El politólogo, ensayista y sociólogo argentino Vicente Palermo tiene esperanza de que Argentina no concrete su anuncio de concurrir a la Corte Internacional de La Haya por el aumento de producción de la planta de celulosa ubicada en la orilla uruguaya del río Uruguay. “Va a ser muy nocivo para la relación bilateral”, advierte. Por eso, junto a un grupo de intelectuales argentinos —entre los que se encuentran Beatriz Sarlo, Juan Gabriel Tokatlian y el ex canciller Dante Caputo— difundió una carta en la que critican la decisión, con el objetivo de generar un “debate” en la opinión pública. Palermo entiende que a las autoridades argentinas les viene bien “construir un conflicto internacional” que funcione como “válvula de salida” de las tensiones internas. “Si Argentina tiene dudas sobre la supuesta contaminación de la planta, que se tome en serio los controles y sobre todo que los difunda”, cuestionó.
Palermo es presidente del Club Político Argentino y autor de varios libros, entre ellos “Sal en las heridas. Las Malvinas en la cultura argentina contemporánea” y “Del otro lado del río. Uruguayos y argentinos entre el ambientalismo y la política”. El escritor afirma que a partir de la “causa Malvinas” quedó “muy fijada” en la cultura argentina la idea de “despojo” y de “injusticia” a la cual están sometidos, siendo que son “justos y correctos” y que tienen el derecho de su parte. “Es un factor que incide en la retórica, que gobierna bastante a los actores”, sostuvo.
En una entrevista con Búsqueda, Palermo explicó que ese “patrón mental” hace que muchos problemas sean interpretados desde la óptica del despojo y la injusticia, como ocurre en el conflicto en torno a la planta de celulosa o con los denominados fondos buitre.
—Usted junto a un grupo de intelectuales y dirigentes difundieron una carta en la que opinan que la decisión de Argentina de concurrir a La Haya es inoportuna y equívoca. ¿Qué los motivó a pronunciarse públicamente?
—Por un lado, la alarma, porque si realmente concretan la decisión de pleitear en La Haya —todavía tengo la esperanza de que no lo hagan— va a ser muy nocivo para la relación bilateral. Cuando lo anunciaron realmente nos alarmamos. Por otro lado, como no tenemos llegada al gobierno —nadie la tiene, el gobierno escucha solo a los propios y no dialoga auténticamente con nadie—, quisimos llegar a la opinión pública y establecer el debate.
—¿Cree que el gobierno cumplirá su anuncio?
—Si se tratase de un gobierno “normal”, uno diría que si lo anunciaron, van, porque si no, su palabra pierde valor. Pero este gobierno no le da mucha importancia a la palabra, entonces puede ser que haya creído que Uruguay se iba a asustar, e iba a pedir negociaciones bajo presión.
—¿Qué opina de la respuesta de Uruguay?
—Endurecer la retórica es lo menos que se puede hacer. Yo lo lamento pero lo comprendo; en una situación así es lógico que el gobierno endurezca la retórica.
—¿Por qué Argentina reaccionó así ahora? ¿Cree que hay una estrategia política de distraer la atención sobre problemas internos?
—Puede ser que haya una situación de echar mano a un conflicto. Ella (Cristina Fernández) es particularmente proclive a crear conflictos. Con una situación difícil, en la que hay mucha tensión interna, la presidenta se agarra de construir un conflicto bilateral con otro país para manejarse más cómoda internamente, para ganar espacio político. No creo que haya ningún motivo intrínseco a la relación. Hay motivos de índole doméstica, sin duda. Es como una válvula de salida de tensiones. Nos viene muy bien construir un conflicto internacional.
—En el gobierno uruguayo se maneja la teoría de que la estrategia es promocionar al gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, como candidato por el kirchnerismo.
—Algo de eso puede haber, porque Urribarri le puede tener bastante miedo a la movilización vecinal. Eso es un foco de preocupación para Urribarri: que él no sea percibido como en contra de la movilización. Están enojados, se van a levantar, van a ir al puente Gral. San Martín, lo van a ocupar, bueno, estoy a favor y lo acompaño, esto es importante.
