mirar los veteranos, los bluseros, nos puteaban todos y nosotros no les dábamos bola y seguíamos tocando. Por eso uno nos desenchufó los equipos. Los viejos tenían una calentura bárbara, nos querían matar. No les gustaba nada lo que tocábamos y no querían sufrir más. Al domingo siguiente cuando subimos, directamente se fueron. Pero había mucha gente nueva, que se había arrimado por nosotros. El boca a boca fue muy fuerte. Claramente le cambiamos el público al boliche. Y el Gato, que no era ningún boludo, aprovechó”.

    Peluffo cuenta que sus padres no querían saber de nada con que cantara en una banda de rock y que, de hecho, en los primeros tiempos, después de cantar se iba para la casa, porque al otro día tenía que ir al liceo. “La primera noche nos fue bien”, dice Parodi, claramente el más memorioso de los tres. “Durante la siguiente semana el Gato fue a promocionar la siguiente fecha a Hola música, el programa de radio que hacía Daniel Figares en la radio del Sodre, que fue el primer programa en pasar nuestros demos en radio. Y ese día el Gato solo habló de Los Estómagos. El resultado fue mucha más gente. Y nos puso bien en el medio de la grilla, como número central. Entonces, pasó lo que tenía que pasar: el choque de generaciones. Y estuvo complicado. Incluso alguno nos quería pegar. Así era la cosa, si eras diferente, te pego”. Peluffo acota: “Esa radicalidad existía en toda la sociedad en ese momento, en plena salida de la dictadura. Y la música estaba muy polarizada entre las tribus. Aún había que presentar las letras en la policía para poder actuar, las famosas tres copias. Nosotros presentábamos cualquier letra y después las cambiábamos. Casi que teníamos que escribirlas de vuelta (ríen)”.

    Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

    No tienen idea

    Hernández explica que ese ámbito de peña musical no tenía nada que ver con el ambiente juvenil y estudiantil en el que había surgido la banda. “Eran amantes de la música, sobrevivientes de la dictadura, de generaciones muy mayores a la nuestra. Al caer acá lo que hicimos fue invadir un espacio ajeno, con una actitud muy de nuestra edad. Lo positivo del Gato fue su apertura. Dejarnos tocar. Dejar aparecer a un grupo de gurises que tocaban una música nueva, un tipo de rock que nadie tocaba acá, le abrió la puerta a gente que hasta ese momento literalmente no existía”. Parodi destaca el buen nivel de los músicos que solían tocar en El Templo del Gato. “No venía cualquiera acá y vinimos nosotros, unos guachos, a hacer algo que para ellos era ruido; el Gato de inmediato captó la actitud y le gustó. En cierta manera yo creo que se sintió identificado porque él sabía bien en qué consistía el espíritu del rock: que vengan cosas nuevas que te muevan el piso, que rompa”.

    Peluffo relata que en los toques sucesivos notaron que algunos de esos puristas comenzaron a quedarse a verlos. “Al principio sería por curiosidad, para analizarnos, y después seguramente porque les empezó a gustar. De a poco nos empezaron a llegar buenos comentarios. Algunos veteranos nos invitaron a sentarnos y nos contaron que habían formado parte de las viejas guardias del rock predictadura, viejos hippies, y ahora no podían creer que el rock volviera a aparecer en los gurises. Ustedes no tienen idea de lo que están haciendo, nos decían (todos ríen)”.

    Todos coincidieron en que hacer rock en Uruguay a comienzos de los años 80 estaba mal visto desde los sectores predominantes de la sociedad. “No solo Los Estómagos éramos mal vistos acá. Porque esos veteranos puristas afuera también eran mal vistos. No era lo que había que hacer en la vida”, enfatiza Parodi. “Aún faltaba un tiempo para percibir ese ambiente de apertura que trajo el retorno a la democracia”, agrega Peluffo. El Hueso señala que el acto del Obelisco, en noviembre de 1983, fue un fuerte signo de avance del movimiento rockero: “Se reunieron cientos de miles de personas y no le pegaron a nadie. Al menos que se haya sabido. Entonces, ¡hay que animarse! Y salimos a tocar por todos lados”.

    Para reconstruir el repertorio de aquel primer concierto en El Templo del Gato, aparece en escena una vez más la memoria de Parodi: “Teníamos unas 25 canciones. La mayoría eran temas de 45 segundos, un minuto como mucho (ríen). Tocábamos rápido. Era así la historia”. El Hueso aclara que en Montevideo tocaron el mismo repertorio que en la noche anterior, en Pando. “Eran temas punk, de los cuales no sobrevivió casi ninguno porque cuando entramos a grabar, en 1985, ya teníamos otro grupo de canciones”. Peluffo nombra una de las sobrevivientes: Penicilina, ese rock frenético que parece que hablara de aquel toque semiclandestino en el sótano del Gato: Hubo una vez una fiesta secreta / Todos en cuartos y también en la cocina / Juan se agarró algo muy contagioso / Y se curó con la penicilina.

    De aquellos comienzos también proviene un tema que después rebautizaron No me importa para el cuarto disco de Buitres y La música está enferma, otra de las canciones que integran el repertorio clásico de Los Estómagos y también de Buitres, que la han tocado muchas veces a lo largo de sus ya 33 años de historia, con temas de Estómagos como AvrilCambalache, Frío oscuro y La pluma eléctrica. Como una suerte de declaración de principios, aquella noche de agosto se escuchó en el sótano de la calle Mercedes: La música está enferma / Nosotros también / Para recuperarla hay que volverla a romper.

    Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

    Cinco temas por semana

    Sobre la noche anterior, la del debut, el sábado 6 en Pando, Peluffo es contundente: “Fue más brava. Lo del Templo del Gato era una antipatía musical. Lo de Pando era un baile con 800 personas. Fue bastante más hostil. Nos miraban muy mal (ríe)”. Parodi vuelve a interrumpir para lanzar una máxima que sintetiza la veloz evolución del grupo desde las márgenes a la masividad: “Todo bien, pero te puedo asegurar que de los que estuvieron esa primera noche en Pando, a los dos años la mitad estaba en los recitales de Los Estómagos”.

    Para el segundo domingo de Los Estómagos en El Templo del Gato la banda tenía cinco nuevas canciones. Lo cuenta Parodi: “Nos juntábamos a ensayar entre toque y toque y componíamos en el momento. Llegamos a hacer cuatro o cinco temas por semana y las cantábamos en seguida, así como estaban. Incluso si en un toque había un personaje que no nos gustaba nada, le hacíamos una canción y la tocábamos al toque siguiente (risas)”. El Gordo se enciende al recordar que una de esas canciones espontáneas surgió a raíz de un incidente “fruto de la mala leche”: “En el tercer toque le apagaron el bajo al Hueso cuando íbamos por la canción 14 o 15. Y bueno... la barra empezó a agitar, a presionar para que lo volvieran a enchufar, se empezó a armar lío, nadie decía nada, nos miramos y empezamos a tocar todo el repertorio desde la primera. Como diciendo: ‘No nos rompan los huevos porque va a ser peor, se van a tener que bancar todo de nuevo’. Así era la cosa en la noche. Era pesadito. Así como algunos te sacaban charla, había gente que te tanteaba, te toreaba, te ofrecían cosas raras; había uno que siempre nos quería vender recetas para la farmacia. Nosotros nos mirábamos y no entendíamos nada. ¿Dónde estamos? Veníamos de Pando en una camioneta y nos encontramos con una fauna muy bizarra”.

    Así comenzó a tomar forma un grupo estable de seguidores de la banda que comenzaron a ir a todos los recitales. “Al principio eran pocos —evoca Hernández— pero nos seguían a todos lados. Puro boca a boca. Incluso a veces eran ellos los que nos conseguían los shows. Era todo muy diferente”. Parodi analiza aquella génesis de la banda en paralelo con la génesis de un movimiento que a su vez ocurría mientras la sociedad uruguaya transitaba el cambio de la vida en dictadura a una democracia que presentaba múltiples interrogantes. “Para lo que es el proceso natural de una banda, Los Estómagos tuvieron suerte y pasaron al frente bastante rápido. ¿Debido a qué? Bueno, yo creo que si bien no éramos muy buenos ejecutantes, al menos durante los dos primeros años, éramos muy tenaces. Digamos que éramos bastante mediocres pero teníamos muchas ganas. Nos fue muy bien en nuestra movida de llevar gente a los conciertos. Y todo cambió radicalmente en 1985 cuando grabamos en un estudio nuestra primera canción bien grabada y empezó a sonar en las radios. Esa canción fue Fuera de control. Ahí pasás de ser una banda de 200, 250 personas a una banda de 500 o 1.000. Es la historia de la música. La radio era la gran plataforma que todo el mundo escuchaba en ese momento”. Grabada en el estudio IFU en febrero de 1985, Fuera de control  fue el primer éxito radial de Los Estómagos: Extrañas visiones / rodeadas de conflictos / representaciones de tu ser / Únicamente te salvas escapando / de la fuerza del ayer / Fuera de control / de tu control, fuera de tu sensatez / Otro día más no sufriré / No quiero volverte a ver.

    Luego llegaron las grabaciones en estudios profesionales, y en 1985 el sello Orfeo publicó Graffiti, una “ensalada” con temas de Los Estómagos, Los Traidores, Los Tontos, Zero, Neoh 23 y ADN. El cuarteto pandense aportó Cambalache y Jugaste sucio. En abril de ese año Los Estómagos entraron al estudio La Batuta para grabar  Tango que me hiciste mal, su disco debut, de 11 canciones, publicado por Orfeo, el histórico sello que en ese entonces dirigía Alfonso Carbone.

    A Peluffo, Parodi y Hernández se les ilumina el rostro cuando hablan del momento en que Fuera de control sonó en la radio. Un antes y después en el periplo del grupo. “Al siguiente recital comenzamos a ver gente nueva. Caras que no conocíamos. Curiosos, algún periodista o comunicador”, rememora Hernández. “Mucha de esa gente nunca había visto una banda tocando ese tipo de rock en Uruguay, porque realmente era un sonido bastante nuevo, que había surgido hacía muy poco”. Peluffo toma la palabra: “Ahora nos parece normal, pero en aquella época no era algo habitual, y evidentemente lo que hacíamos algún atractivo tenía. Causaba una impresión muy grande”.

    En un breve artículo publicado en el semanario Crónicas en 2003, cuando se cumplieron 20 años del debut de la banda, Figares trazó una semblanza de aquella noche en El Templo del Gato, la tituló Miedo y es una perfecta muestra de que la contundente presencia en escena de Puluffo, Parodi y compañía estuvo desde el día uno: “Fue impresionante porque no había una estética de grupo así. Estaban de camperas negras, lentes negros y a la gente le daba miedo. Un miedo por la extrañeza, por lo diferente, no porque provocaran. Nunca volví a tener esa sensación. La estética punk impacta y más en esa época en la que no se escuchaba punk. Tiempo después me enteré que Los Estómagos habían tenido miedo del público”.

    Termina la entrevista y Peluffo, Parodi y Hernández quedan conversando en la vereda. Una imagen que despierta el deseo de volver a ver a Los Estómagos en un escenario. Quién te dice.

    Vida Cultural
    2023-08-03T00:03:00