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    Aleph de 28 canciones

    “Cuando se llega a lo más alto, no hay a dónde ir más que hacia abajo. Pero The Beatles no podían bajar”, escribió el crítico inglés Philip Larkin. La frase describe la situación el 30 de mayo de 1968, cuando John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr entraron a los EMI Studios de Londres (luego Abbey Road) para grabar el noveno disco de la banda que cambió el curso de la música popular.

    Se iba a llamar A Doll’s House, como Casa de muñecas, la obra de Ibsen, pero poco antes del lanzamiento un grupo de rock progresivo usó ese nombre y optaron por el austero y contundente The Beatles, que llegó a las disquerías británicas el 22 de noviembre de 1968 y tres días después a las de Estados Unidos. Austera y contundente es también la portada blanca y el arte interior, diseñados por el entonces renombrado artista inglés Richard Hamilton, con la discreta leyenda en relieve como único ornamento. El disco no tardó en ser conocido como el White Album, el proyecto más ambicioso del cuarteto por su extensión y por su variedad de géneros e influencias.

    Arte interior del disco, diseñado por Richard Hamilton

    Más de medio siglo después sigue siendo un faro que resplandece en el horizonte de la música popular, un clásico de clásicos poblado de grandes canciones que siguen sonando frescas, modernas, auténticamente originales, imprevisibles y sorprendentes. Bueno, perdón por la obviedad, estamos hablando de Los Beatles.

    El Álbum blanco fue el primer LP de Apple Records, el sello fundado por Los Beatles, que tres meses antes había debutado con el simple de Hey Jude y Revolution, grabadas en las mismas sesiones del disco. Fue el único disco doble de Los Beatles, con 28 canciones en dos placas de vinilo. Después de la escalada de innovación superlativa que significó Help-Rubber Soul-Revolver-Sgt. Pepper’s, que se extendió a Magical Mistery Tour, el trabajo anterior a este (cada una de esas obras había subido el listón de calidad) el desafío, como decía Larkin, era mantenerse. Y vaya si lo hicieron. Este fue también el disco que albergó controversias como la resistida inmersión de Yoko Ono en el estudio, a poco de estar en pareja con John Lennon, que se tradujo en un viaje sónico vanguardista como Revolution 9, un collage bajo el efecto de la vanguardia de músicos como Stockhausen, que dividió las aguas entre fascinados y enfurecidos.

    Como toda obra mayor, el Álbum blanco vio crecer a su alrededor historias y anécdotas como su gestación en el famoso retorno espiritual en la India, donde los muchachos, inspiradísimos, compusieron unas 40 canciones que incluso alimentaron su posterior trabajo solista. O la dedicatoria de Lennon a Prudence Farrow, hermana de la actriz Mia, también presente en el curso de meditación del Maharishi Mahesh Yogui. “Por qué no sales a jugar”, la invitan en Dear Prudence, pero ella estaba muy concentrada en el plano espiritual. O el tremendo solo de Eric Clapton —no declarado en los créditos— de la maravillosa While My Guitar Gently Weeps, una de las más bellas canciones de toda la obra beatle (como siempre, a George Harrison le alcanzó un par de temas por disco para plasmar su maestría). O la grabación de los demos acústicos, en el living de la casa de campo de Harrison, en el condado de Esher, como en un fogón. Esta especie de Beatles unplugged fue incluido como extra en la reedición del disco, remezclada por Giles Martin, hijo de George, el histórico productor beatle fallecido en 2016.

    Pero también fue el trabajo en el que, según coinciden muchos evangelistas de los cuatro de Liverpool, las diferencias artísticas entre los músicos comenzaron a trasladarse al plano personal y a debilitar el vínculo humano, especialmente entre John y Paul. Las crónicas mencionan el portazo que pegó Ringo Starr avanzada la grabación (lo tuvieron que convencer para que volviera) y la renuncia de Geoff Emerick, el histórico sonidista de la banda, que publicó en 2006 un librazo de memorias llamado El sonido de Los Beatles. Las diferencias fueron tales que grabaron varias de sus partes por separado, al punto que se habló de “cuatro solistas en el estudio”. El propio Emerick declaró: “Supe que todo se iba al tacho cuando Yoko trajo su cama al estudio”.

    Luego del clímax de psicodelia alcanzado en Sgt. Pepper’s, el Álbum blanco marcó un retorno de los Fab-Four a las raíces rockeras y a la senda guitarrera, audible en temas como Birthday o Back In the USSR, un enorme guiño a los Beach Boys y su grandiosa influencia playera, Helter Skelter, un rock oscuro y radical, con el overdrive de las violas al mango, que incluso puede situarse como una de las semillas del punk y su vástago, el grunge. Junto a Piggies, ironía social de George Harrison, en clave barroca, son las protagonistas de la leyenda negra del disco, pues sus líneas fueron escritas por Charles Manson en las paredes de las habitaciones donde cometió sus crímenes.

    Pero lejos de la homogeneidad temática, el disco funciona como un aleph de la musicalidad beatle que contiene un inmenso espectro de vertientes, géneros e influencias. A saber: el blues británico de Yer Blues; el pop orquestal de Glass Onion; la alegría festiva de Ob-La-Di, Ob-La-Da, una de las canciones más celebradas en los conciertos de Paul McCartney como solista hasta el día de hoy; el folk con toques psicodélicos de Wild Honey Pie o folk a secas como la alegoría de McCartney en Blackbird en apoyo a la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos. Si hablamos de baladas de Paul, imposible obviar I Will. La angustiante espesura rockera y la densidad emocional de Lennon en Happiness Is A Warm Gun, I’m So Tired y Julia, dedicada a su madre y evidente germen de la música indie del siglo XXI. La tradición británica de Martha My Dear y el legado country dylaniano en esa balada vestida con armónicas sobre un cowboy llamado Rocky Raccoon. El infaltable tema inconfundiblemente Ringo (Don’t Pass Me By), el music hall de Honey Pie e incluso una letra desprejuiciada, adolescente y boba como Why Don’t We Do It In The Road, en clave de blues-rock.

    La cantidad de grandes canciones que tiene este disco es acalambrante. Una detrás de otra: Sexy Sadie con sus coros que seguramente deslumbraron a Freddie Mercury (oír Play The Game o It’s a Hard Life); Mother’s Nature Son, todo un alegato ecologista de Paul inspirado en un discurso del Maharishi. Si un compositor de hoy presenta un tema con la intensidad inquietante de Long, Long, Long o con el swing y el optimismo de Savoy Tuffle, se ganará el aplauso de los más exigentes. Y aún falta mencionar a la plácida Cry Baby Cry y la controversial Revolution 1, que enojó al público más politizado, tanto de derechas (que los tildó de zurditos) y de izquierdas (de blanditos).

    Vayan y oigan la nueva versión del Álbum blanco colgada por la banda en Spotify. Este disco es tan grande que seguramente tiene reservadas nuevas emociones para sus tímpanos.

    Vida Cultural
    2018-11-22T00:00:00

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