—Medios argentinos informaron que el canciller Héctor Timerman solicitó un menú de opciones para perjudicar a Uruguay. ¿Qué opina?
—Eso es tan malo como lo de La Haya. No tiene ningún sentido, es horrible. Cuando se fue a La Haya hace unos años, me pareció muy mal, pero no faltó gente razonable que decía que si bien la situación era un desastre, de alguna forma se encauzaba la cuestión y se le podía poner un punto final. Evidentemente, esa no es la situación actual. Si Argentina tiene dudas sobre la supuesta contaminación de la planta, que se tome en serio los controles y sobre todo que los difunda. Hay un monitoreo conjunto cuyos resultados son secretos porque Argentina se niega a publicarlos. ¿Qué tiene que pensar uno? Es una cosa absurda.
—Algunos medios plantearon que podía ser una iniciativa del propio Timerman para adquirir protagonismo frente al ministro de Economía, Axel Kicillof...
—Podría ser posible porque es capaz de cualquier desatino. Delira. Es una figura capaz de cualquier cosa, de imaginar cualquier cosa, no tiene la menor consistencia.
—En su libro “Sal sobre las heridas” usted sostiene —a partir del análisis de la causa de las Malvinas— que el nacionalismo argentino es “profundamente territorialista” y que hay en la población una “cultura del despojo” (basada en la idea de que luego de la creación del Virreinato del Río de la Plata, Argentina perdió territorios). ¿Cree que eso influye en la política exterior argentina y las reacciones en torno a la papelera?
—Es una especie de patrón mental, en el sentido de que frente a un problema va a ser muy fácil que lo intenten interpretar de esa manera, que se sientan despojados. Argentina se siente efectivamente despojada y esa es una forma muy familiar para la gente. La idea del despojo, y de la injusticia a la cual estamos sometidos, siendo que nosotros somos justos y correctos, y que el derecho está de nuestra parte, quedó muy fijada a partir de la “causa Malvinas”. Pero se aplica en otras cosas también, como está pasando ahora con los fondos buitre. Es un factor que incide en la retórica, que gobierna bastante a los actores, porque los condiciona, y organiza la mente de la gente en muchos casos.
—En esa línea usted plantea que la independencia de Uruguay es percibida por Argentina como un pérdida de territorio en manos de intereses extranjeros. ¿Cree que esa idea aún permanece e influye en las relaciones bilaterales?
—Podría no permanecer tanto, pero Argentina retrocedió en ese sentido, el revisionismo recuperó terreno. Creó un instituto de revisionismo histórico, hay mucho revisionismo en las Facultades y me parece que el gobierno de vez en cuando lo actúa, lo convierte en una guía para la acción.
—Mujica, a diferencia de su antecesor Tabaré Vázquez, procuró una relación más amistosa con su par argentina. Sin embargo, también hubo dificultades y el vínculo terminó enfriándose. ¿Cómo cree que el gobierno uruguayo debería posicionarse frente a Argentina?
—Creo que a Uruguay le conviene ser lo más amistoso que pueda, sin conceder lo que no se puede conceder. Aun en el caso de que esa alternativa fracase en el corto plazo, me parece que hay una memoria política o social que importa, frente a la cual la actitud uruguaya puede pesar. No me parece que Uruguay tenga mucho que ganar por la vía más dura. Aunque no haya funcionado, vale la pena, creo que lo de Mujica no fue en vano. Es valioso mostrar que un país tiene una actitud de flexibilidad y placidez.
—¿Es posible pensar en los dos países superando la rivalidad histórica que ha marcado siempre la relación?
—Creo que con el cambio de gobierno en Argentina (las próximas elecciones son en octubre de 2015), las posibilidades de que mejore la relación van a aumentar sustancialmente. Todos los candidatos a presidente tienen un talante más negociador. Estoy seguro de eso; va a haber posibilidades de mayor entendimiento.
Información Nacional
2014-07-03T00:00:00
2014-07-03T00:00:00