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Hunter Thompson sostenía que así como los concertistas deben interpretar día a día, semana a semana, durante años, piezas de grandes maestros para afinar la técnica, entrenar el oído y captar sutilezas hasta alcanzar un estilo, quienes pretendan trabajar con las palabras deben tomar un escritor excepcional y transcribir decenas de sus mejores páginas para estudiar la forma y asimilar la musicalidad, para observar los movimientos, las pausas, los cambios de velocidad. Thompson lo hacía. Tomaba a un maestro y se largaba a transcribir. En el camino, encontró su estilo. Uno de esos maestros fue Ernest Hemingway.
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Aunque la huella de Hemingway (1898-1961) fue guía para los pasos de Thompson, la luz y la sombra de su influjo se mantienen vivas. Escribió para el periódico del liceo, donde publicó su primer relato, The judgment of Manitou, sobre un cazador que se suicida. Después necesitó salir al mundo. Ejerció el periodismo en The Kansas City Star, que exigía a sus cronistas oraciones breves y palabras contundentes como balazos, recursos que acabaron convirtiéndose en marca de la casa. Tuvo una columna en el Toronto Star por la que recibía un penique por palabra. Condujo una ambulancia de la Cruz Roja en la Gran Guerra y fue corresponsal en la Guerra Civil española y en la II Guerra Mundial, experiencias que volcó en Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas. En A través del río y entre los árboles (Debolsillo, 2017) también está la guerra, la caza, los escopetazos, el amor y la muerte. Publicada en 1950, la novela no tuvo buena recepción. Se habló de una autoparodia condescendiente por la casi nula distancia entre el autor y el coronel Richard Cantwell, el protagonista, que pasa sus últimos días en Venecia, donde se enamora de una joven aristócrata. Igual: la frescura, la severidad y el depurado minimalismo, las frases rítmicas, contundentes, los diálogos que arrojan señales de la complejidad y los conflictos internos de los personajes, el mundo del maestro, está ahí.